Enah Fonseca Ibarra1Fiorella Fenoglio Limón2

Instituto Nacional de Antropología e Historia, Baja California

Instituto Nacional de Antropología e Historia, Querétaro

Ingérées, brûlées ou imaginées. La représentation rupestre des plantes en Basse-Californie, Mexique

Bien qu’il soit ardu de déchiffrer les motifs de l’art rupestre, et plus encore d’en connaître le message et l’intention, nous considérons qu’il est possible d’identifier une grande variété d’éléments liés à la flore dans différents sites rupestres du nord de la péninsule de Basse-Californie. Cet article vise à contribuer à la compréhension de ces éléments grâce à leur analyse iconographique et au recours à des documents ethnohistoriques et ethnographiques se référant aux utilisations et fonctions probables, passées et présentes, d’espèces végétales. Notre analyse révèle que la représentation graphique de la biodiversité implique l’union entre l’environnement, l’idéologie et la vie quotidienne.

[Mots-clés : pétroglyphes, peinture rupestre, éléments phytomorphes (flore), plantes, Basse-Californie, chasseurs-cueilleurs-pêcheurs.]

Remerciements

Este análisis contó con el invaluable apoyo del Biol. Héctor Sánchez con quien realizamos el trabajo de campo a partir de la colaboración con la asociación civil Terra Peninsular en El Rosario, Baja California. Sus conocimientos en el campo de la biología y de la región fueron fundamentales para obtener una primera identificación de los diseños. Posteriormente, la guía de la botánica Sula Vanderplank afianzó el rumbo de la investigación. Gracias por todo tu tiempo, entusiasmo y observaciones. Reconocemos los atinados comentarios del Antrop. Mike Wilken, así como todas las observaciones y cuestionamientos de los dictaminadores que, sin duda, contribuyeron a enriquecer este trabajo. A pesar de toda la ayuda que recibimos, asumimos por completo la interpretación, resultados y errores que pudieron cometerse en este documento.

Sobre rocas disgregadas, abrigos y paredes rocosas, los antiguos pobladores de Baja California dejaron testimonio de su andar sobre un territorio delineado por costas, valles, sierras y desiertos. Los mensajes y las razones por las cuales desarrollaron este tipo de manifestaciones continúan siendo desconocidos. En busca de su comprensión, intentamos reunir pistas, analizar los diseños y paneles desde diferentes perspectivas. En la ineludible tarea de clasificar los diseños pintados o grabados destacan diversos elementos, en este caso, los elementos fitomorfos. A diferencia de otros motivos, las representaciones de plantas no resaltan por su abundancia sino por su singularidad y escasez. Este es un fenómeno generalizado y salvo por excepcionales ejemplos, como el arte rupestre de Kimberley, Australia (Ouzman et al. 2017; Veth et al. 2018), la vegetación no ocupa un lugar medular en el discurso de la gráfica rupestre. Existe la posibilidad de que haya más imágenes de plantas que las identificadas y que nuestros códigos impidan su reconocimiento, podría ser que diseños clasificados como abstractos o figuras geométricas sean precisamente formas alusivas a la naturaleza y sólo distingamos aquéllas en las que creemos reconocer rasgos taxonómicos específicos. A pesar de este sesgo, emprendimos la tarea de analizar las representaciones identificadas como fitomorfas de Baja California. Las plantas configuraron el paisaje y fueron componentes básicos en la alimentación y salud de los grupos cazadores-recolectores-pescadores. Su consumo nutría, sanaba, vestía y protegía y, sin embargo, su ilustración no abunda ni refleja la diversidad de especies que fueron aprovechadas en el pasado. Como hipótesis inicial consideramos que las plantas representadas en la gráfica rupestre podrían agruparse en dos tipos. Las de uso común, cotidiano, asociado a la vegetación presente en los sitios arqueológicos y las plantas que no estaban en la zona, cuya importancia radicaba precisamente en su escasez ya que las convertía en objeto de deseo.

Áreas estilísticas

La arqueología de Baja California es una historia de larga tradición que inició hace aproximadamente 12,000 años. Durante este largo devenir, diferentes sociedades han transitado dentro de su territorio transformando su entorno e imprimiendo diferentes características materializadas hoy en el registro arqueológico. De tal manera, y para mejor comprensión de los lectores, se presenta una tabla que resume, brevemente, los tres distintos periodos característicos de la historia antigua de esta región para dar un marco de referencia sobre los registros que se tratarán en este texto. Tabla 1 – Síntesis de la cronología regional
Características Periodo Paleoindígena Holoceno temprano (12,000-8,000 AP) (10,000-6,000 AEC) Periodo Arcaico Holoceno medio (8,000-1,500 AP) (6,000 a. C.-500 AEC) Periodo Prehistoria Tardía Holoceno tardío (3,000-300 AP) (500-1,700 AEC)
Patrón de asentamiento Valles intermontanos Costa: sitios concheros Costa y valles interiores
Contracción de glaciares, aumento en el nivel del mar, lagos, cuencas, y arroyos con agua Nivel previo de 40 m por debajo del actual = sitios en costas inundadas Cambia el régimen de lluvias, desertificación, explotación de bellota Gran movilidad Verano: sierras Invierno: costa
Herramientas líticas Herramientas para cortar y perforar grandes animales Artefactos sobre guijarros relacionados con la explotación de los recursos marinos Herramientas más pequeñas y menos refinadas sobre desechos primarios y secundarios
Bifaciales Cuchillos de lados rectos y convexos, con punta roma y base convexa o con terminación doble punta Bifaciales Cuchillos ovalados de lados convexos Bifaciales Puntas triangulares con muescas laterales, de tamaño reducido. Cuchillos redondeados
Crescénticos Crescénticos Desfibradores
Monofaciales Raederas convexas. Raspadores planoconvexos, discoidales y elongados sobre núcleos y lascas con dorso abultado Monofaciales Raspadores planoconvexos, tabulares y distales sobre guijarros y lascas abultadas Monofaciales Cuchillos Raspadores planos sobre lascas y bloques
Puntas de proyectil Lanceoladas, Lago Mojave, Silver Lake, Pinto Puntas de proyectil tipo Elko, Descanso, La Jolla (evidencia uso de lanzadardos) Uso de arco y flecha Enderezadores de flechas
Tajadores y percutores sobre bloques Metates y manos de molienda Morteros fijos
Cerámica Cerámica color café rojizo Ollas y Cuencos Asociada a yumanos
Manifestaciones gráfico-rupestres Pintura rupestre estilo Gran Mural
Pintura y petrograbado estilo Abstracto Septentrional
Pintura rupestre estilo La Rumorosa
Petrograbado estilo Arcaico Occidental
Correlato arqueológico San Dieguito La Jolla/Amargosa Comundú/Hakataya/Yumanos
  En Baja California se han definido áreas estilísticas de las manifestaciones gráfico-rupestres basadas en rasgos similares tanto en las formas de representación, en los colores, como en las técnicas de manufactura (Fonseca Ibarra y Amador 2019; Ritter 1991; Figura 1). De norte a sur encontramos, primero, el estilo La Rumorosa que se caracteriza por la incidencia de figuras antropomorfas esquemáticas con dedos en manos y/o pies, figuras geométricas, principalmente círculos, soles, “tejidos” en forma ovalada o rectangular y figuras zoomorfas de pájaros, lagartijas y formas ecuestres (post-contacto) en colores rojo, negro, blanco y amarillo (Fonseca Ibarra y Amador 2019; Hedges 1970, 2003). La extensión del estilo La Rumorosa coincide con los límites del territorio ocupado por el grupo yumano kumiai, asociado a sitios arqueológicos de la Prehistoria Tardía y se concentra en la Sierra de Juárez (Hedges 1970, 1973, 2003, 2007; Porcayo 2019). Figura 1 – Sitios arqueológicos con manifestaciones gráficas fitomorfas dentro de las fronteras estilísticas establecidas por Ritter (1991) y Fonseca Ibarra y Amador (2019) y las Ecorregiones de Baja California (González-Abraham, Garcillán y Ezcurra 2010) (mapa de E. Fonseca Ibarra) Hacia el noreste encontramos el estilo Arcaico Occidental que se compone principalmente de petrograbados de composición geométrica (Ritter 1991), elementos curvilíneos y rectilíneos en diferentes combinaciones y escasos motivos representacionales (Hedges 2007). De acuerdo con la distribución de las lenguas (Laylander 1997; Massey 1949), los límites del estilo coinciden con el área ocupada por los hablantes de lenguas yumanas, específicamente por los grupos cucapá, kiliwa y paipai. Alrededor del paralelo 32o latitud norte se localiza una zona donde comienza a observarse una alta densidad de diseños geométricos (Ewing 1988). Este estilo, denominado como Abstracto Septentrional, parece remontarse a finales del periodo Arcaico, principios de la Prehistoria Tardía –alrededor de 3,000 años AP (Meighan 1978; Ritter et al. 2011). El Abstracto Septentrional limita con el estilo La Rumorosa y comprende parte de la región habitada por los yumanos y, hacia el sur alrededor del paralelo 30o latitud norte, continúa hacia el territorio ocupado por hablantes de cochimí. Entre los paralelos 30 y 29o latitud norte –al sur del área definida por el estilo Abstracto Septentrional y al norte de estilo Gran Mural– se localiza una zona que hemos llamado de Transición. Es una franja de territorio donde se combinan las dos formas de representación (Ewing 1986; Ritter 2010d). Podemos identificar diseños esquemáticos, pero también realistas, en ocasiones inclusive, en un mismo sitio (Fonseca Ibarra y Amador 2019). Esta franja está dentro de los límites del Abstracto Septentrional de acuerdo con la clasificación de Ritter (1991); no obstante, pensamos que hay elementos para considerarla como una zona que debe ser diferenciada por la distribución y tipo de diseños antropomorfos (Fonseca Ibarra y Amador 2019) y por la escasez de sitios con petrograbados (Fonseca Ibarra en prensa). En la región central de la península de Baja California –entre los paralelos 26 y 29o latitud norte– se localizan las representaciones realistas tradicionalmente reconocidas como estilo Gran Mural (Crosby 1975, 1997; Grant 1974; Gutiérrez y Hyland 2002; Ritter 1991, 1994, 1995). De acuerdo con los fechamientos absolutos y la secuencia histórico-cultural de la región se remontaría desde el final del Paleoindio y el Arcaico hasta la Prehistoria Tardía y los periodos posteriores al contacto misional. Por lo tanto, es posible que las manifestaciones gráfico-rupestres se puedan atribuir a pueblos proto-cochimíes (Gutiérrez y Hyland 2002: 346). En este estudio se retomaron los diseños gráficos de los diferentes estilos localizados en Baja California.

La biodiversidad de Baja California

La fisiografía de la Baja California es muy diversa ya que se pueden encontrar sierras, valles, mesas y cauces de arroyos que desembocan en los dos mares que la rodean (INEGI 2001). Esa diversidad se ve representada en ecorregiones que son unidades geográficas con flora, fauna y ecosistemas particulares. A escala regional, el clima (fuente de energía y humedad) funciona como el factor causal primario de los ecosistemas y el patrón general climático es modulado por las características y singularidades de la superficie terrestre (fisiografía, topografía y geología; González-Abraham, Garcillán y Ezcurra 2010). Lo anterior determina el tipo de especies que pueden habitar en cada una de ellas. La península de Baja California cuenta con 14 ecorregiones agrupadas en tres grandes regiones: región mediterránea, Desierto y región del Cabo (ibid.).
  1. La región mediterránea está situada en el noroeste peninsular y contiene el extremo sur de la región Mediterránea Californiana o provincia Florística de California. Incluye las ecorregiones: Sierra de Juárez y San Pedro Mártir, Chaparral, Matorral costero, Matorral rosetófilo costero e Islas del Pacífico Norte.
  2. Sierras de Juárez y San Pedro Mártir. Contiene dos cadenas montañosas, la Sierra de Juárez (1200 msnm) y la Sierra de San Pedro Mártir (3100 msnm), un descenso vertiginoso en su flanco este hacia el valle del Bajo Colorado y un descenso en la vertiente oeste más suave hacia el Océano Pacífico. Representa los únicos paisajes forestales de toda la península. Predominan los géneros PinusAbies. Los arbustos más frecuentes son de manzanitas (Arctostaphylos pringleipungens), Quercus peninsularis, y Salvia pachyphylla.
  3. Chaparral. Comunidad de arbustos esclerófilos que cubre el piedemonte de las Sierras de Juárez y San Pedro Mártir. Desciende hasta elevaciones de 400-600 m, donde es remplazado por el matorral costero. Está frecuentemente asociado a suelos de baja fertilidad. El chaparral es un matorral denso, compuesto por arbustos de ramas rígidas con hojas esclerófilas de reducido tamaño y extensos sistemas radiculares. Está caracterizado por la presencia de chamizos (Adenostoma fasciculatumAdenostoma sparsifolium) y una mezcla variada de especies de los géneros Ceanothus, ArctostaphylosQuercus. Otros arbustos comunes son Malosma laurina, Cercocarpus betu loides, Xylococcus bicolor, Rhus ovata, Heteromeles arbutifolia, Rhamnus ilicifolia, Ornithostaphylos oppositifolia, Fraxinus parryi, Aesculus parryi, Eriophyllum confertiflorumGutierrezia sarothrae.
  4. Matorral costero. Se localiza desde la frontera internacional (32o33’ N) hasta la localidad de San Vicente (31o 20’ N). Se encuentra desde el nivel del mar hasta elevaciones de 400-600 m, cubriendo las colinas costeras y las pen- dientes bajas de las montañas. Las especies dominantes son arbustos aromáticos de raíces someras adaptados para sobrevivir en una zona de escasa precipitación, pero con abundantes nieblas. Algunas de las plantas significativas de esta región son Artemisia californica, Salvia apiana, Salvia munzii, Eriogonum fasciculatum, Eriophyllum confertiflorum, Rhamnus crocea, Baccharis sarothroides, Hazardia squarrosa var. grindelioides, Opuntia littoralis.
  5. Matorral costero rosetófilo. Esta ecorregión ocupa una franja costera de aproximadamente 175 km de longitud, desde San Vicente (31o20’ N) hasta las proximidades de Punta San Carlos (29o 40’ N). Se presenta en las terrazas aluviales y dunas costeras de la vertiente Pacífica de la península. El matorral costero rosetófilo es más rico en especies que el matorral costero, con las especies suculentas como elemento dominante (especialmente Agavaceae, Cactaceae, CrassulaceaeEuphorbiaceae). Debido a la importancia de la niebla marina como fuente de humedad, son comunes los líquenes epífitos y las plantas con hojas engrosadas suculentas arregladas en rosetas basales. Algunas especies relevantes son Agave shawii, Ambrosia chenopodiifolia, Hazardia rosarica, Hazardia vernicosa, Euphorbia misera, y Dudleya Destacan también las siguientes especies de cactus: Bergerocactus emoryi, Myrtillocactus cochal, Stenocereus gummosus, Cylindropuntia rosarica y varias especies del género Opuntia. Aunque escasos, pueden encontrarse a lo largo de arroyos y cauces: Aesculus parryi, Fraxinus parryiPrunus fremontii.
  6. Islas del Pacífico Norte. Guadalupe y Cedros son las dos islas de mayores dimensiones del noroeste de Baja California. La primera se localiza a 260 km de la costa y la segunda a 23 km. Ambas son alargadas y tienen elevada topografía con altitudes similares también –1,295 y 1194 msnm, respectivamente–. En Guadalupe existe un bosque del ciprés de Guadalupe (Callitropsis guadalupensis), así como algunos individuos de pino de Monterrey (Pinus radiata) y de encino (Quercus tomentella). A elevaciones menores, se pueden encontrar la palma de Guadalupe (Brahea edulis) y juníperos (Juniperus californica). Son comunes las especies suculentas, herbáceas perennes como Cistanthe guadalupensis, Stephanomeria guadalupensis, Baeriopsis guadalupensis, Coreopsis giganteaDudleya guadalupensis. Otras especies en esta comunidad incluyen Hemizonia greeneana, palmeriPerityle incana. En Cedros, la vegetación en la parte baja es dominada por matorral desértico con Pachycormus discolor, asociada a Agave sebastiana, Ferocactus chrysacanthus, Ambrosia chenopodifolia, A. camphorataRhus lentii. En los picos más elevados se observa pino de Monterrey (Pinus radiata) y a menor altitud manchones de chaparral dominados por el chamizo (Adenostoma fasciculatum), Xylococcus bicolorQuercus cedrosensis. El junípero (Juniperus californica) se presenta por debajo del cinturón de chaparral, frecuentemente formando un mosaico con matorral costero compuesto de Artemisia californica, Eriophyllum confertiflorumEriogonum fasciculatum.
  7. La región desértica (Desierto Sonorense) en Baja California se extiende a lo largo de la península formando una extensa transición entre los ecosistemas templados de tipo mediterráneo en el noroeste y el extremo sur de la península de carácter tropical. Esta región tiene precipitación escasa e irregular, con variables e impredecibles proporciones de lluvia de invierno y de verano. Incluye las ecorregiones: Desierto de San Felipe o del Bajo Colorado, Desierto Central, Costa Central del Golfo, La Sierra de la Giganta, Desierto de Vizcaíno y Llanos de Magdalena.
  8. Desierto de San Felipe o del Bajo Colorado. Se extiende por el noroeste de Sonora, suroeste de Arizona y California, se presenta en Baja California como una delgada franja hacia el sur siguiendo la costa norte del Golfo de California. Su límite sur es Bahía de los Ángeles (29oN), bordeado al oeste por los pronunciados escarpes de las Sierras de Juárez y San Pedro Mártir. Es un área poco montañosa y está dominada por extensas bajadas aluviales y llanuras de grava y arena. La vegetación es dominada por dos arbustos de hoja reducida y resistentes a la sequía: la gobernadora (Larrea tridentata) y la hierba del burro (Ambrosia dumosa), acompañadas por ocotillo (Fouquieria splendens), y agave desértico (Agave deserti).
  9. Desierto Central. Localizado en la parte central de la península, a lo largo de una zona donde las montañas son de moderada elevación y los vientos del Pacífico pueden penetrar tierra adentro, esta ecorregión se extiende desde el Pacífico (entre las latitudes 28 y 30oN) hasta la franja costera del Desierto del Bajo Colorado al oriente. En el interior se extiende hacia el norte hasta el piedemonte de las Sierra de San Pedro Mártir y hacia el sur hasta las pendientes de la Sierra de San Francisco. Destacan las especies de cirio (Fouquieria columnaris), copalquín (Pachycormus discolor), torote (Bursera microphylla), cardón (Pachycereus pringlei), agave costero (Agave shawii), y datilillo (Yucca valida). En las proximidades del Pacífico es posible identificar especies de troncos reducidos y hojas suculentas arregladas en rosetas, capaces de colectar y almacenar agua de las nieblas costeras como el Agave, la Dudleya y la Yucca ( validaY. whipplei) pero también de Tillandsia recurvata y abundantes líquenes.
  10. Costa Central del Golfo. Ecorregión que se extiende por 800 km, desde Bahía de los Ángeles, a lo largo del pie de monte oriental de la Serra de San Borja, hasta la Bahía de la Paz. Incluye numerosas islas y 400 km de banda costera de Sonora. Su paisaje se caracteriza por colinas desnudas y arroyos bordeados por cantos rodados y depósitos de arena. La vegetación es dominada por copalquín (Pachycormus discolor), torote (Bursera microphylla), copal (B. hindsiana), lomboy (Jatropha cinerea), matacora (J. cuneata), palo blanco (Lysiloma candidum), cardón (Pachycereus pringlei), palo Adán (Fouquieria diguetii), junto con numerosas especies de chollas (Opuntia bigelovii, cholla, O. ramosissimaO. tesajo). En las lagunas y humedales costeros se encuentran los manglares más septentrionales con mangle rojo (Rhizophora mangle), mangle negro (Avicennia germinans) y mangle blanco (Laguncularia racemosa).
  11. La Sierra de la Giganta. Esta ecorregión se extiende desde el piedemonte sur del Cerro del Mechudo (24o47’ N) hasta el Volcán de las Tres Vírgenes (27o 30’ N), e incluye todas las áreas montañosas de la Giganta y Guadalupe por encima de 200 m aproximadamente. La vegetación de esta ecorregión es dominada por gran variedad de leguminosas leñosas como palo hierro (Prosopis palmeri), mesquite dulce (P. glandulosa), palo blanco (Lysiloma candidum), mauto (L. divaricatum), palo hierro (Ebenopsis confinis), vinorama (Acacia brandegeeana), palo chino (A. peninsularis), ojasén (Senna polyantha), y palo verde (Parkinsonia microphylla). La pitaya dulce (Stenocereus thurberi), MammillariaOpuntia spp. son especies comunes. Son características de algunos cañones y arroyos, los oasis lineares con presencia de palma de abanico (Washingtonia robusta) y palma de taco (Brahea brandegeei).
  12. Desierto de Vizcaíno. Se extiende a lo largo de la vertiente del Pacífico entre 26 y 29o Contiene extensas llanuras desérticas, dunas interiores y suelos salinos. Las únicas elevaciones ocurren en el margen occidental de la península de Vizcaíno, donde las pequeñas montañas de la Sierra del Placer y los Picachos de Santa Clara (700 m) capturan la niebla y humedad procedente del océano. La aridez y la brisa salina mantiene una vegetación de reducida riqueza caracterizada por arbustos de yuca (Yucca valida), palo Adán (Fouquieria diguetti) y lomboy (Jatropha cinerea) en las partes menos áridas, pero de extensas llanuras alcalinas se encuentran Atriplex julaceaFrankenia palmeri, acompañadas por otros arbustos tolerantes a la salinidad como Atriplex polycarpa, A. canescens ssp. linearis, Encelia farinosa, Viguiera deltoidea, V. microphyllaLycium californicum.
  13. Llanos de Magdalena. Esta región ocupa las tierras bajas de suaves pendientes y el drenaje Pacífico del Corredor de La Giganta, extendiéndose desde la Bahía de San Juanico (26o15’ N) hasta la ciudad de Todos Santos. Topográficamente, contiene dos secciones bien diferenciadas: una porción oriental compuesta por las colinas y mesas volcánicas a lo largo del piedemonte de las Sierras de Guadalupe y La Giganta, y una occidental de extensas llanuras arenosas de escasa elevación que bordean el océano Pacífico. La niebla matutina es frecuente durante gran parte del año, promoviendo abundante crecimiento de bromelias epífitas como los gallitos (Tillandsia recurvata ferrisiana) y líquenes como la orchilla (Ramalina menziesii) que cubren las plantas en las cercanías de la costa. Los torotes (Bursera filicifolia, B. hindsianaB. microphylla), mesquite (Prosopis glandulosa), palo Adán (Fouquieria diguetii), paloverde (Parkinsonia florida), ciruelo (Cyrtocarpa edulis), y palo blanco (Lysiloma candidum) forman densos matorrales en algunos de los arroyos. En las llanuras es común encontrar cardón (Pachycereus pringlei), pitaya agria (Stenocereus gummosus), senita (Lophocereus schottii), y chollas (Cylindropuntia spp.). Una de las plantas más características de esta región es la chirinola (Stenocereus gummosus), un cactus columnar endémico que crece de manera rastrera.
  14. La región del Cabo (región tropical seca) ocupa el extremo sur de la península de Baja California. Es cruzada por el Trópico de Cáncer (23o27’ N), y al igual que los ecosistemas mediterráneos en el norte, recibe mayor precipitación que los desiertos peninsulares. Sin embargo, la precipitación en esta región es mayoritariamente derivada de tormentas ciclónicas tropicales que alcanzan la región a finales de verano y otoño. Incluye las ecorregiones: Matorral tropical del Cabo, Selva baja del Cabo y Bosque de la Sierra de La Laguna.
  15. Matorral tropical del Cabo. Comprende las tierras bajas situadas al este y sur de la falla de La Paz, una línea que discurre desde la Ensenada del Coyote en el Golfo de California hasta Todos Santos en la costa Pacífica. Esta línea geológica divide las formaciones graníticas de la región del Cabo de los basaltos volcánicos de la Giganta, y marca la frontera entre los ecosistemas tropicales secos y los estrictamente desérticos en la península. Ocupa un paisaje característico como las llanuras aluviales costeras, desde el nivel del mar hasta aproximadamente 500 m de altitud. Algunas de las plantas más comunes en este paisaje son el cardón barbón (Pachycereus pecten-aboriginum), cardón (P. pringlei) y cholla pelona (Opuntia cholla). De las plantas semisuculentas se observan torote (Bursera microphylla), lomboy (Jatropha cinerea), matacora (J. cuneata), ciruelo (Cyrtocarpa edulis); especies arborescentes como paloverde (Parkinsonia florida subsp. peninsulare), cacachila (Karwinskia humboldtiana), Colubrina triflora, higuera (Ficus brandegeei), palo chino (Havardia mexicana), palo Adán (Fouquieria diguetii), palo amarillo (Esenbeckia flava) y mesquite (Prosopis articulata).
  16. Selva baja del Cabo. El piedemonte de las montañas de la región del Cabo, entre 500 y 1,000 msnm, contiene los únicos bosques tropicales secos de Baja California, que permanecen sin hojas nueves meses al año y rebrotan durante la temporada de lluvias. La flora de esta comunidad es muy rica en especies como palo blanco (Lysiloma divaricatum), jacolosúchil (Plumeria acutifolia), cardón barbón (Pachycereus pecten-aboriginum), flor de San José (Senna atomaria), colorín (Erythrina flabelliformis), palo ébano (Chloroleucon mangense), ocote (Gochnatia arbo rescens), torote (Bursera cerasifolia), guayparín (Diospyros californica), frijol brincador (Sebastiania pavoniana), encino negro (Quercus brandegeei), palo escopeta (Albizia occidentalis), lomboy colorado (Jatropha vernicosa) y naranjillo (Zanthoxylun arborescens).
  17. Bosque de la Sierra de La Laguna. En las altas elevaciones de la Sierra de La Laguna, a altitudes superiores a 1,000 msnm, se encuentra una densa masa forestal, ocupando una relativamente pequeña área de unos 500 km2. Las montañas, formadas mayoritariamente de granito y otras rocas intrusivas, se elevan en pronunciadas y escarpadas pendientes hasta los 2,090 msnm. Las escarpadas pendientes de las altitudes medias (1,000-1,500 msnm) están cubiertos de bosques de encino, donde predominan individuos de encino roble (Quercus tuberculata), creciendo en medio de arbustos como la celosa (Mimosa xanti), vinorama (Acacia brandegeeana), granadina (Dodonaea viscosa), Tephrosia cana y bernardia (Bernardia lagunensis). La parte elevada (1,500-2,000 msnm) está ocupada por bosque de pino-encino, donde las especies dominantes son el pino piñonero (Pinus lagunae), encino negro (Quercus devia), madroño (Arbutus peninsularis) y sotol (Nolina beldingi).
Desde hace dos millones de años la tierra ha experimentado una serie alternada de ciclos de enfriamiento y calentamiento. En los periodos fríos conocidos como “eras del hielo” las regiones de latitudes altas quedaron cubiertas por glaciares masivos y los ecosistemas templados, como los pastizales fríos y las coníferas, se desplazaron hacia Baja California. La última glaciación terminó hace 15 mil años dando paso al periodo interglaciar cálido actual denominado Holoceno. Los desiertos de Baja California gradualmente se volvieron secos, la flora adaptada al frío se retiró a las montañas más altas, y hace unos 5000 años finalizó la transición a las condiciones áridas actuales. Los niveles de los lagos en la península se redujeron drásticamente y las llanuras bajas fueron rápidamente ocupadas por elementos de matorral desértico como los agaves, cactos, ocotillos, cirios y arbustos de creosonte que caracterizan el área en la actualidad (Roberts y Ezcurra 2012). La Oscilación Sureña de El Niño, fenómeno producido por las interacciones atmósfera-océano, produce un debilitamiento en el sistema de vientos alisios que reduce las corrientes ascendentes de agua oceánica fría y nutritiva a lo largo de las líneas costeras del Pacífico oriental. Además, trae consigo condiciones climáticas anormales, mayor precipitación invernal e incidencia de huracanes. Los registros sugieren que el carácter y periodicidad actual de El Niño data de hace 3000 años. Si bien puede ocasionar una reducción significativa de la productividad biológica marina y efectos geomorfológicos de alta intensidad por las altas tasas de precipitación con el incremento en la frecuencia de huracanes, se ha observado que las poblaciones bióticas se recuperan totalmente en lapsos de uno a cuatro años y, por otro lado, también es responsable de la recarga de los acuíferos y un aumento en la productividad florística (Davis 2010). Con la intensificación de los eventos de El Niño en el Holoceno tardío (Barron et al. 2003), los grupos humanos debieron haber aprendido a aprovechar el incremento de los recursos terrestres cuando se presentaba una disminución de la productividad marina (Davis 2010). Dado que desde el Holoceno ya no hubo cambios significativos en las comunidades bióticas en la península de Baja California, parece factible suponer que las plantas en la pintura y petrograbado y las referidas en las fuentes históricas son las mismas especies que observamos en la actualidad.

Metodología

El análisis interpretativo nos permitió correlacionar algunos motivos de la gráfica rupestre con vegetación propia de Baja California que, de acuerdo con los registros paleobotánicos, presenta condiciones similares a las actuales desde la transición del Pleistoceno al Holoceno (Roberts y Ezcurra 2012). La metodología de identificación en el caso de los sitios dentro de la región de El Rosario consistió en la observación, registro y descripción en campo de los motivos que, a primera vista, podrían simular un elemento fitomorfo. Posteriormente, tanto con ayuda del biólogo Héctor Sánchez –colaborador de Terra Peninsular y oriundo de la región de estudio–, así como de la botánica Sula Vanderplank y el antropólogo Mike Wilken-Robertson –especialista en etnobotánica– y de diversos registros fotográficos y bibliográficos sobre la flora de la zona se hicieron comparaciones de los motivos para identificar si pudieran corresponder o no a este tipo de grafismos en una o varias de sus fases de desarrollo (Bajaflora.org[1]; Naturalista.mx[2]; Rebman y Roberts 2012; Riley, Rebman y Vanderplank 2015; Terrapeninsular.org[3]; Wilken-Robertson 2020). En ese sentido, se tomaron en cuenta diferentes elementos de la morfología de las plantas –como tipo de tallos, forma y desarrollo de flores, tipo de frutos y raíces, entre otros, en varias de las fases del crecimiento y en diferentes temporadas del año– para, con base en ello y la experiencia de los especialistas biólogos y botánicos que conocen la biodiversidad de la región, identificar los probables taxones. Es importante aclarar que la designación del tipo de motivo responde a un proceso de interpretación propio. Por lo tanto, pueden existir elementos clasificados por nosotras como geométricos que puedan ser animales o plantas, pero que no pasan por nuestro registro simbólico; lo mismo puede suceder a la inversa. Los motivos de los demás sitios se analizaron a partir de las cédulas de registro, artículos publicados e informes. Debemos señalar que esta fase de la metodología presentó complicaciones ya que la forma de registro, de presentación e identificación no es homogénea, por lo tanto, tenemos sitios donde se reporta la presencia de diseños fitomorfos, pero no se precisa la especie ni presentan fotos o dibujos. De tal manera, aunque para el conteo total del número de representaciones tomamos en cuenta todos los sitios, para el presente estudio nos basamos únicamente en los sitios con imágenes. En ese caso, revisamos las imágenes e hicimos comparaciones con las nuestras y pedimos opinión a biólogos, botánicos y antropólogos. Las plantas han sido elementos fundamentales en la sobrevivencia del ser humano. Su recolección, cultivo y, posteriormente, domesticación fueron parte del desarrollo de la humanidad en su conjunto en diferentes áreas y diferentes dimensiones sociales y culturales. En ese sentido, Pilar Casado (2019) señala que las plantas tienen por lo menos cinco usos fundamentales: 1. ser parte del soporte alimenticio; 2. ser elementos curativos (plantas medicinales y remedios para curar el cuerpo y, agregamos nosotras, el alma; 3. como parte de los elementos dentro de ceremonias y rituales (plantas sagradas); 4. plantas o flores de ornato (para tocados, altares, fiestas, etc.) y 5. como plantas útiles (madera, fibras, espinas, cordeles, etc.). Con base en lo anterior, y como parte del análisis de los motivos gráficos fitomorfos, se investigaron las características biológicas y los probables usos, funciones e importancia de las distintas especies representadas tanto para los grupos actuales, como para los antiguos según los registros etnográficos e históricos. Inicialmente dividimos las plantas identificadas bajo cuatro categorías de acuerdo con los usos probables: Comestibles, Usos prácticos, Medicinales/uso ritual y Sin referencia. Sin embargo, al momento de intentar identificar qué uso era el más importante para cada planta, descubrimos que todas tienen usos compartidos en diferentes dimensiones. De tal manera, decidimos dejar de lado la clasificación por uso y preferimos describir cada especie en su multidimensionalidad. En ese sentido, la flora identificada, aunque la abordaremos a detalle más adelante, consiste en cirios floreando (Fouquieria columnaris), cardones (Pachycereus pringlei), biznagas (Ferocactus cylindraceus), agaves (Agave deserti), pitayas (Stenocereus gummosus), dudleyas (Dudleya sp.), macroalgas (Macrocystis pyrifera), islayas (Prunus ilicifolia), cacomites (Dichelostemma capitatum) peyotes (Lophophora williamsii) y toloaches (Datura discolor). El elemento que más se repite es el agave floreando y se muestra en diversas formas, en algunos diseños se dibuja únicamente el racimo de flores (líneas sobre los que se dibujan círculos rellenos), en otro se aprecia el tallo largo con las flores en la parte superior (el quiote; Figura 12) o simplemente las hojas (Figura 16). El cirio se representa a través de dos líneas unidad entre sí en la parte inferior y, en la superior, las formas alusivas a las flores; en el otro se muestran únicamente los troncos, pero con raíces (Figuras 9 y 15). La pitaya es un motivo muy interesante pues, además de mostrar la planta en sí, se representa el fruto partido por la mitad, pero aún en su tallo y pareciera que está soltando las semillas (Figura 10). También contamos con representaciones de cactáceas: una biznaga completa (Figura 5) y otra que está representada con raíz (Figura 11), el tronco de un cardón del que salen distintos brazos sin fruto (Figura 8), una dudleya donde se muestran las puntas, pero redondeadas (Figura 13) y dos probables peyotes. Finalmente, destacan cuatro especies muy diferentes a las demás: el cacomo (Figura 14), la islaya (Figura 7), la macroalga (Figura 6) y el toloache (Figura 18). Es importante señalar que coincidimos con Leticia González (1987) en la necesidad de no seccionar los paneles y extraer grafismos con la intención de encontrar su significado. No ha sido nuestra intención tan ambiciosa tarea, pues entendemos que, para aproximarnos a una interpretación, los grafismos deben analizarse en su contexto, en su relación con el resto de los elementos que componen un panel (González 2005). Por el contrario, nuestro objetivo es distinto. Nos encontramos en una fase de identificación de los grafismos, de definición de andamiajes teórico-metodológicos y, en esa construcción, intentamos sistematizar la información disponible, clasificar los elementos y buscar patrones con el ideal de brindar líneas de investigación que nos acerquen a la comprensión de este tipo de manifestaciones gráfico-rupestres en lo particular y, posteriormente, como parte de un discurso integral.

Los sitios arqueológicos y los diseños fitomorfos

Para este estudio se analizaron 21 sitios que contienen elementos fitomorfos, pero únicamente 12 presentan imágenes en las cédulas o en los informes. De esos, como podemos observar en el mapa (Figura 1), dos están dentro del territorio considerado como estilo La Rumorosa (Las Pilitas y Piedras Gordas); cinco dentro del Abstracto Septentrional (Canoas 2, Cerro Bola, La Biznaga, Las Pintas de Cruz y Rancho Amado), tres en el área de Transición entre el Abstracto Septentrional y Gran Mural (Rincón de la Escalera 5, Montevideo 1 y Codor-GM1), uno en el área de Gran Mural (La Angostura) y uno más fuera de las áreas previamente establecidas (Juárez 02). Para su mejor comprensión, se presentarán de acuerdo con su localización de Norte a Sur. Piedras Gordas es un sitio, del estilo La Rumorosa, que presenta cuatro conjuntos de pictografías en un gran macizo granítico que limita al oeste con un arroyo de agua intermitente. Los diseños fueron elaborados mediante la técnica de tinta plana y delineado. Los colores utilizados son el rojo, el negro y el anaranjado. Aunque la mayoría son monocromos también hay ejemplares bicromos. Destaca el aprovechamiento de accidentes microtopográficos de la roca para pintar diferentes formas. Se identificaron elementos antropomorfos, improntas de manos, diseños geométricos y dos diseños fitomorfos. En el sitio se observó material cerámico, lítico, un tinaja y morteros fijos (Berkovich 1997; Serrano González 1991). El primer diseño fitomorfo está formado por un círculo central delineado, rodeado de otros tres círculos (dos rojos y uno negro) en tinta plana y uno delineado negro (Berkovich 1997); aunque se aprecia como una flor, no logramos identificar la especie específica (Figura 2). Su identificación como tal se basa en la presencia de probables pétalos rodeando un círculo central. Figura 2 – Representación de una probable flor en el sitio Piedras Gordas (a. foto de Jorge Serrano González; b. dibujo de Jesús Zarco Navarro, 28 x 32 cm) El segundo motivo se localiza por encima del anterior y se trata de un círculo concéntrico con líneas radiales rectas al interior que unen al círculo menor central, con el mayor exterior. Este diseño, pintado en color negro, podría identificarse como un peyote por la forma general que suelen presentar estas cactáceas; su representación pareciera imitar los gajos o botones (Figura 3). Figura 3 – Representación de un probable peyote en el sitio Piedras Gordas (a. foto de Jorge Serrano González; b. dibujo de Jesús Zarco Navarro, sin escala disponible; c. imagen de referencia tomada de INAH 2023, 16 x 20 cm) Aunque no existen registros de la presencia o uso de esta cactácea entre los grupos cazadores-recolectores-pescadores de Baja California, su uso –pasado y actual– entre un gran número de sociedades dentro de la República Mexicana es ampliamente conocido. El peyote, o Lophophora williamsii, es un cactus sin espinas que mide de 2 a 12 cm de diámetro por 5 cm de altura, de forma esférica y deprimido en el ápice, el cuerpo puede estar dividido de cinco a 13 segmentos, es de color verde grisáceo a azulado. Su forma y tamaño es variable, algunos con formas circulares llegan a tener hasta 20 centímetros de diámetro. Existen otras formas que son similares a la de una zanahoria o un nabo, pero sin hojas o ramas. Está dividido radialmente por surcos rectos, ligeramente en espiral, sinuosos, o formas más complicadas que forman “botones”. Estos botones tienen pequeños mechones de espeso pelo gris-blanco-amarillo. Está recubierto por una pelusilla blanquecina y suele presentar flores de color blanco a rosa pálido. Comúnmente crece debajo de matorrales, y suele aparecer en grupos que van desde tres, hasta más de cincuenta. Suele crecer en los suelos calcáreos y arcillosos de formación cretácea. Su crecimiento es muy lento, para alcanzar la madurez pueden pasar hasta 15 o 20 años. Se localiza principalmente en los desiertos y semidesiertos del norte de México (en los estados de Chihuahua, Coahuila, Nuevo León, Sonora, San Luis Potosí, Durango, Querétaro, Tamaulipas, Zacatecas, Nayarit y Jalisco) y el suroeste de Estados Unidos de América. Se le conoce por múltiples nombres entre los que destacan: peyote, piote, jículi, hikuri, raíz del diablo, challote, cactus pudding, botón de mescal, peote, tuna de tierra y cactus de whisky (García-Naranjo y Mandujano 2010; INAH 2023). Distintos pueblos nativos de Norteamérica y Mesoamérica han utilizado el peyote de forma tradicional desde la antigüedad con finalidades médicas y religiosas. Se usa toda la planta y tiene efectos analgésicos, estimulantes y antibióticos. Además, fue y sigue siendo una planta considerada sagrada para su uso ceremonial como elemento fundamental para favorecer el proceso de trance entre los chamanes y médicos rituales (INAH 2023; Narváez Elizondo, Silva Martínez y Murray 2018; Valadez 1999). Aunque no existen registros sobre la presencia de peyote en la península de Baja California, los motivos identificados recuerdan a representaciones de esta cactácea en otras regiones de México, por lo que no descartamos que su obtención pudo ser producto de relaciones de intercambio con otros grupos (Castañeda 2007; Del Razo 2007; Ramírez 2007; Valadez 2005). Las Pilitas, también de estilo La Rumorosa, es un sitio localizado a 300 m de un arroyo intermitente conformado por dos conjuntos pictóricos. El primero se localiza en un abrigo rocoso de un bloque granítico integrado y el segundo en una serie de bloques graníticos disgregados. Las técnicas de manufactura empleadas son el delineado y la tinta plana. Los diseños son monocromos y los colores usados son el rojo, el negro, el blanco y el anaranjado. Se observaron motivos antropomorfos, zoomorfos, fitomorfos y geométricos. Se identificaron morteros fijos, material cerámico y lítico (Serrano González 1992; Serrano González y Berkovich 1997). Berkovich (1997) lo describe como una figura delineada en color anaranjado que asemeja una planta en crecimiento con ramas que de abajo hacia arriba disminuyen de tamaño. Según nuestra descripción se trata de un motivo fitomorfo compuesto por una línea central vertical de la cual se desprenden líneas horizontales cuyos extremos rematan en espiral. Algunos de las espirales miran hacia arriba y otras hacia abajo. No se logró identificar su taxón (Figura 4). Figura 4 – Representación fitomorfa sin identificar en el sitio Las Pilitas, sin escala disponible (a. foto de Jorge Serrano González; b. dibujo de Jesús Zarco Navarro) La Biznaga, del estilo Abstracto Septentrional, se localiza en un paso entre dos cañones paralelos. Se trata de un abrigo rocoso de roca granítica en forma de domo que presenta petrograbados y pintura rupestre. Los petrograbados se hicieron por medio de técnicas de desgaste y relleno. Las pinturas fueron delineadas en color rojo y negro. Entre los motivos observados se identificaron diseños abstractos, antropomorfos, zoomorfos, fitomorfos y geométricos. Como material asociado se reporta la presencia de cerámica y morteros esculpidos en roca fija (Porcayo y Ponce 2014). El diseño está delineado en rojo y conformado por un semicírculo alargado como parte principal, en la parte inferior está decorado al interior por una serie de V invertidas. En la parte central presenta tres semicírculos unidos y en la parte superior, otro tres más a modo de remate. Este motivo ha sido identificado como una biznaga (Ferocactus cylindraceus), principalmente, por la forma alargada, por los dobleces inferiores que podrían imitar las arrugas que se forman en este tipo de cactáceas viejas y porque los grafismos superiores podrían representar las flores (Figura 5). Figura 5 – Representación de una biznaga en el sitio La Biznaga, sin escala disponible (a y b. imágenes tomadas de Casado y Montúfar 2017; c. imagen de referencia tomada de Baja Flora) La biznaga Ferocactus cylindraceus es conocida como compas cactus porque se inclina hacia el sur o suroeste buscando la luz más intensa. Se localiza en el Chaparral de Baja California y por debajo de los 1000 msnm en las laderas desérticas orientales de la Sierra Juárez y Sierra de San Pedro Mártir y al norte hasta los desiertos del sur de California, Arizona y Sonora (Rebman y Roberts 2012: 184). Es una planta globular que en raras ocasiones crece por separado. Se caracteriza por tener tallos cilíndricos que pueden crecer hasta 3 m de alto y 4 cm de ancho y presentar de 20 a 30 costillas bien marcadas con densos cúmulos de espinas rectas. Las flores con forma de embudo son de color amarillo por dentro y rojo por fuera, alcanzan una longitud de 3 a 6 cm y tienen un diámetro de 4 a 6 cm. Los frutos tienen forma de barril, miden menos de 4 cm de largo y cuando maduran adquieren un color amarillo con semillas negras (Rebman y Roberts 2012: 184). La semilla de la biznaga era extraída, puesta al sol y una vez seca se tostaba y comía molida (Barco 1988: 87). Estas cactáceas se usaban como ollas para cocinar cortando la parte superior, sacando la pulpa y colocando piedras calientes en la cavidad con la comida (Rebman y Roberts 2012: 184). Las espinas fueron usadas como limpiadientes (Barco 1988: 87; Baegert 2013: 41), para hacer anzuelos, punzones y agujas (Ascención y Wagner 1928: 384; Mixco 2010: 50; Rebman y Roberts 2012: 184). Si se corta la parte superior se pueden masticar los trozos de una pulpa blanquecina que no tiene un sabor desagradable y calma la sed (Hohenthal 2001: 138). Las comunidades indígenas actuales aprovechan la planta, la flor y la semilla para preparar dulces, guisados y atoles (Estrada 2018: 235). El sitio Canoas 2, dentro del estilo Abstracto Septentrional, se localiza en una cañada a 2 m de un arroyo intermitente. Los diseños se concentran sobre un frente rocoso granítico en el cual se pueden observar diseños geométricos, pintados en la parte superior, grabados en la sección inferior y en la porción central del lado derecho, un diseño elaborado en técnica mixta. Las pinturas se realizaron bajo la técnica de tinta plana y delineado y se usó el color negro; para los petrograbados se empleó el desgaste. El sitio se encuentra asociado a una serie de morteros en roca fija y se halló una gran cantidad de material lítico y cerámico (Serrano González 1990, 1991). El diseño fitomorfo fue realizado en técnica mixta y se trata de una figura geométrica compuesta por una línea vertical con ramificaciones onduladas. El interior fue grabado con técnica de vaciado, mientras que el contorno se realizó con pintura negra en delineado (Serrano González 1990). De acuerdo con nuestra identificación se trata de una macroalga (Macrocystis pyrifera) ya que este tipo de plantas suelen ser largos tallos suaves con extensiones laterales a modo de hojas; incluso la forma diferente de presentar estos alargamientos podría corresponder al movimiento propio de las plantas dentro de su ambiente natural (Figura 6). Figura 6 – Representación de una probable macroalga en el sitio Canoas 2 (a. foto de Jorge Serrano González, 93 x 27 cm; b. dibujo de Jesús Zarco Navarro, 93 x 27 cm; c. imagen de referencia tomada de Navarro 2018) A lo largo de la costa del Pacífico, desde Alaska hasta Baja California, se distribuyen densos bosques de Macrocystis pyrifera. Esta es un alga parda gigante que habita desde la zona intermareal hasta unos 30 m de profundidad y presentan una distribución en parches. Proporcionan hábitats biogénicos que sostienen diversas comunidades biológicas e importantes especies pesqueras (Torres-Moye, Edwards y Montaño-Moctezuma 2013: 240). Los relatos etnohistóricos indican que las tribus del sur de California consumieron las algas crudas, cocidas o secas y las emplearon también en la elaboración de cuerdas, redes y líneas de pesca y líneas de arpones (Ainis et al. 2014: 314). Reportes etnográficos del norte de Baja California mencionan su uso en la preparación de alimentos al vapor (Hohenthal 2001: 148). Las Pintas de Cruz, del estilo Abstracto Septentrional, está conformado por una serie de petrograbados sobre bloques disgregados dispuestos sobre la ladera alta, media y baja de un cañón al este del lecho de un arroyo de temporal. Los diseños fueron realizados por desgaste y es posible identificar motivos antropomorfos, fitomorfos, zoomorfos, objetos, formatizados y geométricos. El elemento fitomorfo se registró como parte de la Agrupación 3. Quedaron incluidos como parte del sitio materiales líticos observados en superficie (Fonseca Ibarra y Fenoglio Limón 2020). Se trata de una cruz cuyos extremos son círculos. El círculo inferior está relleno y los otros tres sólo la mitad está rellena; además el que remata en la parte superior presenta cinco líneas rectas radiales. Aunque es similar a la islaya (Prunus ilicifolia), el hecho de que presente un diseño similar a una R junto a él nos hace suponer que, probablemente, se trate de una representación de una cruz dominica, más que de un motivo fitomorfo. Sin embargo, como ambas opciones son viables, presentamos las dos (Figura 7). Su identificación como islaya corresponde, principalmente, a la forma en que brota el fruto y las pequeñas flores que lo rodean. Figura 7 – Probable representación de una islaya en el sitio Las Pintas de Cruz, 15 x 12 cm. Dada su cercanía con una aparente representación de la letra R podría tratarse de una cruz dominica (a. foto de E. Fonseca Ibarra; b. dibujo de Jesús Zarco Navarro; c. imagen de referencia tomada de Baja Flora; d. escudo dominico tomado de Dominicos 2023) La Prunus ilicifolia, comúnmente conocida como islaya, es una especie que crece en forma de arbusto en la zona de Chaparral. Presenta un tronco de color marrón rojizo con surcos profundos que se desarrollan a medida que la corteza madura y tienen una copa densamente ramificada. Sus hojas son ovaladas-redondas con bordes espinosos y dentados. Sus flores blancas florecen en abril y mayo en densos grupos que se concentran en las puntas de las ramas. Cada flor presenta cinco pétalos de 1 a 3 mm de largo. Su fruta es redonda, generalmente roja, pero se torna color púrpura o negra con el tiempo (Rebman y Roberts 2012: 368). Aunque se distribuye principalmente en las montañas del norte de Baja California por debajo de los 1500 m en las áreas de Chaparral, se puede llegar a encontrar en el bosque y en la transición hacia el desierto desde el norte de California hasta la sierra La Giganta en Baja California Sur (Wilken-Robertson 2020: 178). La fruta externa es delgada y dulce pero el alimento más importante es la almendra o semilla que antes de comerse se debe moler y lavar cuidadosamente para retirar el contenido de cianuro. Con las almendras las comunidades indígenas actuales prepararan un atole que se puede comer con miel o con sal, pero deben ser cautelosos y no exceder en su consumo porque puede generar dolor de cabeza (Wilken-Robertson 2020: 181). Las hojas se aprovechan para hacer una infusión que ayuda a calmar el dolor de cabeza ocasionado por el exceso en el consumo del atole, curar la tos o como un lavado de ojos (ibid.). Con la corteza se prepara un té que ayuda como relajante muscular y para aliviar el cansancio (Estrada 2018: 239). Los petrograbados de Rancho Amado, del estilo Abstracto Septentrional, se encuentran en una zona relativamente plana al pie de una pequeña ladera donde se observan una serie de rocas graníticas de gran tamaño. A escasos metros se encuentra un arroyo de temporal. En los bloques disgregados se elaboraron por medio de desgaste diseños antropomorfos, zoomorfos, fitomorfos y geométricos. Se identificaron materiales líticos y malacológicos (Fonseca Ibarra y Fenoglio Limón en prensa). En Rancho Amado hemos identificado cinco elementos fitomorfos. El primero se trata de un cardón (Pachycereus pringlei) representado por un motivo formado por una gran Y dentro de la cual presenta un círculo y cuatro líneas rectas, verticales e inclinadas (Figura 8). Si identificación como tal se basa en la forma general que suelen tener, principalmente, los cardones antiguos donde se desarrolla un tallo del que brotan el resto de los brazos. Figura 8 – Representación de un cardón en el sitio Rancho Amado, 80 x 80 cm (a. foto de E. Fonseca Ibarra; b. dibujo de Jesús Zarco Navarro; c. imagen de referencia cortesía de Terra Peninsular) El cardón Pachycereus pringlei es una de las especies icónicas de los paisajes bajacalifornianos. Se le puede encontrar en la ecorregión del desierto sonorense, desde el Paso de San Matías y San Felipe al norte, hasta el extremo sur de la Península de Baja California. El primer cardonal (bosque de cardones) como tal se localiza en el Arroyo El Rosario, 16 km al este del pueblo del mismo nombre (Rebman y Roberts 2012: 203). Es un cactus columnar que puede alcanzar los 20 m de alto. Se caracteriza por sus ramas laterales y un tronco grueso cilíndrico de 1.5 m de ancho. Esta especie, como otras de las zonas áridas, es capaz de almacenar agua en sus tejidos para tolerar los años de sequías. El cardón presenta flores blancas hacia finales de marzo y principios de junio. Éstas abren durante el atardecer y permanecen abiertas hasta pasado el amanecer del día siguiente. Los frutos maduros son carnosos y presentan una pulpa de color rojo o blanco (ibid.). Las frutas y las semillas fueron una importante fuente de alimento para los grupos indígenas que habitaron la región. Se comía el fruto fresco (Estrada 2018: 234), las semillas se machacaban para hacer una harina (pinole) y al fruto se le agregaba agua y se machacaba para hacer una bebida (Rebman y Roberts 2012: 204). De acuerdo con los relatos misionales, las semillas podían ser más valiosas que el fruto mismo porque al tostarlas y transformarlas en harinas se convertían en una de las principales fuentes de alimento cuando el alimento escaseaba en el invierno (Barco 1988: 83). Además de subirse a los cardones para recolectar las frutas, los indígenas trepaban para explorar el terreno y cerciorarse de si había venados a la redonda (Baegert 2013: 39). Actualmente, los rancheros colocan las porciones carnosas del tallo sobre heridas para desinfectar y aliviar el dolor. Las costillas secas del interior de los tallos eran usadas para elaborar anzuelos, postes, camas, vallas, vigas, paredes de casas (Rebman y Roberts 2012: 204) y la parte leñosa se usaban para hacer fuego (Sales 2003: 75). El segundo es un cirio (Fouquieria columnaris) conformado por una línea ondulada alargada que en el extremo superior izquierda culmina con un círculo alargado y, en el extremo superior derecho, con un semicírculo cerrado (Figura 9). En este caso, proponemos que la representación, más que del cirio completo, se basa únicamente de los brazos alargados que salen del tronco y que son los que suelen contener los brotes florales. Figura 9 – Representación de un cirio en el sitio Rancho Amado, 46 x 23 cm (a. foto de E. Fonseca Ibarra; b. dibujo Jesús Zarco Navarro; c. imagen de referencia cortesía de Terra Peninsular) Los cirios Fouquieria columnaris son una especie carismática de la Península de Baja California. Los árboles adultos tienen un tronco robusto, afilado y columnar de hasta 50 cm de diámetro en la base y alcanzan hasta los 18 m de alto. Pueden ramificarse en varios tallos de 6-12 cm de ancho en la parte superior que comúnmente muestran una variedad de curvas y giros. Entre julio y agosto se pueden apreciar grupos de flores color crema que forman una corona extendida en la cima del tronco y los extremos de las ramas. El tronco y las ramas principales están cubiertas por ramas espinosas más cortas. La tasa de crecimiento de esta especie es extremadamente baja, se requieren de 27 a 40 años para cada metro de altura, dependiendo de las condiciones del lugar donde se ubica. El cirio más alto registrado en Baja California tiene 18 metros, es decir, aproximadamente 360 años, lo que significa que, por lo menos, tres generaciones distintas pudieron observar el mismo árbol (Rebman y Roberts 2012: 283-284). Se localizan en el Desierto Central desde las faldas de la Sierra San Pedro Mártir hasta el Volcán Tres Vírgenes hacia el sur y en la isla Ángel de la Guarda (ibid.: 283). Aunque llamó la atención de los misioneros, parece que los cirios tuvieron poco uso en época prehispánica considerando que no tiene ningún fruto comestible, el tronco no sirve como material de construcción y si se prende fuego desprende un olor intolerable y genera dolor de cabeza (Barco 1988: 93; Crespí 2001: 172; Sales 2003: 75). El tercer motivo fue identificado como pitaya (Stenocereus gummosus), el cual tiene como elemento central un rectángulo alargado y engrosado en la parte superior con un círculo relleno en la parte superior y un cuadrado en la parte inferior. Encima de la parte engrosada cuenta con dos diseños: un círculo con círculo menor al centro y líneas entrecruzadas y, debajo de éste, un rectángulo. En la parte media, en el lado izquierdo, presenta una semi elipse con líneas onduladas al interior; de ésta se desprenden una serie de líneas rectas pequeñas. Además, ésta semi elipse se une con otra debajo por una línea recta vertical. La segunda semi elipse presenta un círculo con una línea inclinada al interior y un triángulo en el extremo derecho con una cruz al interior. De lado derecho del elemento central, en la parte media, presenta un semicírculo con otro al interior (Figura 10). Esta representación de pitaya es un motivo muy interesante pues, además de mostrar la planta en sí, pareciera representar el fruto partido por la mitad y soltando las semillas, pero aún en pegado al tallo de la cactácea. Figura 10 – Representación de una pitaya en el sitio Rancho Amado. Pareciera que el fruto está abierto arrojando las semillas a la tierra, 110 x 30 cm (a. foto de E. Fonseca Ibarra; b. dibujo de Jesús Zarco Navarro; c. imagen de referencia cortesía de Terra Peninsular) La pitaya agria Stenocereus gummosus es una especie que se puede encontrar de manera abundante desde Ensenada hasta la región del Cabo, en la isla San Martín y en la mayoría de las islas del Golfo. Es un cactus erecto de varias ramas que forman matorrales espinosos impenetrables. Los tallos tienen una coloración verde grisácea, presentan de 8 a 9 costillas y pueden alcanzar los 3 m de largo. Contiene espinas robustas muy peligrosas y una de ellas es más grande que el resto alcanzando hasta los 4 cm de largo. Durante los meses de julio a septiembre pueden observarse sus flores de color blanco violáceo a rosa que miden de 10 a 14 cm de largo y tienen unos tubos largos y delgados al centro. Estas flores abren durante una sola noche y cierran a la media mañana del día siguiente. Su fruto tiene el tamaño de una pelota de tenis y un color rojo brillante (Rebman y Roberts 2012: 207). El fruto de la pitaya es tan fresco y jugoso que era al mismo tiempo una comida y una bebida (Barco 1988: 81). Los indígenas lograban conservarla por mucho tiempo al quitarle la cáscara, batirla y amasarla para formar una bola de masa que guardan cubiertas por hojas. Era tal su importancia para los antiguos californios que se le consideraba un exquisito regalo (ibid.: 82). Las ramas machacadas de la pitaya también eran aprovechadas. Al contener saponina servían para atontar a los peces capturados en las pozas de marea o en las entradas de los arroyos que desembocan en el Pacífico (Hohenthal 2001: 281). A diferencia de la pitaya dulce (Stenocereus thurberi var. thuerberi) la agria se recolectaba en los valles cercanos a las costas y rara vez se encontraba en las serranías de tierra adentro (Barco 1988: 82). El diseño formado por un triángulo con líneas rectas inclinadas que salen tanto del lado derecho como del izquierdo y que en la parte inferior tiene un pequeño triángulo relleno del que sale una línea ondulada ha sido identificado como una biznaga (Ferocactus cylindraceus) con raíz (Figura 11). Los indicadores para su identificación son las líneas rectas inclinadas en la parte superior –a modo de espinas– sobre el cuerpo carnoso y las líneas inferiores que parecieran representar las raíces de ésta. Figura 11 – Representación de la biznaga con raíz en el sitio de Rancho Amado, 70 x 30 cm (a. foto de E. Fonseca Ibarra; b. dibujo Jesús Zarco Navarro; c. imagen de referencia tomada de Garden[4]) Finalmente tenemos dos diseños similares. El primero está conformado por dos motivos, uno junto al otro, donde se aprecia dos líneas rectas, verticales, paralelas, alargadas La primera cuenta, en la parte superior, con un rectángulo pequeño relleno en el lado derecho y dos líneas con dos puntos en el izquierdo. La segunda, presenta dos líneas curvas pequeñas divergentes; cuatro puntos en el lado izquierdo, un círculo relleno en el lado derecho y una línea recta por debajo de los diseños antes mencionados El otro elemento está compuesto por una línea vertical central de la que se desprenden cinco líneas verticales, principalmente de la parte media hacia arriba. En la parte superior presenta, cada línea, un círculo relleno. Todos ellos fueron identificados como tallos de flores del agave (Agave deserti; Figura 12). En el primer caso, pareciera que la intención es simbolizar principalmente el quiote –tallo que crece al centro del agave– representado por las líneas rectas alargadas. La segunda representación sería únicamente de la sección del quiote con las flores. Figura 12 – Representaciones de agave en el sitio Rancho Amado (a y c. fotos de E. Fonseca Ibarra, a. 106 x 16 cm; c. 65 x 55 cm; b. dibujos de Jesús Zarco Navarro; d. imágenes de referencia cortesía de Terra Peninsular) El Agave deserti, conocido como agave, maguey o mescal; es una especie que se localiza en el suroeste de los Estados Unidos y el noroeste de México. La variedad más común de Baja California se encuentra en áreas desérticas y se extiende desde la Cordillera Peninsular en el sur de California hasta la mitad de estado. Esta variedad presenta hojas lanceoladas a lineales-lanceoladas, mide de 25 a 40 cm de largo y 6 a 8 cm de ancho, son grisáceas, presenta márgenes dentados y terminan en una punta afilada. Las hojas dispuestas en espiral pueden formar impenetrables colonias de rosetas que cubren el piso del desierto. Después de varios años de crecimiento (30-60 años), el tallo de flor delgado de estos agaves produce flores amarillas en forma de embudo en el tercer superior de la inflorescencia. Las rosetas de hojas mueren después de la floración que suele ocurrir de abril a junio (Rebman y Roberts 2012: 67-71). El tallo es comestible después de su cocción e, históricamente se ha documentado el aprovechamiento de las hojas para extraer la fibra como material de producción de mecate, redes y sandalias (Ascension y Wagner 1928: 341; Baegert 2013: 82, 85; Campbell 2009: 53-56, 175-180; Meigs 1939: 38; Sales 2003: 73). Dado que el rango de distribución del agave es muy amplio, es una fuente accesible por más de cinco meses al año (Ramírez y Small 2018: 63). Arqueológicamente se han documentado hornos/fogones de piedra que probablemente sirvieron para tatemar o asar diferentes alimentos, entre ellos el agave (Des Lauriers 2010; Drakíc, Aquino y Delgado 2007; Drakíc y Delgado 2010; Figueroa Beltrán 2009; Fonseca Ibarra, Ainis y Guía-Ramírez 2019; Gruhn y Bryan 2009; Moore 2001, 2010; Ovilla y García 2008; Porcayo 2012, 2014; Porcayo et al. 2016; Ritter 1979, 2008; Ritter y Aceves 2006; Vázquez 2015; Zarco Navarro 2020). De acuerdo con las fuentes etnohistóricas y etnográficas para cocinar el agave se hacían hoyos, se colocaba leña para prender fuego y se colocaban rocas para calentarlas y asar las piñas que son las cabezas del agave a las que se les retiraron las hojas gruesas. Posteriormente se tapaba el hoyo con las hojas gruesas recortadas, una capa de tierra y se prendía fuego otra vez. Después de tres días se sacaban las piñas, las amargas se desechaban y las dulces se consumían o guardaban para el futuro (Baegert 2013: 94; Barco 1988: 123-124; Hohenthal 2001: 139; Meigs 1939: 22). El maguey fue uno de los alimentos vegetales de vital importancia para los grupos nativos de Baja California (Ascension y Wagner 1928: 341; Baegert 2013: 90; Barco 1988: 121; Crespí 2001: 188-190; Meigs 1939: 22; Sales 2003: 73). Se consumía asado o en forma de aguamiel (Estrada 2018: 235) y las hojas tostadas servían para sacar espinas (ibid.: 238). Otra forma de aprovechamiento del agave es el consumo del tallo previo a la floración porque después se vuelve duro y fibroso. Generalmente el tallo se corta cuando alcanza los 2 m y se tatema con la misma técnica que se describió para las piñas. Además, del tallo tatemado se podía hacer un budín (atole) que al hervirse se hidrataba y convertía en bebida (Rebman y Roberts 2012: 68). Según algunas fuentes, las hojas del agave se usaron machacadas o se masticaban en caso de emergencia ante la escasez de agua (ibid.). Barco (1988) indica que cuando las piñas ya cocidas no se acababan se molían para hacer una harina que servía como alimento para los ancianos. El sitio con petrograbados denominado Cerro Bola, dentro del área del estilo Abstracto Septentrional, se encuentra al norte del cauce de un arroyo de temporal. Dada la gran cantidad de motivos que presenta fue dividido en grupos de paneles que se extienden a lo largo de 200 m del cauce del arroyo. Los diseños se encuentran distribuidos en paneles y bloques graníticos disgregados sobre la ladera media y alta de un pequeño cerro. Los petrograbados fueron elaborados por medio de técnicas de desgaste y relleno. Los motivos pueden clasificarse en antropomorfos, artefactos, geométricos, zoomorfos y fitomorfos. Estos últimos se localizan en el Grupo 1, Panel 1 y el resto en bloques aislados. Únicamente se encontró un artefacto lítico posiblemente asociado al sitio (Fonseca Ibarra y Fenoglio Limón 2020). El primer motivo está compuesto por una serie de semicírculos y triángulos con las puntas redondeadas; el elemento está rodeado por una línea curva ondulada; en total son dos líneas de estos elementos concatenados. Lo hemos identificado como una dudleya (Dudleya spp.) (Figura 13) gracias a la forma en que suelen reproducirse y expandirse sobre el terreno a modo de grandes familias y por la forma general de las hojas. Figura 13 – Representación de una dudleya en el sitio Cerro Bola, 35 x 63 cm (a. foto de E. Fonseca Ibarra; b. dibujo de Jesús Zarco Navarro; c. imagen de referencia tomada de Wilken-Robertson 2020, foto de Deborah Small) El grupo de suculentas más diverso en Baja California es el Crassulaceae y el género Dudleya es el regionalmente más diverso con 34 especies, 26 de las cuales son endémicas (Rebman y Roberts 2012: 220). Las siempre vivas destacan en el paisaje bajacaliforniano. Tanto en acantilados como en las zonas de chaparral se puede observar individuos de diferentes formas y figuras, incluyendo rosetas grandes de color blanco plateado o verde con hojas lanceoladas, rosetas de color azul verdoso con hojas más gruesas y dudleyas delgadas como lápices. Las inflorescencias cuando recién salen son dulces, jugosas y comestibles. La gente masca las hojas tiernas para aliviar la sed. La raíz de la planta se muele y remoja para endurecer la encía. Las hojas se usan para curar los callos y la raíz se hierve entera para hacer una decocción para el asma (Wilken-Robertson 2020: 122-123). Con el tallo y las hojas se prepara un té para aliviar el algodoncillo en la boca de los niños (Estrada 2018: 238). El otro diseño es un motivo compuesto por cinco círculos unidos por una línea recta central, dos líneas horizontales y una herradura en la parte media; el círculo superior presenta un relleno parcial formando una figura ondulada al interior. Lo hemos identificado como cacomo (Dichelostemma capitatum; Figura 14). En este caso, la identificación se basa en la forma que presenta la planta completa. Pareciera que representan, en la parte superior, la flor, después el tallo con brotes más pequeños y, al final, el bulbo. Figura 14 – Representación del cacomo en el sitio Cerro Bola, 27 x 22 cm (a. foto de E. Fonseca Ibarra; b. dibujo de Jesús Zarco Navarro; c. imagen de referencia tomada de Wilken-Robertson 2020, foto de Deborah Small) La Dichelostemma capitatum, conocido como cacomo, cacomite, coquito o jacinto silvestre pareciera ser una planta anual, pero en realidad es un solo tallo perenne que crece de un bulbo subterráneo (Riley, Rebman y Vanderplank 2015: 42). Esta especie tiene unas hojas basales, ligeramente puntiagudas y flores de color azul a violeta que se concentran en la punta de un tallo desnudo, el cual puede alcanzar los 60 cm de alto. Prácticamente se pueden encontrar en toda Baja California, con mayor frecuencia en áreas recién quemadas del Matorral costero y zonas de Chaparral al noroeste de la península (Rebman y Roberts 2012: 94). Los bulbos del cacomo fueron muy preciados entre los pueblos nativos porque además de ser un alimento nutritivo calmaba la sed. Entre las comunidades indígenas actuales los bulbos sólo se recolectan ocasionalmente, pero antes se escarbaban y comían crudos. Los niños no podían consumirlos porque, según sus tradiciones, podrían quedarse calvos (Wilken-Robertson 2020: 121). En la región de El Rosario los vaqueros siguen buscándolos durante sus travesías (Sánchez 2021: 34). El sitio registrado con el nombre CODOR-GM1 (Porcayo y Ponce 2016) es conocido también como Dos Venados (Ewing 2012). Se localiza 100 km al noroeste de la Misión de San Borja, cerca de un arroyo de temporal y forma parte de los sitios dentro del estilo de Transición. Las pinturas se encuentran sobre las paredes y techo de un afloramiento rocosos granítico. Delineadas en color rojo, negro, blanco, amarillo y morado. Se identifican diseños antropomorfos, zoomorfos, fitomorfos y geométricos. No se reporta presencia de materiales arqueológicos asociados (Harman y Porcayo 2018). El diseño fitomorfo está delineado en color rojo y consiste en dos figuras altas y delgadas –que han sido identificados como cirios– con una especie de ramificaciones en la base a modo de raíces (Harman y Porcayo 2018: 110) (Figura 15). Se identificó como cirio con raíz por la forma alargada, con terminación en punta y porque las líneas inferiores se presentan a modo de raíces. Figura 15 – Probable representación de un cirio con raíces en el sitio CODOR-GM1, sin escala disponible (a. imagen tomada de Harman y Porcayo 2018, procesada por Dstretch usando filtro YRD; b. dibujo de Jesús Zarco Navarro) Juárez 02 es un sitio con petrograbados localizado en la margen sur de un arroyo de temporal. En cuanto al estilo este sitio salta pues, aunque por el tipo de petrograbados podría corresponder al Abstracto Septentrional, su localización lo ubica fuera de los territorios definidos. Los diseños fueron elaborados por medio de técnicas de desgaste e incisión sobre un frente rocoso. Los motivos pueden clasificarse en diseños geométricos, artefactos y fitomorfos. No se reportó la presencia de material asociado (Figueroa Beltrán y Fonseca Ibarra 2013). El elemento fitomorfo identificado puede corresponder con un agave, pues se trata de un diseño a modo de “W” cuya representación se repite tres veces de manera paralela (Figura 16). Los agaves suelen crecer dando la impresión de formar diversas secuencias de W entrelazadas, además de que los brotes nuevos, salen de la parte central de la planta, de ahí su identificación como tal. Figura 16 – Representación de un agave en el sitio Juárez 02, sin escala disponible (a. foto de Carlos Figueroa Beltrán; b. dibujo Jesús Zarco Navarro) Rincón de la Escalera 5 forma parte de una serie de sitios registrados a lo largo de un arroyo de temporal dentro del área del estilo Transición. Este sitio presenta dos conjuntos de diseños pintados en color rojo y negro sobre las paredes de un abrigo rocoso granítico. Se observaron figuras geométricas, diseños antropomorfos y un motivo fitomorfo esquemático. Este último fue delineado en color rojo en uno de los extremos laterales del abrigo. Se reportó presencia de material lítico y malacológico asociado al sitio (Morales 1987). En este caso, la cédula de registro presenta una serie de dibujos sobre los diseños que se identificaron en el sitio. Desgraciadamente, el autor no señala cuál de ellos es el fitomorfo identificado; sin embargo, podemos decir que, de todos los dibujos, resaltan dos: uno que podría ser un peyote (por ser un círculo con divisiones internas, probablemente simbolizando los gajos) y el otro un agave, por la representación en secuencia de “V” repetidas paralelamente (Figura 17). Figura 17 – Dibujos de A. Morales (1987) donde reporta la existencia de fitomorfos en el sitio Rincón de la Escalera 5, pero no señala a cuáles hace referencia. Los círculos indican cuáles podrían ser, de acuerdo con nuestra interpretación, sin escala disponible Montevideo 1 es un sitio del estilo Transición ubicado en una ladera cercana a un arroyo de temporal conformado por siete conjuntos pictóricos ubicados al interior de un abrigo rocoso y sobre un frente rocoso granítico. Presenta diseños antropomorfos, fitomorfos y geométricos delineados en color rojo, negro, amarillo, naranja y blanco. El diseño fitomorfo de tipo realista se localiza en el extremo superior izquierdo del Conjunto E. En su manufactura se emplearon las técnicas de delineado y tinta plana y los colores amarillo y rojo. Se encontró material lítico en los alrededores del sitio (Serrano González 1993; Serrano González y Bravo 1992). Se trata de un elemento compuesto por una línea vertical central de color rojo de la cual se despenden, de abajo hacia arriba y de cada lado, líneas rojas quebradas que rematan con un círculo relleno en rojo; sobre el ángulo de quiebre de las líneas presenta un círculo relleno en amarillo. Lo mismo se repite en la parte media superior, salvo que en este caso las líneas no son quebradas, sino rectas inclinadas, se repiten los círculos rellenos en amarillo. En la parte superior del diseño, y por lo tanto de la línea central, presenta una elipse delineada en rojo y rellena en amarillo. De acuerdo con diferentes investigadores (Casado y Montúfar 2017) podría tratarse de la representación de la planta del toloache (Figura 18). Figura 18 – Figura fitomorfa identificada como toloache en el sitio Montevideo, sin escala disponible (a. foto de Jorge Serrano González; b. dibujo de Jesús Zarco Navarro; c. imagen de referencia tomada de Rebman y Roberts 2012) El género Datura comúnmente llamado toloache es conocido por sus efectos alucinógenos y su uso en ceremonias rituales. Todas las partes de esta planta son venenosas y una sobredosis puede ser fatal (Rebman y Roberts 2012: 385). En Baja California el género Datura está representado por dos especies. Datura discolor es una planta anual nativa del desierto que puede llegar a crecer hasta 50 cm de alto. Las hojas ovadas tienen dientes grandes a lo largo del margen y un pecíolo prominente. Las flores tienen un cáliz de 10 a 16 cm de largo con una corola tubular en forma de embudo con marcas púrpuras. El fruto es de verde a violáceo y tiene forma de globo de hasta 3,5 cm de ancho, es finamente velloso en su superficie, tiene muchas espinas grandes y débiles, y revienta en la madurez para liberar muchas semillas negras, planas de 3-3,5 mm de ancho. Esta especie se distribuye en toda la península de Baja California, pero es escasa en la región noroeste. La Datura wrigtii puede llegar a crecer 30 cm más que la D. discolor es anual o perenne. Sus hojas ovaladas pueden tener dientes en todo su margen o solo unos cuantos. El cáliz de la flor de esta especie mide de 8 a 12 cm y la corola es blanca o algunas veces de tono púrpura. Florece entre abril y octubre, o durante el año después de abundantes lluvias y produce una fruta en forma de globo con espinas que contiene muchas semillas planas. En Baja California se le encuentra en planicies arenosas, arroyos, orillas de la playa y a lo largo de los caminos en el noroeste de la península. A partir de la hierba triturada se obtiene atropina, un fármaco tóxico que se usa para curar heridas, hinchazones, llagas y mordeduras de animales venenosos (Rebman y Roberts 2012: 385-386; DuBois 1908: 177). En el sur de California se ha documentado el uso de otras especies del género Datura (D. meteloidesS. stramonium) para alcanzar estados alterados de conciencia durante diferentes tipos de rituales, entre ellos, las ceremonias de iniciación masculina (DuBois 1908: 77-84; Spier 1923: 316-321; Waterman 1910: 293-300). Como parte de estos rituales, los muchachos realizaban una carrera hasta una roca y el ganador pintaba la roca con pintura roja y negra (DuBois 1908: 92). La ingesta del toloache era controlada, si acaso de una toma en la vida; a pesar de que formaba parte de los rituales de iniciación, no todos los muchachos llegaron a probarlo y el consumo para las mujeres no era permitido (Spier 1923: 316). En Baja California, datos etnográficos señalan que antiguamente se celebraba una ceremonia en la adolescencia de los varones que implicaba el consumo de esta planta; los grupos indígenas de principios del siglo XX lo consideraban una locura pues reconocían que era un veneno mortal (Hohenthal 2001: 206). El toloache dejó de formar parte de los rituales y su uso se convirtió en una cuestión personal, sólo aquél (hombres, mujeres o niños) que quería ver a sus familiares muertos o que vivían lejos o para entender lo que no podían (Meigs 1939: 64). Los chamanes en su profesión podían hacer uso del tóxico con impunidad (Hohenthal 2001: 281) y los apostadores algunas veces colocaban un bocado debajo de la lengua para tener buena suerte (Meigs 1939: 64; Spier 1923: 316). Es probable que en el pasado los grupos de cazadores-recolectores la emplearan durante las ceremonias rituales, no obstante, llama la atención que en las crónicas históricas se mencioné con mayor énfasis el consumo del tabaco por sobre la Datura, tal vez su uso era menos frecuente que en otros grupos del sur de California (Laylander 2000). La Angostura, dentro del estilo Gran Mural, es un sitio conformado por 72 paneles que contienen principalmente motivos pictóricos elaborados en tinta plana en diferentes tonos de color rojo, naranja, blanco, negro y amarillo. En menor proporción se identificaron grabados realizados a través de tres técnicas: desgaste, picoteado e incisión (Ritter et al. 2002). La mayoría de los diseños son de tipo geométrico, pero también se observaron motivos antropomorfos, zoomorfos y fitomorfos. Los paneles se distribuyen a lo largo de 340 m de un acantilado, al pie del cual corre un arroyo de agua intermitente. Se destaca la presencia de tinajas, metates, cerámica, lítica, hueso y concha (Ritter 2010d). Presenta un diseño fitomorfo conformado por una línea recta vertical de la cual se desprenden, de lado izquierdo, cuatro líneas rectas inclinadas y, de lado derecho, una en la parte superior. La parte inferior de la línea recta central termina con una línea curva que se una a la última línea de lado izquierdo. Aunque por su composición podría tratarse de una planta, no fue posible identificar su taxonomía (Figura 19). Figura 19 – Representación de una planta sin identificación taxonómica en el sitio La Angostura, 30 x 17 cm (imagen tomada de Ritter 2010d)

Discusión

La intención de estudiar los diseños fitomorfos no consiste en hacer una descripción de formas, catálogos de motivos o recrear una especie de juego de memorama que resulta de buscar similitudes entre los diseños de diferentes sitios. Aunque esas son fases necesarias del proceso de análisis, en este caso nuestro objetivo es entender a las sociedades del pasado a través del conocimiento del discurso gráfico. Suponemos que en los paneles se plasmaron ideas que dan cuenta de la interacción del hombre con su medio ambiente pero que la relación que se estableció y se perpetuó en las rocas no es un mero recuento de lo observado, sino un mundo cargado de significados. La arqueología del paisaje busca ser una guía en la comprensión de esa interdependencia que el hombre establece con su medio y que cambia a lo largo del tiempo y el espacio. El paisaje, concebido como un mundo de productos culturales, implica que los espacios físicos son transformados en lugares “llenos de contenidos mediante sus actividades diarias, sus creencias y sus sistemas de valores” (Anschuetz, Wilshusen y Scheick 2001: 4). Cada grupo dejará su impronta, misma que en las manifestaciones gráfico-rupestres entenderemos como estilo (Conkey y Hastorf 1990). En ese sentido, vemos que los sitios con diseños fitomorfos se encuentran próximos a fuentes de agua, en zonas de fácil acceso y cercanos a áreas con evidencia de actividad doméstica; sin embargo, es necesario realizar análisis más profundos porque tal vez sea una cualidad de todos los sitios con manifestaciones gráfico-rupestres de Baja California. Para medir la distancia a las fuentes de agua sería recomendable emplear una clasificación del caudal de los arroyos (Vázquez y Fonseca Ibarra 2018) y para indicar el grado de accesibilidad sería útil hacer una medición de las pendientes o un análisis del paisaje (Gutiérrez 2013). También sería importante determinar la asociación de estas manifestaciones gráfico-rupestres con otros materiales y poder comprobar su contemporaneidad. De igual modo, en las descripciones de los sitios analizados se reportó la presencia de cerámica (en los sitios ubicados al norte de la península), lítica, morteros y tinajas. Aunque es tentador sugerir que la presencia de cerámica indicaría que se trata de espacios ocupados por los yumanos durante la Prehistoria tardía (Moriarty 1966; Porcayo 2019; Rogers 1945), pensamos que es un error establecer esa conexión en tanto no se pueda comprobar la asociación entre el panel y dichos materiales, considerando además que son espacios que pudieron usarse y reutilizarse a lo largo del tiempo por grupos culturales distintos. Por otro lado, al iniciar este trabajo de identificación y análisis suponíamos que los motivos fitomorfos representados tendrían correspondencia con las fronteras estilísticas (Fonseca Ibarra y Amador 2019; Ritter 1991) y con las ecorregiones de la península de Baja California (González-Abraham, Garcillán y Ezcurra 2010). Esperábamos que los diseños plasmados en los paneles respetaran las formas de representación estilística de cada región e hicieran alusión a la flora circundante a los sitios arqueológicos. Sin embargo, descubrimos que esta idea tiene sus matices y el primero está relacionado con las escalas de análisis. Si analizamos la flora circundante a los sitios veremos que hay pocas plantas exclusivas. Por el otro, al ampliar la escala, vemos que muchas plantas se presentan y se comparten entre las distintas regiones. Por lo tanto, parte de nuestras conclusiones identifican que las representaciones son más de plantas compartidas, y en menor medida de plantas exclusivas de una ecorregión. Con respecto a las fronteras estilísticas los diseños guardan cierta relación con los cánones de cada área. En el norte, en la zona del estilo La Rumorosa, los diseños fitomorfos (sitios Piedras Gordas y Las Pilitas) fueron realizados en los colores característicos del área y están asociados a los típicos diseños antropomorfos esquemáticos con dedos, llama la atención, sin embargo, que los motivos fitomorfos presenten volumen. Los diseños que se localizan en la zona del Abstracto Septentrional (sitios La Biznaga, Canoas 2, Las Pintas de Cruz, Cerro Bola y Rancho Amado) son petrograbados, lo cual es una de las particularidades de ese estilo, pero nuevamente los diseños destacan por no ser esquemáticos, sino de tipo realista. En el área que hemos denominado de Transición las pinturas (sitio CODOR-GM1 y Montevideo 1) son de tipo realista y están asociados a elementos tanto del estilo Gran Mural, como del Abstracto Septentrional. Dos diseños (sitios Juárez 02 y La Angostura) se quedan fuera de las áreas estilísticas preestablecidas, pero sus trazos son similares a los del Abstracto Septentrional. Dada la baja densidad de motivos es imposible señalar técnicas o trazos particulares para realizar una categoría taxonómica. Las especies identificadas en más de un sitio (biznaga, cirio, agave y salvia) fueron realizadas de acuerdo con las técnicas de manufactura propias de cada región y no necesariamente se parecen entre sí. Cuando comenzamos el análisis tomamos como punto de partida las ecorregiones por ser unidades geográficas con flora y fauna que caracterizan un ecosistema (González-Abraham, Garcillán y Ezcurra 2010). Esperábamos que fuera una referencia para identificar taxones cuya distribución se limitara a esos ámbitos geográficos pero las especies representadas se localizan en toda la entidad y no se limitan a un área específica salvo por el caso del cirio. ¿Las plantas representadas se encuentran cercanas a los sitios arqueológicos? Es otra pregunta relativa y que depende de la escala de análisis. La respuesta sería sí, sí se plasmaron endemismos de la península de Baja California, son todas especies que se pueden identificar en la región e inclusive en las inmediaciones de los sitios arqueológicos. Biznagas y agaves son especies de amplia distribución, ningún cirio se identificó fuera del Valle de los cirios y la macroalga es propia del océano Pacífico. El sitio arqueológico donde se encontró el diseño de la macroalga se localiza a 85 km tierra adentro ¿se debe considerar “lejos” del sitio o qué no es propia de la zona? Eso depende de cómo se establecen los límites, particularmente en el caso de grupos con un alto nivel de movilidad como parecen haber sido los cazadores-recolectores-pescadores de Baja California (Des Lauriers 2010; Fonseca Ibarra 2018; Hernández 2016; Laylander 1997; Moore 1999, 2001; Ortega 2004; Ortega y Barranco 2017; Porcayo 2010; Ritter 2010a, 2010b, 2010c; Zarco Navarro 2018, 2020). Aunque es claro que las representaciones no dependen ni de la región estilística, la ecorregión, ni de la categoría taxonómica, sí hay una necesidad de plasmar motivos fitomorfos y éstos parecen ser de especies que no se circunscriben a una ecorregión en particular (salvo el caso de los cirios), sino más bien de una amplia presencia y aprovechamiento cotidiano. Enclavados en las sierras centrales de la península de Baja California se han identificado mamíferos marinos como parte del discurso gráfico del estilo Gran Mural. Gutiérrez (2018) interpreta estas representaciones como parte de una necesidad de plasmar lo que no se tiene, lo que se anhela. Por el contrario, los diseños fitomorfos de esta región representan especies vegetales de fácil acceso que están presentes en prácticamente todo el territorio y los periodos de recolección eran conocidos. Casado y Montúfar (2017: 25) sugieren que al ser los vegetales recursos renovables y periódicos, tal vez se asumieron como un hecho predecible y previsible que no requería de alguna labor a priori para conseguirlos. Casado propone que la poca representación de las plantas y del paisaje en general puede deberse a que “forman parte vivencial en la existencia del hombre [por lo que quizá] no fuera necesario representarlo sino de observarlo, apropiarlo e integrarlo a su existencia” (Casado 2019: 191-192). Efectivamente, entonces, la representación de plantas no es parte medular del discurso en general, sino tal vez sólo de algunos espacios y/o momentos en particular dentro de los rituales que incluyeron la creación de las manifestaciones gráfico-rupestres. No obstante, hay una selección sobre lo que se representa, no están presentes todas las especies vegetales que existen en la región y que pueden ser consumidas de acuerdo con fuentes históricas y etnográficas (Baegert 2013; Barco 1988; DuBois 1904; Garduño 2019; Guía y Oviedo 2015; Hohenthal 2001; Meigs 1939; Sales 2003; Shipek 1991). ¿Se trata entonces de recursos especiales o que se relacionan con otro nivel de sentido más allá de la subsistencia? En cuanto a la variedad de especies representadas tenemos plantas de uso común, alimentarias y que se encuentran en abundancia en la zona; la mayoría con más de un uso o función. El consumo de ciertas especies como la biznaga, el maguey o la pitaya fue fundamental en la dieta de los grupos cazadores-recolectores-pescadores. Más allá del aporte calórico es interesante observar que la relación que se establecía con las plantas sobrepasaba los límites de la subsistencia. En torno a la recolección, procesamiento y consumo de los alimentos se estipulan normas y se imponen tabúes que restringen el aprovechamiento de determinadas especies, tal es el caso de los cacomites que estaban prohibidos para los niños, pero a los cuales seguramente se les enseñó que debían despegar los bulbos “bebés” y aplicar técnicas de control de fuego para aumentar su productividad (Wilken-Robertson 2020: 121). No sorprende que haya plantas que fueran representadas en la gráfica rupestre por su importancia alimenticia, pero no se debe olvidar que además las plantas fueron consideradas seres vivos que interactúan, sienten y hablan como los arbustos de islayas que podían comunicarse porque una vez fueron personas (Spier 1923: 312). Tal vez desde nuestros códigos modernos y occidentales nos resulte extraño que especies vegetales sin aparente impacto económico también se encuentren en el discurso gráfico, como los cirios. Sin embargo, es una especie vegetal que se circunscribe al desierto central de la península de Baja California, tiene formas caprichosas y son tan longevos que pudieron ser parte de los referentes del paisaje de, por lo menos, tres generaciones de los integrantes de una banda. Probablemente, sus formas y presencia llamaron tanto la atención de los antiguos pobladores que se les representó en diversas modalidades, pintados y grabados, sólo el tronco o sólo las flores. Y así como el cirio pudo resultarles peculiar, hay otras especies vegetales a las que se les tenía respeto y cuidado. El toloache ha sido reconocido por su poder para provocar visiones (DuBois 1908: 178). De acuerdo con testimonios etnográficos su consumo fue parte medular de importantes ceremonias (DuBois 1908; Spier 1923) y se ha considerado una fuerte relación con las manifestaciones gráfico-rupestres del sur de California (Wellmann 1978; Robinson et al. 2020). En Baja California, sin embargo, parece que su uso fue restringido; las mujeres no podían probarlo y no todos los hombres llegaron a hacerlo. Existen evidencias de que las comunidades indígenas de principios del siglo XX dejaron de emplearlo en los rituales por el riesgo mortal que implicaba su uso. Es importante hacer notar que muchas plantas comunes u otras que antiguamente fueron muy valiosas pudieron entrar en desuso, probablemente por la introducción de nuevas especies y/o por el cambio en el patrón de asentamiento al que fueron obligados los grupos indígenas desde la época misional. Por ejemplo, el conocimiento sobre los diferentes tipos de agaves y su forma de preparación y aprovechamiento ha disminuido. En general, se recuerda y explota sólo la vegetación que se encuentra en la región inmediata a los asentamientos (Wilken-Robertson 2020: 226). Lo mismo pudo haber sucedido con otras plantas por lo que, ahora, no sabemos de su uso, función o probable explotación. Existen plantas que sobrevivieron no sólo al tiempo, sino a las nuevas visiones y usos culturales, otras entraron en desuso ya sea porque se dejaron de cultivar, entraron en una suerte de plantas prohibidas o ingresaron al panorama cultural otras que lograron sustituir o, incluso, mejorar la función anterior. Por lo tanto, las plantas debieron ser significativas para los grupos cazadores-recolectores-pescadores no sólo por su valor alimenticio, sino simbólico; y ambas categorías pudieron cambiar con el transcurrir del tiempo.

A modo de conclusión

El estudio de las manifestaciones gráfico-rupestres puede ser una labor ingrata. Sabemos de antemano que ni siquiera el primer intento de reconocimiento de las formas plasmadas en las rocas está libre de subjetividad. Nos aproximamos a los paneles con recelo, siempre declarando que, a pesar de todos los esfuerzos, alcanzar una interpretación es prácticamente una carrera perdida. Y, aun así, reconociendo los sinsabores creemos que es una tarea necesaria. Hay diferentes formas de abordar el estudio de las pinturas y los petrograbados. En nuestro caso elegimos la vía de conocimiento de un tipo de diseño poco común en la gráfica rupestre con el fin, no de reconocer los diseños que más se asemejan a la flora de la entidad, si no con el objetivo de explorar otra forma en la que podríamos acercarnos a la relación que establecieron los grupos cazadores-recolectores-pescadores con su medio ambiente en el pasado. Así, los diseños fitomorfos, vistos como parte del paisaje, son un indicador arqueológico mediante el cual nos adentramos en el conocimiento de un mundo cargado de significados. La identificación de los diseños no era el fin si no el pretexto, una brújula que nos guiara entre las crónicas, las guías biológicas, los mapas y los relatos etnográficos. En este proceso llevamos a cabo plantear hipótesis, establecer categorías de análisis y al final, como en toda investigación, declarar aquello que no funcionó y que habrá de buscarse desde otra perspectiva. Nuestra hipótesis inicial consideraba que las plantas representadas en la gráfica rupestre podrían agruparse en las de uso cotidiano que estarían asociadas a la vegetación presente en los sitios arqueológicos y en las plantas que no estaban en la zona y que se representaban por ser objeto de deseo. Utilizamos como punto de referencia las fronteras estilísticas y las fronteras de las ecorregiones identificadas en la península de Baja California. Con el auxilio de biólogos y antropólogos hicimos una identificación taxonómica y buscamos en las fuentes disponibles las formas en que han sido aprovechadas. Pensábamos que una clasificación funcional podría diferenciar los recursos de acuerdo con su uso alimenticio, medicinal/ritual y práctico, pero no fue así porque en la mayoría de los casos las especies identificadas eran altamente aprovechadas por más de una razón. Las plantas que consideramos fueron pintadas o grabadas son: agave, biznaga, cacomo, cardón, cirio, dudleya, islaya, macroalga, pitaya, peyote y toloache. En las fuentes históricas, etnográfica y arqueológicas se reporta su presencia, las diferentes formas en que los grupos las han empleado, la relación que establecieron con ellas y los cambios que ha habido a lo largo del tiempo. Como todo motivo imaginado, pensado y elaborado por grupos sociales distantes en tiempo y cosmovisión a nosotros, su interpretación parte de un sesgo en lo que se mira y se define como elemento fitomorfo. En ese sentido, estamos conscientes de que podemos estar incluyendo diseños que no fueron pensados como plantas, o estamos dejando fuera unos que sí, pero que nuestro bagaje cultural y simbólico no logra identificar como tal. Sin embargo, como hemos señalado, durante el proceso de revisión e identificación nos allegamos de especialistas de la biodiversidad bajacaliforniana y en conocedores de las regiones de estudio para intentar soslayar nuestra distancia cultural con el entorno. La revisión de los distintos motivos fitomorfos permite cuestionarnos sobre la diversidad biológica y sus formas de representación en época prehispánica. Este análisis nos lleva a pensar en el uso de las plantas a través del tiempo en el ayer y el ahora; más que ser una investigación concluyente, pretende ser un pretexto para continuar tratando de comprender la esfera ideológica de los antiguos habitantes de Baja California.

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SERRANO GONZÁLEZ Jorge
1993  Informe de actividades del proyecto de registro de sitios arqueológicos en Baja California: temporada 1992, informe presentado al Consejo de Arqueología, INAH, México. Copia disponible en el Centro de documentación CINAH-BC, unidad Ensenada, Baja California.

SERRANO GONZÁLEZ Jorge y César BERKOVICH
1997  Las Pilitas (Folio real 2ASA00004167), cédula para identificar y catalogar bienes arqueológicos inmuebles, Registro Público de Monumentos y Zonas Arqueológicos, INAH, México.

SERRANO GONZÁLEZ Jorge y Roberto BRAVO
1992  Montevideo (Folio real 2ASA00001873), cédula para identificar y catalogar bienes arqueológicos inmuebles, Registro Público de Monumentos y Zonas Arqueológicos, INAH, México.

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1991  Delfina Cuero. Her Autobiography. An Account of Her Last Years and Her Ethnobotanic Contributions, Ballena Press, Menlo Park, California.

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ZARCO NAVARRO Jesús
2020  Formas de subsistencia de los cazadores recolectores del desierto central de Baja California, Tesis de maestría en Antropología, UNAM, México.

Notes

[1] Ver en línea el sitio de Baja Flora, The Flora of Baja California, San Diego Natural History Museum, San Diego, http://bajaflora.org, consulta el 21/07/2023.

[2] Ver en línea el sitio Naturalista, Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad, http://www.naturalista.mx, consulta el 21/07/2023.

[3] Ver en línea el sitio de Terra Peninsular, http://terrapeninsular.org/, consulta el 21/07/2023.

[4] Ver en línea el sitio de Garden, The National Gardening Association, https://garden.org/, consulta el 21/07/2023.

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