José Luis Punzo Díaz1, Alejandro Valdes Herrera2

1 Instituto Nacional de Antropología e Historia

2 Escuela Nacional de Antropología e Historia

Las investigaciones recientes realizadas en el sitio epiclásico de Tingambato (Michoacán) han demostrado que participó en redes de intercambio a larga distancia para adquirir bienes de prestigio y contribuir a la circulación de ideas y conocimientos. Esta inserción se refleja particularmente bien en el mobiliario de dos singulares tumbas de cámaras: la Tumba I, con decenas de individuos y cientos de objetos, y la Tumba II, donde solo se encontró los restos de un individuo ataviado con un ajuar de casi 20 mil objetos de concha y piedra. El enfoque contextual y los análisis multifocales del mobiliario funerario de esta última tumba, a la luz de las nuevas tecnologías, permiten proponer que se trataba de una joven mujer que ostentaba un alto rango social.

Palabras clave: arqueología funeraria, Tingambato, Epiclásico, tumba de cámara, bienes de prestigio.

Agradecimientos

Queremos agradecer a todos los participantes del proyecto arqueológico PAPACSUM-INAH, quienes han contribuido al estudio de este importante sitio arqueológico, a los diferentes especialistas e instituciones a los que nos hemos referido en el texto, así mismo queremos agradecer al Instituto Nacional de Antropología e Historia por los recursos administrados y el apoyo obtenido especialmente por parte de los compañeros del Centro INAH-Michoacán, así como al Consejo de Arqueología por los permisos otorgados para el estudio.

Una ciudad Prehispánica en la Sierra Michoacana

El sitio arqueológico de Tingambato (Figura 1), ubicado en el centro sur del actual estado de Michoacán, llamó la atención de visitantes y estudiosos desde el siglo XIX, por los montículos, plazas y restos de edificios que se encontraban inmediatamente al sur del pequeño poblado de mismo nombre, en el límite sur de la Meseta Purépecha. Esta región también llamada “los Balcones de la Sierra”, es una franja de tierra muy fértil surcada por arroyos e irrigada por múltiples ojos de agua, que se encuentra entre la Tierra Caliente y la sierra fría michoacana. Figura 1 – Vista actual de una de las áreas principales de la zona arqueológica de Tingambato (foto: Archivo PAPACSUM). La importancia y características de este sitio han sido referidas en la mayoría de los trabajos arqueológicos sobre la región del occidente de México en cuanto a tres aspectos principales; el primero por su posición privilegiada en el paisaje entre las dos regiones ya mencionadas y por ende paso obligado de objetos y personas entre la costa, Tierra Caliente y la Meseta. La segunda la presencia en la arquitectura del uso del talud-tablero, por lo que se ha ligado directamente a la ciudad de Teotihuacan y que hoy es tema de discusión, pues las investigaciones actuales demuestran un desarrollo de una cultura local estrechamente vinculada a los procesos culturales del occidente; lejos de ser una ciudad satélite de la gran urbe del centro de México, como se pensaba cuando se realizaron las primeras intervenciones arqueológicas por Piña Chan y Kuniaki Ohi en 1978, entendiendo hoy que los rasgos que recuerdan a Teotihuacan y que se replican en Tingambato, pueden ser solamente los ecos que quedaron tras su caída y que detonaron dinámicas intensas de cambios, circulación de ideas y reacomodos poblacionales. La tercera, y la cual nos ocupa en el presente artículo, son las impresionantes tumbas que se han hallado, dentro de las cuales destaca la cantidad y calidad de ofrendas recuperadas, así como del importante número de personas que ahí se depositaron. Las cuestiones mencionadas, han sido actualmente analizadas a la luz de nuevos datos y el uso de nuevas tecnologías, lo que nos permite posicionar a esta ciudad como uno de los lugares más importantes en el occidente de México durante la mayor parte del primer milenio de nuestra era, ubicándolo así en un amplio marco temporal que ahora sabemos mediante fechamientos absolutos, se extiende desde el periodo Clásico, hasta alcanzar su auge en el Epiclásico (Punzo Díaz 2016), donde la evidencia de estas transiciones se pueden rastrear también en el arreglo arquitectónico de la ciudad (Figura 2) y en sus materiales. Figura 2 – Mapa de ubicación del sitio de Tingambato y plano arquitectónico (elaboró José Luis Punzo Díaz).

Las tradiciones de Tumbas en el Occidente

El occidente de México posee una longeva tradición de construcción de tumbas donde se han encontrado evidencias de complejos tratamientos a los muertos desde épocas muy tempranas; basta con recordar el caso de El Opeño, sitio ubicado en el noroeste de Michoacán y caracterizado por sus grandes cámaras funerarias con fechas que van del 1500 al 1000 a. C. (Oliveros Morales 2009) y que son reconocidas por varios investigadores como un antecedente a la tradición de tumbas de tiro que alcanza su etapa de mayor desarrollo en la fase El Arenal tardío hacia el 150 d. C. (Weigand 2008), distribuyéndose en una amplia porción del oeste mesoamericano. Posterior a las tradiciones funerarias antes mencionadas y abarcando también una distribución amplia en el occidente, se han registrado entierros dentro de tumbas formadas por una cámara con un techo elaborado generalmente con lajas que va desplantado sobre muros de piedra con un acceso, algunas veces, enmarcado por jambas y dintel de laja. Aunque el tamaño de la cámara y la complejidad del techo y del acceso pueden ser muy variables entre sitios, se mantienen constantes las formas generales y posiblemente la intencionalidad constructiva. Estas tumbas de cámara parecen tener su auge en el periodo Epiclásico (600-900 d. C.), presentando una diferencia fundamental respecto a las tradiciones anteriores, al ser “construidas” y no “excavadas”, aunque en su interior parecen conservar una cierta similitud con las anteriores, en cuanto a la disposición y tratamiento de los muertos, encontrando los cambios más marcados en la cultura material; diferenciando así procesos de corta y larga duración que constituyeron, a través del tiempo, verdaderas tradiciones funerarias dentro una región espacial y temporal bien definida. Algunos ejemplos de estos cambios en la arquitectura funeraria han sido registrados en Jalisco dentro de sitios de la fase “El Grillo”, como lo es la tumba de La Higuerita (López-Mestas 2007); y en Michoacán las encontradas en el sitio de Guadalupe, dentro de la ciénega de Zacapu (Pereira 1999), la Tumba 1 de Urichu en la región del lago de Pátzcuaro (Pollard 1995) y las monumentales tumbas de Tingambato en la región de la sierra, donde destacan no sólo sus dimensiones y la pericia arquitectónica de sus constructores, sino la gran cantidad de objetos suntuarios que acompañaron a los ocupantes de estas. Los rasgos arquitectónicos, la preferencia por el uso de ciertos bienes de prestigio y las similitudes en cuanto a la ritualidad funeraria, nos llevan a señalar que también los patrones funerarios observados en el Epiclásico se integran a la idea de que lejos de percibirse como un periodo fragmentado, se muestra a través de las evidencias arqueológicas como uno de los horizontes con mayor interacción interregional hasta entonces alcanzado en Mesoamérica (Jiménez Betts 2005: 68).

Los sistemas funerarios en Tingambato

No todos los espacios que construyen los humanos están en función del habitar de las personas, pues existen múltiples estructuras que fueron construidas no para habitar, sino como lugares de almacenaje, caminos, escaleras, urnas funerarias o tumbas. Todos esos elementos y espacios construidos y no sólo los lugares de habitación les permitieron a las personas morar en su mundo (Punzo Díaz 2011). Entendido de esta manera, resaltan las grandes construcciones y los esfuerzos de los antiguos habitantes de Tingambato en diseñar y ejecutar espacios monumentales que sirvieran como un resguardo para sus muertos. El primer registro sobre tumbas en el poblado de Tingambato data del año de 1842 cuando en el periódico “La Voz de Michoacán” en su edición del 26 de mayo, describe cómo una “laja levantada” que sobresalía del suelo, originó el descubrimiento de: “tres piezas subterráneas, en un barbecho, hacia el poniente del pueblo”. Por ser una nota periodística y no de carácter arqueológico, es entendible que falten detalles, pero entre la información que presentaron, resaltan las paredes de piedra, las puertas y la bóveda de lajas. Dichas características y las medidas que señalan recuerdan plenamente a los posteriores descubrimientos, ya de manera profesional, hechos dentro del sitio arqueológico: las tumbas I y II. Las dos tumbas que se conservan en Tingambato, descubiertas mediante excavaciones controladas, se caracterizan por ser construcciones con orientación cardinal, de planta cuadrangular con medidas cercanas a los 4 metros por lado y fuertes muros de piedra de 1,30 metros de altura en promedio, sobre los que se desplantan complejos techos en espiral que en su punto central alcanzan una altura máxima en el rango de los 2 metros y que pueden ser descritos formalmente como “cubiertas abovedadas con lajas en saledizo” (Villalobos Alejandro, com. pers., 27/03/2020).

1979: se descubre mediante técnicas arqueológicas la Tumba I

Durante los trabajos de excavación del Proyecto Tinganio, el día 8 de marzo de 1979 se realiza uno de los descubrimientos más importantes que se han dado en el sitio, por los arqueólogos Román Piña Chan y Kuniaki Ohi: la Tumba I (Piña Chan y Ohi 1982). El icónico descubrimiento (Figura 3) permitió recuperar la gran mayoría de las piezas completas que se conocen hasta hoy día y que permiten hacer comparaciones en cuanto a los tipos cerámicos, las materias primas importadas y conocer una muestra de la población que habitó el antiguo asentamiento de Tingambato. Figura 3 – Fotografías que muestran el momento del descubrimiento y apertura de la Tumba I (imágenes del archivo personal de Kuniaki Ohi y del Acervo Román Piña Chan de la Universidad Autónoma de Campeche). Los restos óseos ahí encontrados, fueron estudiados primeramente por Zaíd Lagunas Rodríguez (Lagunas Rodríguez 1976) y posteriormente una segunda revisión por Grégory Pereira (Pereira 1997b), con el objetivo de conseguir nuevos datos que sirvieran de marco comparativo, pues se observaron fuertes semejanzas con el sitio funerario de Potrero de Guadalupe, en Zacapu, Michoacán (Pereira 1997a, 1999). Zaíd Lagunas Rodríguez identifica, por lo menos, 14 conjuntos de huesos en relación anatómica. También logra identificar un número total de entre 50 y 124 individuos, de los cuales 108 son adultos (59 masculinos, 47 femeninos y 2 sin identificar), 8 juveniles y 8 infantiles (Lagunas Rodríguez 1976). Posteriormente con una segunda revisión de los restos óseos, Grégory Pereira propone a través de un análisis tafonómico, que el aparente desorden observado al interior de la tumba puede corresponder a otras formas de tratamiento mortuorio como el depósito secundario de huesos obtenidos en otras sepulturas, o la remoción intencional para colocar a nuevos ocupantes en ese espacio funerario, relacionándolo a reaperturas de la tumba (Pereira 1997b). Con ese nuevo análisis, Pereira logra corregir algunos errores de interpretación, cambiando así, la idea de un único evento mortuorio en la tumba; idea que había sido propuesto inicialmente Román Piña Chan y Kuniaki Ohi (Piña Chan y Ohi 1982; Figura 4). Figura 4 – Dibujo original del interior de la Tumba I elaborado por Kuniaki Ohi (tomado de Piña Chan y Ohi 1982). Dentro de la Tumba I, destaca la gran cantidad de ofrendas y objetos ornamentales con las que se acompañaron a los difuntos. Entre los cuales resaltan las finas cerámicas con llamativos acabados, llegando a contarse más de una centena de piezas completas con formas muy características: vasijas, copas, ollas, tapaderas de tipo Capiral y un incensario efigie; figurillas antropomorfas femeninas, ocarinas con formas de aves, vasijas con soportes y asa de canasta, entre otros objetos como esculturas de piedra y una cabeza de masa (Figura 5). Figura 5 – Se muestra los respectivos cuadrantes en que fueron localizados algunos los objetos más representativos de la Tumba I (ver Figura 4). Las imágenes se presentan con escalas variadas y con una finalidad ilustrativa (imagen de los autores, basada en Piña Chan y Ohi 1982; con fotografías del Museo Regional Michoacano). Por otra parte e igualmente importante señalar, que las materias primas de los objetos ornamentales son de origen exógeno y se encontraron en cantidades muy significativas: entre estos elementos existen alrededor de 800 cuentas de piedras verde-azules identificadas en su mayoría como amazonita (Robles Camacho 2004; Barrios Ruíz 2011), teselas de pirita que formaron mosaicos (se encontraron las bases de cerámica sobre las que iban montadas) y cientos de elementos elaborados en moluscos, donde destacan cuatro trompetas de caracol, las cuales se analizaron, permitiendo identificar dos como Fasciolaria princeps y una Turbinella angulata sin modificar, mismas observaciones a las que llega Luis Gómez Gastélum (2004) y una trompeta más que presenta un calado de líneas en el exterior del canal sifonal (para producir sonido por fricción) corresponde a una Pleuroploca posiblemente gigantea. La importancia de esta precisión radica en que las dos últimas provienen de la región malacológica caribeña, lo que sitúa a Tingambato dentro de una red de distribución de bienes a gran escala, propia de las reconfiguraciones que se dan en el Epiclásico (Valdes Herrera 2018).

La Tumba II, una morada para los restos físicos y la persona de una joven mujer de élite

Tras las arduas temporadas de campo emprendidas por Kuniaki Ohi y Román Piña Chan, en el sitio se realizaron importantes esfuerzos, sobre todo en materia de conservación, pero sería hasta el año 2011 durante los trabajos del Proyecto Especial Michoacán (PEM)[1]Proyecto Especial Michoacán: mantenimiento y puesta en valor de las zonas arqueológicas de Tzintzuntzan, Ihuatzio, Tingambato, Huandacareo y Tres Cerritos. que se daría el descubrimiento de una segunda tumba (Figura 6), localizada dentro de un montículo asociado a un patio hundido en el área norte del sitio. Durante su descubrimiento, los investigadores se encontraron primeramente con una techumbre de laja tras haber excavado más de tres metros y grandes cantidades de tierra (Landa Alarcón 2011). Tras lidiar con la gran profundidad y las condiciones de alta humedad, así como de las precipitaciones torrenciales propias de la región, uno de los perfiles se derrumba sobre el techo y lo colapsa, dejando al descubierto una gran cámara funeraria que fue utilizada para depositar un solo entierro primario indirecto, con una posición decúbito dorsal extendido; constatando desde ese momento la singularidad de esta tumba al rescatar miles de objetos de concha y piedras verde-azules que se mezclaban con los restos óseos y formaban concentraciones en ciertas áreas. Al final de su registro, describen cómo el cuerpo habría sido colocado sobre una cama de piedras lajas, orientado con la cabeza hacia el oeste y los pies al este, donde se encontraba la entrada. Figura 6 – Vista exterior de la bóveda de la tumba, formada por grandes lajas en un acomodo en espiral, así como las paredes de la tumba. Se observan también, en la parte inferior debajo del muro, el sistema de contrafuertes hecho con grandes lajas (imágenes tomadas de Landa Alarcón 2011, informe técnico, INAH). Algunos años posteriores al descubrimiento de la Tumba II, quienes escriben estas líneas, junto con el apoyo de una gran cantidad de especialistas en muy diversas áreas del conocimiento, inician dentro de un nuevo proyecto[2]En el 2014 se da inicio al Proyecto Arqueología y Paisaje del Área Centro Sur de Michoacán, mismo que hasta la fecha continúa con las investigaciones en Tingambato y en la región. los estudios formales en laboratorio que acabarían por conformar el corpus de datos que se presentan en este trabajo, analizados ahora a la luz de las nuevas tecnologías y un trabajo profundo y arduo que nos permite ubicar los sistemas funerarios de Tingambato dentro de su espacio y tiempo, sin dejar de lado las connotaciones sociales en torno a la muerte, a los espacios construidos para tal fin, al cuerpo y a los objetos: la cultura material que invariablemente acompañan al ser humano en su tránsito por la vida y puede trascender a esta. Espacialmente, la tumba se ubica contigua a un patio hundido y dentro de un montículo (Figuras 7 y 8), esta presenta una planta cuadrangular que mide 3,80 metros en su eje norte-sur y 3,60 metros de este-oeste, con una altura del piso al techo de 2,05 metros y muros que van de los 0,60 a los 0,80 metros de ancho. El ingreso a la tumba se da por el este con una puerta de reducidas proporciones: de apenas 80 centímetros de altura por 1 metro de ancho en promedio; enmarcada por jambas de piedras que rematan en lajas grandes formando un doble dintel. La puerta de la tumba se encontró tapiada con lajas colocadas de forma vertical (Landa Alarcón 2011), de manera similar a la Tumba I. Figura 7 – Plano arquitectónico de la Tumba II (imagen Archivo PAPACSUM). Figura 8 – Corte arquitectónico donde se muestra la ubicación de la Tumba II al norte del sitio, y al sur, más cercana al basamento piramidal, la Tumba I. Es posible también apreciar su construcción dentro de la plataforma construida en la última etapa del sitio (imagen Archivo PAPACSUM). Es necesario señalar que si bien, las cámaras funerarias de Tingambato tienen una orientación a los puntos cardinales, las entradas a estas se ubican alineadas hacia los patios contiguos, en el caso de la Tumba I está al sur y se accede a través de una escalinata, para la Tumba II, la entrada está al este, pero no fueron localizada la escalinata de acceso. Lo que permite suponer una relación entre el espacio abierto de los patios y el espacio restringido de las tumbas.

Los restos óseos

Una vez realizados los análisis de manera más precisa en distintos laboratorios, fue posible generar un corpus de datos que nos permiten conocer aspectos físicos y realizar inferencias sociales de esta persona a través de sus restos óseos (Figura 9). Figura 9 – Reconstrucción 3D a partir de una Tomografía Axial Computarizada (TAC), realizada por el Dr. Alfonso Gastelum Strozzi del ICAT-UNAM. Con los estudios realizados desde la Antropología Física y la Genética Antigua[3]El análisis osteológico fue realizado en colaboración con el Antropólogo Físico Carlos Enrique Karam Tapia en el Centro INAH Michoacán y los datos sobre el sexo de la persona fueron corroborados posteriormente mediante un análisis de ADN antiguo en colaboración con el Reich Laboratory de la Medical School de la Universidad de Harvard a través de una beca del Genographic Project de National Geographic liderado por el Dr. Miguel Vilar., se identifica de manera precisa al entierro como un individuo de sexo femenino y una edad juvenil que oscilaba entre los 16 y 19 años al momento de su muerte. Otro aspecto que resulta sumamente significativo en esta persona es que se le practicaron modificaciones culturales directas como la deformación cefálica intencional del tipo tabular erecta y trabajos de modificaciones dentales (Figura 10). Figura 10 – La imagen muestra los planos modificados del cráneo y las mutilaciones dentales, así como su tipología (imagen Archivo PPACSUM). Por otro lado, el individuo pudo ser datado mediante colágeno en el Laboratorio de Espectrometría de Masas con Aceleradores (LEMA) de la UNAM; dando un fechamiento con un 95% de confiabilidad entre el año 597 d. C. a 670 d. C.[4]LEMA 769.1.1, fechamiento de colágeno, fragmento de tibia, edad radiocarbónica 1400 ± 30, edad calibrada 1σ (68%) 1330-1291 cal. a.P., 2σ (95%) 1353-1281 cal. a.P.LEMA 769.1.1, fechamiento de colágeno, fragmento de tibia, edad radiocarbónica 1400 ± 30, edad calibrada 1σ (68%) 1330-1291 cal. a.P., 2σ (95%) 1353-1281 cal. a.P. Fecha que coincide con la etapa de mayor crecimiento de Tingambato, dentro de las ahora bien definidas etapas del sitio, mediante fechamientos absolutos (Punzo Díaz 2016). La serie de modificaciones corporales que le fueron practicadas a este individuo nos brinda la posibilidad de entender aspectos sociales respecto a la importancia que esta persona debió tener en su sociedad, pues se buscó distinguirla de manera física y esa diferenciación se complementó también con el profuso ajuar funerario con el que fue inhumada.

El Ajuar funerario

El cuerpo humano es el medio de expresión por excelencia de la diversidad cultural. Mediante elementos externos –vestiduras, adornos, pinturas corporales, etc.– o por sus modificaciones de forma directa –escarificaciones, tatuajes, deformaciones o mutilaciones diversas–, el individuo da indicaciones sobre su pertenencia a uno u otro grupo cultural o social (Pereira 2000: 59). Uno de los contextos donde mejor se pueden rastrear esas indicaciones son los contextos funerarios, pues se observa de manera directa la relación entre los objetos y el cuerpo, lo que nos acerca a inferir aspectos sobre la persona. Los elementos encontrados en la Tumba II de Tingambato, corresponden a la categoría que Eduardo Williams y Phil C. Weigand denominan Recursos escasos de lujo (o de prestigio), los cuales están en su mayoría destinados a servir como marcadores de estatus dentro y entre los sistemas sociales, o bien, como elementos de intercambio (“monedas” de alcance limitado) o marcadores de “identidad”. Ejemplos de estos bienes son las conchas, la turquesa, el jade, los metales, las plumas, los textiles elaborados, las cerámicas finas, etc. La mayor parte de estos elementos no tenían una función primaria para la explotación del entorno físico, sino que más bien estaba dedicada a designar posición social, distancia social y puestos públicos (Williams y Weigand 2004: 14-15). En nuestro caso de estudio, la totalidad de objetos que acompañaron a esta joven mujer corresponden a elementos elaborados en conchas marinas y piedras azul-verdes[5]Haciendo excepción de una ofrenda de dientes de distintos individuos infantiles localizados en una esquina de la cama de lajas y un solo objeto cerámico de forma cuadrangular con acanaladura periférica, el cual presenta un engobe rojo y sobre este, decoración con estuco., por lo que se hizo necesario realizar los estudios de caracterización formal (Suárez Díez 1974) de cada uno de los elementos. Para las conchas y caracoles marinos, se identificaron, con apoyo del Dr. Emiliano Melgar, una amplia gama de especies marinas procedentes tanto de la Provincia Malacológica Caribeña, como de la Panámica y se encontraron, además, características sumamente importantes acerca de la manufactura de estos objetos, donde las huellas remanentes del proceso productivo indican el uso de herramientas de pedernal y areniscas, mayormente[6]Los análisis de huellas de manufactura se realizaron dentro del taller de arqueología experimental del proyecto “Estilos y tecnología de los objetos lapidarios en el México Antiguo”, encabezado por Emiliano Melgar y Reyna Solís.. Materiales no presentes en Tingambato, lo que abona a la premisa de que los objetos llegaron al sitio ya como elementos terminados y no como materia prima.

Objetos de conchas y caracoles marinos

Los objetos de concha que conformaron el ajuar funerario destacan por su cantidad y por la calidad de su trabajo, donde las cuentas y pendientes son de tamaños muy pequeños, pero con formas muy estandarizadas (cuadrangulares, ruedas, tubulares y en forma de espinas), los cuales aún presentan los detalles de acabados que se les dieron a las piezas, al grado de que aún hoy conservan el brillo producido por el pulido logrado por los artesanos. El excelente estado de conservación de la mayoría de las piezas permite a nivel tecnológico acercarnos con mucha precisión a los aspectos productivos en cuanto a las herramientas y al trabajo empleado en la elaboración de los objetos. Por otro lado, el grado de especialización que lograron los artesanos prehispánicos para producir elementos de tamaños tan pequeños y con tanto detalle en su acabado, dificulta la identificación de la especie de molusco a partir de la cual se trabajó. Pues resulta problemático el tratar de observar los rasgos característicos que pudieran diferenciarnos entre una especie y otra. Pese a estas particularidades se han podido identificar, siguiendo la clasificación de R. Tucker Abbott (1974) para especies caribeñas y a Myra Keen (1971) para las panámicas, que la gran mayoría de piezas proviene de especies como el Spondylus princeps (tonalidades anaranjadas a rojizas), donde se aprovecharon tanto las valvas como las espinas; Spondylus calcifer (con tonos morado); Chama echinata (de tonos rosados), y gran cantidad de cuentas tubulares elaboradas con Tripsycha tripsycha, donde se aprovechó la forma natural del gusano marino. También se encuentran cuentas e incrustaciones de Pinctada mazatlánica con su característico tono nacarado y una variedad de cuentas en coloración crema, elaborados muy probablemente a partir univalvos de especies del género Turbinella y Strombus. Por otra parte, hay piezas donde las valvas se utilizaron casi sin modificar, conservando las autoformas como el caso de los pendientes de Argopecten ventricosus (cuatro ejemplares) y miles de caracoles del género Olivella. Además de cascabeles elaborados con Olivas de la especie sayana, proveniente de la región malacológica caribeña. La mayor parte de las especies identificadas provienen del Océano Pacífico, lo cual pudiera resultar lógico por la ubicación geográfica de Tingambato, la cual supone un acceso más inmediato a las rutas que llevan a las costas del occidente; Pero al encontrar especies que provienen de la región malacológica caribeña, se abren posibilidades interpretativas en cuanto al grado de distribución de materiales, ubicando a Tingambato dentro de redes por donde fluyen bienes a larga distancia. Recordando también que, en la Tumba I, fue posible identificar las especies de las trompetas de concha como provenientes de la región caribeña. Tabla 1 – Identificación taxonómica de las especies marinas que formaban el ajuar funerario. El número exacto de piezas por especie no pudo ser precisado, pero destacan por su abundancia el Spondylus prínceps y calcifer, así como las olivellas y las cuentas tubulares elaboradas con Tripsycha (identificación: Alejandro Valdes Herrera y Emiliano R. Melgar Tísoc).
Identificación taxonómica de especies en la Tumba II
Familia Género Especie Provincia
Spondylidae Spondylus princeps Panámica
Spondylidae Spondylus calcifer Panámica
Vermetidae Tripsycha tripsycha Panámica
Chamidae Chama echinata Panámica
Pteriidae Pinctada mazatlánica Panámica
Pectinidae Argopecten ventricosus Panámica
Olividae Olivella damma Panámica
Olividae Oliva sayana Caribeña
Strombiade* Strombus gelatus y gigas Ambos
Turbinellidae* Turbinella sp. Caribeña
Conidae Conus spurius Caribeña
Como parte de los análisis se realizó un conteo y clasificación de cada elemento de concha que conforma el ajuar funerario: Tabla 2 – Conteo y peso de los elementos marinos encontrados en la Tumba II de Tingambato (Valdes Herrera 2018).
Elementos De Concha
Tipos Piezas Peso (gr)
Cuentas 13 566 1177,8
Caracoles para sartales 3038 134,2
Pendientes 1804 666,1
Incrustaciones 165 11
Anillos 10 17,7
Agarraderas de atlatl 8 97,7
Orejera compuesta[7]Se trata de un solo elemento, formado por dos piezas: Orejera y tapa discoidal de orejera, a la que se agrega una cuenta tubular (clasificado en su sección correspondiente) para generar una orejera compuesta.Se trata de un solo elemento, formado por dos piezas: Orejera y tapa discoidal de orejera, a la que se agrega una cuenta tubular (clasificado en su sección correspondiente) para generar una orejera compuesta. 2 17,1
Figurillas 2 8,5
Fragmentos 6 1,6
Totales 18 601 2132,5

Lapidaria

Labor igualmente importante, era la de realizar estudios de identificación mineral, pues permitiría ubicar las posibles regiones de obtención. Para llevarlo a cabo se trabajó con las técnicas de espectroscopía Raman en el Centro de Investigaciones en Óptica, con el apoyo de Antonio Meneses y Jasinto Robles Camacho del INAH-MICH. Encontrando una amplia predominancia en el uso de amazonita (Figura 11), seguido por crisocola, nacrita, malaquita, cuarzo y turquesa. Figura 11 – Análisis mediante espectroscopía Raman donde se muestra el espectro producido por una cuenta de amazonita proveniente del ajuar funerario de la Tumba II (sombra azul), comparado contra el espectro de referencia de la amazonita de la base de datos RUFF (línea azul). Estudio realizado en el Centro de Investigaciones en Óptica (CIO), con apoyo del Dr. Antonio Meneses. El material lapidario encontrado en la Tumba II de Tingambato (827 elementos), resulta singular en cuanto a las características de su producción y acabado. Como fue mencionado, la materia prima predominante es la amazonita, la cual por su grado de dureza (6-6,5 en la escala de Mohs) y las líneas de clivaje propias del mineral lo hacen relativamente más difícil de trabajar en comparación a la turquesa o a otros minerales azul-verdes como la nacrita o malaquita. Lo anterior se refleja sobre todo en las cuentas: las cuales presentan siluetas irregulares, donde se aprovechan las plataformas naturales del mineral para sólo “retocar” ciertos ángulos que da por resultado formas tendientes a circulares o poligonales con una perforación bicónica (Figura 12). Figura 12 – Cuentas lapidarias provenientes de la Tumba II de Tingambato (foto Archivo PAPACSUM). Al conocer los minerales, se pueden identificar los procesos genéticos específicos de formación de cada especie mineral y, por lo tanto, es posible asociarlos a yacimientos probables, lo que en arqueología nos puede remitir a contactos culturales o redes de intercambio; siendo justamente en ese punto donde radica la importancia de caracterizar con precisión los minerales (Figura 13). Figura 13 – Gráfica donde se muestra la frecuencia de los principales minerales identificados (Valdes Herrera 2018). Tras el análisis de los objetos lapidarios, puede resumirse que: de los 827 elementos totales, 660 son de amazonita (129,9 gr), 133 de nacrita (27,4 gr), 20 turquesas (1,1 gr), 8 malaquitas (2,6 gr), 1 en crisocola (0,2 gr), 1 en cuarzo (1,6 gr), 1 en caolinita (0,1 gr), así como 2 agarraderas de atlatl hechas de un mineral compuesto por toba silicificada de coloración verdosa (18 gr) y 1 elemento de pirita (0,2 gr)[8]Para conocer a detalle las tipologías y la totalidad de minerales y especies marinas, se sugiere ver: Valdes Herrera 2018..

Interpretación del contexto funerario

Tras un análisis contextual y morfológico de cada uno de los 19 428 elementos (entre concha y lapidaria), que suman un peso de 2,3 kg y en que en conjunto forman el ajuar funerario, se hizo visible la funcionalidad de los elementos encontrados, los cuales parecen haber integrado en conjunto una prenda de vestir que era portada por la ocupante de la tumba. Dicha prenda puede asociarse a la Tradición de Ropa Enconchada (Olguín 2010: 255) que se encuentra presente en varios contextos funerarios del occidente de México. La gran cantidad de elementos ornamentales, el detalle con que están elaborados y la distribución de las concentraciones de materiales en relación con los restos óseos, nos dieron la pauta para comparar con otros contextos funerarios donde los objetos de concha y lapidaria conformaron vestimentas que fueron usadas por personajes que debieron ser de gran relevancia dentro de su sociedad y de esta manera, presentar una propuesta interpretativa que permite recrear digitalmente el ajuar funerario encontrado en la Tumba II de Tingambato (Figura 7), basados siempre en la gran cantidad de información que arrojó la investigación y los datos que se produjeron de manera comparativa una vez definidos la temporalidad del entierro, la tipología de las cuentas y pendientes, las materias primas, las especies identificadas y la forma en que fueron manufacturados los objetos. Tradicionalmente la función de los objetos se interpreta en relación con la parte del cuerpo en que fue encontrada, sin tomar en cuenta muchas veces los procesos tafonómicos que pueden alterar esas distribuciones (Pereira 2000: 59). Desafortunadamente, y debido a las condiciones en que se recuperaron los materiales en la Tumba II, no es posible realizar cabalmente una interpretación tafonómica del contexto, donde las relaciones de los artefactos y los restos óseos permitan analizar los procesos que pudieron haber ocurrido luego de la sepultura del cuerpo (naturales y culturales) hasta finalmente conformar un contexto arqueológico. Sin embargo, se cuenta con una serie de fotografías y datos técnicos que junto con estudios de caso que se retomaron a manera comparativa, pudieron acercarnos, por lo menos, a reintegrar de manera espacial los objetos en relación con el cuerpo de la persona, y mediante el análisis morfológico y funcional de los elementos, logrando una interpretación de la forma en que pudo haber estado conformado este ajuar funerario en el pasado. Siguiendo los informes de excavación del Proyecto Especial Michoacán (Landa Alarcón 2011, 2012), es posible diferenciar tres grandes grupos de concentraciones en que fueron encontrados los elementos que componían el ajuar funerario: cabeza, tórax, manos y pies. Apoyados en las imágenes y las descripciones obtenidas de los datos de excavación al momento del hallazgo, es posible ubicar los elementos que se clasificaron y analizaron en el presente trabajo, dentro de la distribución antes mencionada. En la Figura 14 es posible diferenciar elementos característicos asociados al cráneo, como lo son la tapa discoidal de la orejera y algunas placas rectangulares de concha con perforaciones centrales que permiten traslaparse y forman así una diadema, se observan además pequeños caracoles dispersos (olivellas). De esta forma, al analizar detenidamente las imágenes, revisar el registro y la ubicación de cada conjunto de objetos y su posterior clasificación morfológica-funcional, es que logramos acercarnos a una interpretación coherente de la forma en que debió haber estado integrado el ajar funerario. Figura 14 – Estado en que se encontró el cráneo del entierro de la Tumba II. En los recuadros se muestran asociados al cráneo, la tapa discoidal de la orejera y algunas de las cuentas rectangulares que forman la diadema. (Imagen tomada y modificada de: Landa Alarcón 2011. Informe Técnico). El ajuar funerario (Figura 15), estaba conformado por miles de cuentas y pendientes con una gran variedad de especies marinas y minerales, predominando: el spondylus, para las conchas y la amazonita para la lapidaria (con algunas teselas de turquesa); además de elementos como anillos, decenas cascabeles de olivas, incrustaciones, adornos de olivellas que probablemente fueron colocados sobre el cabello, una diadema hecha de placas rectangulares superpuestas de concha y una orejera compuesta (base, tapa circular y cuenta tubular, elaborados en spondylus); así como cinco pares de agarraderas de atlatl, o lanza dardos (cuatro pares en concha y un par en piedra verde), un arma recurrente en varios sitios del occidente durante amplios periodos temporales, pero en este caso las agarraderas se hicieron con materiales de lujo[9]Para consultar los análisis completos ver: Valdes Herrera 2018.. Figura 15 – Reconstrucción digital del ajuar funerario (Valdes Herrera 2018). Al realizar comparaciones con las figurillas femeninas encontradas en la primera tumba (Figuras 4 y 5), es posible tener un acercamiento general al modo en que ciertas prendas, peinados, objetos ornamentales e incluso la pintura corporal, eran utilizados sobre el cuerpo y nos muestra la correspondencia con algunos objetos que componen el ajuar funerario de la segunda tumba; sin embargo, al interpretar el contexto funerario es necesario considerar que no basta con buscar similitudes, tal como advierte Grégory Pereira (Pereira 2000), intervienen factores físicos y químicos que pueden considerarse externos, como el medio ambiente, los procesos de formación de suelo, tafonomía y prácticas culturales posteriores, así como el uso de suelo que en años recientes tuvo el área. Puesto que, es usual que la interpretación de los objetos y adornos corporales se dé en función de la parte del cuerpo o la zona del contexto donde se haya encontrado, por lo tanto, fue necesario realizar un balance entre los datos obtenidos en la excavación y el método comparativo. Por otro lado, uno de los principales avances logrados en este trabajo, fue la caracterización mineral de los objetos elaborados en piedras verde-azules y la identificación de las especies marinas que se seleccionaron para elaborar el ajuar funerario, ya que ahora se tienen fechamientos absolutos que nos permiten ubicarlo dentro un singular periodo: el Epiclásico, donde el uso de amazonita y turquesa, resulta de gran interés, pues podría estar respondiendo a cambios en la interacción entre pueblos, que se reflejaría en los materiales intercambiados. Al analizar los materiales lapidarios encontrados en contextos de la Tradición tumbas de tiro, tomando por ejemplo el caso de la tumba de Huitzilapa, donde por medio de análisis arqueométricos (López-Mestas 2007) se identificaron jadeítas, es posible notar la preferencia por este mineral, traído de regiones sureñas y con diseños muy elaborados (zoomorfos, antropomorfos, fitomorfos y esquemáticos). Lo mismo se observa en las formas tan variadas de los objetos elaborados en concha, pero hacia el Epiclásico, y retomando las consideraciones sobre las rupturas culturales observadas en ese tiempo, encontramos que, en los contextos funerarios de nuestro periodo de estudio, ahora en tumbas de cámara; los minerales depositados tienen un origen distinto: la amazonita y turquesa; además de minerales de tonalidades similares como la nacrita, malaquita y caolinita. Aunque sería necesario realizar comparaciones arqueométricas entre las piezas lapidarias de Tingambato, contra yacimientos conocidos para encontrar su lugar de origen, no puede pasarse por alto ese significativo cambio de uso de materia prima. En cuanto al trabajo en concha, hacia el Epiclásico las formas también cambian, pues se encuentran siluetas más regulares y geométricas, con poca presencia de figuras antropomorfas, zoomorfas o excéntricas. El análisis de conchas marinas también permitió observar una preferencia por los colores rojizos, siendo el Spondylus princeps la especie predominante en este ajuar. Lo que abre propuestas interpretativas en cuanto al simbolismo y el papel que jugaban los colores en los atavíos de personajes significativos, al grado de buscar su preservación luego de la muerte. Por otra parte, se encontraron especies tanto del Pacífico como del Atlántico, pero es resaltable hablar de los cascabeles y anillos elaborados con especies caribeñas y que además presentan un tratamiento de blanqueado, lo que refleja una alta especialización en el trabajo de estos materiales (Melgar Emiliano, com. pers., julio de 2018) y cuestiones agenciales, donde se buscó que específicamente esos ornamentos lucieran la tonalidad buscada con dicho tratamiento, el cual probablemente es un estilo propio de la región en que fueron manufacturados. En cuanto a las rutas de abastecimiento y circulación de la lapidaria, sería necesario un análisis más profundo, pero los recientes estudio sientan algunas bases al identificar principalmente amazonita y turquesa, de los cuales, se tiene reporte de yacimientos con evidencia de explotación prehispánica en regiones norteñas. Aunque es posible existan algunos no identificados en otras áreas. De esta manera puede concebirse al ajuar funerario de la Tumba II, como un bien suntuario compuesto por elementos de lujo manufacturados en distintos materiales y especies, con orígenes diversos y que se amalgaman para proyectar simbólicamente la importancia que debió tener dentro de su sociedad su portadora.

Consideraciones en torno a la Tumba II: la morada, el cuerpo y la persona

Con lo anteriormente expuesto a lo largo de este artículo, podemos evidenciar que Tingambato participa de un patrón funerario bien establecido para el Epiclásico, con una serie de regularidades que pueden ser rastreadas en distintos sitios del occidente de México y donde los bienes suntuarios como la concha y lapidaria presentan formas y estilos característicos de este periodo, los cuales fueron distribuidos a través de redes de intercambio a largas distancias. Sin embargo, las tumbas de Tingambato presentan notorias particularidades en relación con otras tumbas de cámara del occidente, como el complejo sistema constructivo con que se ejecutaron las grandes bóvedas de los techos, los muros y contrafuertes; además de la gran cantidad y las calidades de objetos encontrados al interior. Por otro lado, dentro del sitio también se observan contrastes al hacer comparaciones entre las tumbas, mismas que merecen ser resaltadas y que nos permitirán subrayar la importancia del entierro en la Tumba II:
  • A diferencia de la Tumba I donde el número de ocupantes asciende a varias decenas, en la Tumba II se encontró un solo individuo y el hecho de que después de haber sido inhumada esta persona, la tumba fue sellada y encima se construyó otra estructura, (quedando la parte central del techo a una profundidad de 3 metros y el piso de la tumba a 5 metros), denota la intencionalidad de que la tumba no fuera reutilizada, como sí sucedió con la Tumba I.
  • A excepción de una tablilla de arcilla con decoración de estuco y una ofrenda de dientes de subadultos, la Tumba II no cuenta con mobiliario funerario asociado al entierro, como ollas, vasijas, incensarios, figurillas, elementos líticos, trompetas de caracol, etc. Que son abundantes en la Tumba I. En cambio, su ocupante portaba un ostentoso ajuar funerario que probablemente sea uno de los más vastos en cuanto al número de cuentas de concha y lapidaria asociadas a una sola persona que se haya encontrado en el occidente.
  • En la Tumba II la persona ahí depositada fue colocada sobre una cama de lajas. Esta característica no fue observada en la Tumba I, donde los entierros se colocaban directamente sobre el piso de la tumba.
  • A nivel constructivo la Tumba II también presenta algunas singularidades, como el uso de puntales en la parte interna (uno al norte, uno al sur y dos al oeste), que van del piso al arranque del techo para darle sostén a la bóveda y que se presentan como soluciones estructurales. El techo también tiene variaciones respecto a la primera tumba encontrada, pues en la segunda tumba, se observan grandes lajas alargadas que se intercalan en el centro, desde el que irradian en sentido contrario a las manecillas del reloj.
  • Una de las características más resaltables en este entierro es la disposición de cinco lanza dardos (cuatro con agarraderas de concha y uno más en piedra verde) en torno al entierro de esta mujer, elementos que junto a la orejera compuesta y la diadema de concha, denotan atributos que pueden ser considerados símbolos de poder y denostar un carácter guerrero, ya sea de manera simbólica o efectiva, nos muestran un aspecto hasta antes poco vislumbrado acerca de la sociedad que habitó el antiguo Tingambato.

La morada

Hasta este punto, podemos argumentar que las tumbas de Tingambato debieron construirse con la finalidad no sólo de resguardar los restos corpóreos y a los objetos que los acompañaron, sino como espacios que sirvieran de morada a las personas ahí depositadas. Convirtiendo dicha morada en un lugar diferente, un lugar restringido, pero inserto dentro del área nuclear del sitio y al que −en el caso de la Tumba I− se accedió en varias ocasiones, pues la evidencia arqueológica sugiere diferentes eventos relacionados a la deposición y reacomodo de restos humanos dentro de la cámara funeraria. En contraste con la Tumba II, la cual parece haber sido utilizada una sola vez; después se selló la entrada con lajas y en un momento posterior se construyó encima otra estructura, quedando así el entierro a una profundidad de 5 metros bajo tierra (2 metros del piso de la tumba al techo y 3 metros más hasta la superficie del montículo). Es así como el espacio funerario cobra suma importancia al interpretar nuestro contexto arqueológico, pues la tumba es un lugar construido con características específicas, las cuales fueron pensadas para tener funciones determinadas: un lugar es siempre un lugar de “algo” y su forma está dada por las concepciones simbólicas que debieron atribuirle sus constructores (Punzo Días 2013).

El cuerpo

En cuanto al cuerpo de la persona que ocupó la Tumba II de Tingambato, ahora podemos decir que fue culturalmente diferenciado desde momentos cercanos a su nacimiento, pues la modificación cefálica intencional debe realizarse aprovechando la plasticidad del cráneo del recién nacido para lograr la forma buscada (Romano Pacheco 1974; Tiesler Blos 1998). De manera que desde ese momento se buscó distinguirla y tiempo después se le practicó una modificación dental, probablemente en un momento cercano a su muerte (como indica la ausencia de desgaste en las piezas dentales modificadas) dando a través de estas características indicios de pertenencia a un grupo social o cultural específico. Respecto a la modificación cefálica también es necesario considerar que si bien, es una práctica que busca distinguir al individuo, parece haber estado ampliamente difundida de manera, por lo menos regional, ya que, dentro de Tingambato, en la Tumba I, se encontró evidencia de esta práctica en un elevado número de los cráneos conservados, así como en otros sitios del estado. Basta con mencionar como antecedente el estudio realizado por el Grégory Pereira (1997b), en los cráneos de la Tumba I, quien señala fuertes semejanzas en cuanto a costumbres funerarias con sitios de la misma temporalidad en la región de Zacapu, donde también se cuenta con ejemplos bien documentados de modificación cefálica, encontrando en los individuos de los dos sitios modificaciones cefálicas del grupo Tabular Erecto, llegando incluso a diferenciar dos variantes dentro de ese grupo (Pereira 1997a, 2018). De manera que al comparar de manera regional estos datos, podríamos pensar en el cuerpo modificado, como un rasgo compartido entre grupos sociales, quizá las élites del Epiclásico y explorar cuestiones de identidad colectiva a través de las expresiones corpóreas.

La persona

Es bien sabido que los humanos a través de elementos ornamentales, vestiduras, pinturas corporales o modificaciones intencionales (Figura 16), buscan reflejar el modo en que se son/están en el mundo, de esta manera los objetos pueden considerarse extensiones no sólo de sus cuerpos sino también de sus personas (Van Dyke 2012) y la condición de persona, suele no limitarse al humano, así como la noción de cuerpo tampoco se restringe a la propiedad biológica (Van Dyke 2008; Vigliani 2016). Figura 16 – Figurilla femenina de arcilla localizada en la Tumba I de Tingambato, donde se pueden observar atavíos y adornos corporales (imagen Cortesía del Museo Regional Michoacano). Siguiendo esta línea explicativa, donde las cualidades y la forma en que se es persona en el mundo, puede extenderse a los objetos: las vestimentas y atavíos sobre las que se montaron cerca de 20 mil objetos elaborados en conchas marinas de vivos colores, las piedras azules y verdes que fueron obtenidos todos en lugares lejanos a Tingambato, a donde debieron llegar mediante redes de intercambios que implican la interacción directa o indirecta de un gran número de pueblos y personas; pueden ser analizados en conjunto, desde una perspectiva relacional donde interactúan personas, objetos y lugares y donde la definición del ser y del mundo se centra en las relaciones entre la gente y los objetos (Fowler 2008; Vigliani 2016). A lo que podemos agregar que un componente mayor de la persona deriva del entramado de relaciones con la sociedad, que comúnmente son parte de la experiencia diaria o la práctica cotidiana. Lo que incluye relaciones entre diferentes personas; personas y grupos; diferentes grupos entre sí; vivos y muertos; gente y objetos, de tal forma que la noción de persona no se confina a seres humanos vivos (Gillespie 2001); y si la noción de persona puede prolongarse luego de la muerte, es entendible que los vivos busquen la preservación subsecuente, no sólo los restos físicos, sino de la persona, cuyas cualidades están distribuidas (personhood)[10]El concepto de “personeidad distribuida” (personhood) desarrollado por Marilyn Strathern (Strathern 1988): abordando otras maneras de concebir a la personeidad, como en los casos en que la gente se ve a sí misma como partes de colectivos más grandes que incluyen parientes y objetos. a los materiales. Por lo que se crean espacios que les permiten a sus ocupantes morar en su mundo en las diferentes formas de ser/estar en él (Punzo Díaz 2011, 2013; Miller 2005). Por otro lado, los casi 20 mil elementos que forman el ajuar funerario son en conjunto uno de los más profusos y bastos en cuanto a la cantidad y calidad de elementos asociados a un solo individuo, en este caso femenino, que se han encontrado en el estado de Michoacán y probablemente uno de los más ricos del occidente de México. Dichas razones nos llevan a percibir que la importancia de esa joven mujer no estaba representada solamente por la gran cantidad de materiales de lujo que poseía, ni por las modificaciones corporales intencionales que la hacían diferente, pues estos rasgos son sólo la representación del complejo sistema de esferas sociales que se relacionaron para definir el modo en que ella era vista como persona dentro de su sociedad y cuyas intencionalidades resultaron tangibles en un contexto arqueológico. De esta manera, la Tumba II de Tingambato funge como un espacio donde se resguardaron las diferentes cualidades de la joven mujer ahí depositada; aspectos que residen en los restos corpóreos, en los objetos donde está extendida su persona y en el espacio mismo donde ella mora. Cualidades que trascienden a la muerte y que se prologan a tiempos indefinidos.  

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Notas

1 Proyecto Especial Michoacán: mantenimiento y puesta en valor de las zonas arqueológicas de Tzintzuntzan, Ihuatzio, Tingambato, Huandacareo y Tres Cerritos.
2 En el 2014 se da inicio al Proyecto Arqueología y Paisaje del Área Centro Sur de Michoacán, mismo que hasta la fecha continúa con las investigaciones en Tingambato y en la región.
3 El análisis osteológico fue realizado en colaboración con el Antropólogo Físico Carlos Enrique Karam Tapia en el Centro INAH Michoacán y los datos sobre el sexo de la persona fueron corroborados posteriormente mediante un análisis de ADN antiguo en colaboración con el Reich Laboratory de la Medical School de la Universidad de Harvard a través de una beca del Genographic Project de National Geographic liderado por el Dr. Miguel Vilar.
4 LEMA 769.1.1, fechamiento de colágeno, fragmento de tibia, edad radiocarbónica 1400 ± 30, edad calibrada 1σ (68%) 1330-1291 cal. a.P., 2σ (95%) 1353-1281 cal. a.P.LEMA 769.1.1, fechamiento de colágeno, fragmento de tibia, edad radiocarbónica 1400 ± 30, edad calibrada 1σ (68%) 1330-1291 cal. a.P., 2σ (95%) 1353-1281 cal. a.P.
5 Haciendo excepción de una ofrenda de dientes de distintos individuos infantiles localizados en una esquina de la cama de lajas y un solo objeto cerámico de forma cuadrangular con acanaladura periférica, el cual presenta un engobe rojo y sobre este, decoración con estuco.
6 Los análisis de huellas de manufactura se realizaron dentro del taller de arqueología experimental del proyecto “Estilos y tecnología de los objetos lapidarios en el México Antiguo”, encabezado por Emiliano Melgar y Reyna Solís.
7 Se trata de un solo elemento, formado por dos piezas: Orejera y tapa discoidal de orejera, a la que se agrega una cuenta tubular (clasificado en su sección correspondiente) para generar una orejera compuesta.Se trata de un solo elemento, formado por dos piezas: Orejera y tapa discoidal de orejera, a la que se agrega una cuenta tubular (clasificado en su sección correspondiente) para generar una orejera compuesta.
8 Para conocer a detalle las tipologías y la totalidad de minerales y especies marinas, se sugiere ver: Valdes Herrera 2018.
9 Para consultar los análisis completos ver: Valdes Herrera 2018.
10 El concepto de “personeidad distribuida” (personhood) desarrollado por Marilyn Strathern (Strathern 1988): abordando otras maneras de concebir a la personeidad, como en los casos en que la gente se ve a sí misma como partes de colectivos más grandes que incluyen parientes y objetos.
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