David Arturo Muñiz García1, José Luis Punzo Díaz2

1 Universidad Autónoma de Ciudad Juárez

2 Centro INAH Michoacán

El sur de la cuenca de Chapala ha sido un lugar olvidado durante muchos años por la arqueología mexicana a pesar de estar rodeado por regiones que han sido ampliamente estudiadas. La implementación del Proyecto de Salvamento Arqueológico Las Purépechas ha permitido que se comience a subsanar esta situación. Se asume que las personas construyen su entorno paulatinamente hasta formar un paisaje, lo cual deja una huella material. Para poder rastrear esta huella, es necesario partir de los elementos descriptivos básicos de registro arqueológico, lo que permite plantear una discusión. Este es el objetivo del presente trabajo. Se muestran los primeros resultados e interpretaciones de elementos como la gráfica rupestre, los sistemas constructivos, la iconografía, la cerámica y la lítica, provenientes principalmente del sitio de Chavinda y de algunos otros lugares de la región. Se da cuenta de algunos de los cambios experimentados en la ocupación de dicha región, con respecto a lo cual destacan las tradiciones funerarias del Preclásico Tardío, así como una creciente presencia humana entre el Clásico y el Epiclásico que parece tener sus principales contactos con el Bajío y el sur de Michoacán. También se observa una fuerte presencia de la cultura aztatlán en el Posclásico Temprano y de la purépecha en el Posclásico Tardío.

Palabras clave: Occidente de México, salvamento arqueológico, paisaje, sistemas constructivos, gráfica rupestre, cerámica, lítica.

Agradecimientos

El PSAP fue un esfuerzo conjunto de quienes esto suscriben, junto con Mijaely Antonieta Castañón Suárez, Kimberly Sumano Ortega, Gabriela Arellano González, Gabriel Maldonado (Q. E. P. D.), Alfredo Salas Mesa y Carlos Gutiérrez. Expresamos nuestro agradecimiento al personal del INAH Michoacán y de la Comisión Federal de Electricidad (CFE), pero sobre todo a los ayudantes y pobladores de la región, quienes, a pesar de la compleja situación social que se vive en estos tiempos, hicieron posible la realización del proyecto. A los revisores y editores de Americae, cuyos comentarios enriquecieron significativamente el contenido del presente artículo. Cualquier error u omisión es responsabilidad de los autores.

De los 1.9 millones de kilómetros cuadrados que tiene México, los 92.7 km lineales cubiertos por el salvamento arqueológico Las Purépechas podrían considerarse como una aguja en un pajar. Pese a su corta extensión, la implementación de dicho salvamento respondió a la necesidad de contar con la presencia de arqueólogos cada vez que se emprende una obra de infraestructura en el país, en este caso, la colocación de una línea de transmisión eléctrica. En este trabajo se presentan las primeras aproximaciones a la arqueología del sur de la cuenca de Chapala, resultado de investigaciones de campo y gabinete en un área que no había recibido atención por cerca de ochenta años. Los hallazgos nos permiten empezar a delinear dinámicas regionales a lo largo de distintos horizontes temporales. Se advierte una presencia humana temprana —por la existencia de tumbas relacionadas con la tradición funeraria de El Opeño—, así como una creciente ocupación en el Clásico Tardío-Epiclásico en sitios como Chavinda, caracterizado por sus intercambios con el Bajío y Cuitzeo. En el mismo sitio de Chavinda, pero también en El Otero, la presencia de la esfera aztatlán es notoria durante el Posclásico Temprano, mientras que, en el Posclásico Tardío, especialmente en el sitio arqueológico de Jacona la Vieja, se observa una fuerte presencia purépecha. El sur de Chapala desarrolló un gran dinamismo cultural manteniendo contacto con regiones inmediatas y a larga distancia. Su estudio permite robustecer la comprensión de las dinámicas de interacción en el Occidente y, al mismo tiempo, subsanar el vacío de información que sobre esta región existe en la arqueología mexicana. La cuenca de Chapala y sus alrededores son una amplia zona de tierras lacustres entre los actuales estados de Jalisco y Michoacán. Fueron ocupadas por distintos grupos en el periodo prehispánico, de entre los cuales los menos estudiados son posiblemente aquellos que habitaron en la parte sur de la laguna. Conocer los elementos básicos que compusieron esas sociedades, como los patrones de asentamiento, las características de su cultura material y las técnicas constructivas, entre otros, era hasta hace poco una tarea pendiente que ahora está llevándose adelante gracias a la colaboración entre el Centro Regional Michoacán del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y la Comisión Federal de Electricidad (CFE)[1], a través del Proyecto de Salvamento Arqueológico Las Purépechas (PSAP). El PSAP llevó a cabo trabajos entre los años 2014 y 2016. Los sitios explorados pertenecen al periodo comprendido entre el Clásico Temprano y el Posclásico Tardío, aunque no todos pudieron ser definidos temporal o culturalmente. El área trabajada estuvo delimitada inicialmente por el trazo de la obra de la CFE, que, de manera general, corresponde a la zona sur de la subprovincia fisiográfica de Chapala (INEGI-UNAM 1984) y a las subcuencas hidrográficas de Chapala, El Puerto y San Antonio Guaracho-Urepetiro (CONABIO 2020). El tipo de trabajo implementado fue el salvamento arqueológico, modalidad contemplada en las leyes mexicanas para intervenir arqueológicamente en áreas con vestigios prehispánicos que puedan ser o hayan sido dañados (INAH 1972). El salvamento arqueológico representa un desafío para la investigación debido a la limitación de tiempo y recursos, pero, al mismo tiempo, es una oportunidad, pues permite que se intervenga arqueológicamente en casi cualquier región. Esta labor resulta esencial en el actual trabajo arqueológico, en virtud del amplísimo patrimonio arqueológico con el que cuenta México (López Wario 1994: 15).Consideramos que es necesario que la información generada se integre en una problemática de investigación para que pueda tener sentido explicativo. En este caso, se ha buscado sentar las bases para impulsar proyectos regionales que permitan entender las dinámicas de los grupos prehispánicos. Se ha tenido como primer criterio de delimitación el entorno natural, para después ir afinando la investigación a medida que se cuente con más elementos. De ahí la importancia de la continuidad en los trabajos arqueológicos. El salvamento permite poner a prueba las técnicas y metodologías arqueológicas, las cuales deben ajustar sus tiempos para adecuarse a las necesidades de las distintas obras que se han de realizar. Sin embargo, jamás debe perderse de vista que la información que de ahí se genere es irremplazable ni tampoco debe dejarse de lado el rigor metodológico que exige la práctica científica de la arqueología (Pérez Castellanos 1997: 15). Plantear problemas de investigación teniendo como punto de partida el salvamento arqueológico representa posiblemente uno de los mayores retos de esta disciplina, de ahí que resulte esencial el uso de posicionamientos teóricos que permitan la adición de información fáctica en un modelo interpretativo. Proponemos la conveniencia de la arqueología del paisaje para el planteamiento de preguntas de investigación que permitan reunir investigaciones convencionales, salvamentos e incluso rescates arqueológicos, en el marco de una problemática regional (Muñiz García y Sumano Ortega 2019). Desde un enfoque de la arqueología del paisaje, se han establecido algunas constantes en la ubicación y características de los asentamientos del área de estudio, guiándose por el interés de entender los factores vinculados a la elección de los lugares para vivir por parte de los habitantes de la región y buscando patrones de distribución y tipos de construcciones para relacionarlos con sus dinámicas sociales. Esto implica entender las distintas sociedades humanas que han habitado esta región como entes dinámicos que interactuaron con múltiples espacios, lejanos y cercanos, pero que estuvieron ligados entre sí por su tránsito espaciotemporal en el lugar (Parcero Oubiña 2002: 16). La arqueología del paisaje es una perspectiva posprocesualista que permite a los investigadores integrar diferentes perspectivas teóricas, incluso en el caso de que existan construcciones en tensión entre sí debido a su cualidad teórica de “rango intermedio” (Anschuetz, Wilshusen y Schieck 2001: 161-165; Tilley 1994: 4). En ella se reconoce la ubicación de los asentamientos como una combinación de varios factores que desemboca en una elección racional con una percepción simbólica (Rapoport 1977; Tilley 1994: 5), de acuerdo con la cual la practicidad en el proceso de elección de la vivienda, los recursos y las comodidades son un factor importante en la vida del ser humano (Thomas 2001: 17). En ese sentido, “los lugares que se hacen ocupar adquieren, a través del tiempo, conjuntos particulares de significados y connotaciones que son al menos parcialmente interpretables de la evidencia arqueológica” (Tilley 1994: 8). Partimos, entonces, de la idea de que la elección de los lugares para asentarse y sus características tienen implicaciones prácticas y simbólicas que podemos interpretar desde el registro arqueológico. El paisaje se refiere en realidad a múltiples paisajes que coexisten en un mismo lugar. Explorando procesos estructuralmente organizados, aquí lo entenderemos como un sistema de significación a través del cual se reproduce y se transforma la vida social. El paisaje representa, sobre todo, una forma de ordenamiento conceptual que hace hincapié en las relaciones (Tilley 1994). De este modo, lo consideramos como la apropiación del entorno natural y su modificación cultural para dotar de sentido al espacio vivido a través del tiempo. La ubicación de los sitios y la distribución de las construcciones se explican como el resultado de una combinación de procesos de toma de decisiones “racionales” en la que entran en juego algunos o todos los factores mencionados (ibid.: 1). Este enfoque nos permite integrar la información generada en el caso del PSAP a la búsqueda de patrones de distribución de los asentamientos de acuerdo con su temporalidad y a la identificación de modos de vida, de sistemas constructivos y de prácticas funerarias, entre otros aspectos. Todo esto constituye un esfuerzo a mediano plazo, sumándose los resultados de trabajos como los del PSAP a otras investigaciones en curso (Punzo Díaz 2016; Castañón Suárez y Punzo Díaz et al. 2017). El propósito del presente estudio es describir los hallazgos recientes realizados por el PSAP, tratando con ello de subsanar paulatinamente los vacíos de información arqueológica sobre el sur de la cuenca de Chapala y buscando insertar los resultados en las dinámicas regionales del occidente mesoamericano. La arqueología de salvamento con una perspectiva de paisaje nos proporciona elementos para unir fragmentos de evidencia —dispersa e incompleta por su propia naturaleza— teniendo como marco una dinámica de interacción recíproca de los grupos humanos con el entorno. Esta es una propuesta en curso y, por lo tanto, inacabada, que pretende promover la discusión arqueológica relativa al sur de la ciénega de Chapala.

El sur de la cuenca de Chapala

La construcción de la línea de transmisión Las Purépechas atravesó diversas áreas de los municipios de Sahuayo, Jiquilpan, Villamar, Chavinda, Pajacuarán, Vista Hermosa, Tangamandapio y Jacona, en la zona norte-centro de Michoacán. El trazo de Las Purépechas se encuentra entre dos cuencas hídricas (la del Lerma-Santiago hacia el norte y la del Balsas hacia el sur, en su vertiente del río Itzícuaro) y ocupa principalmente la depresión conocida como ciénega de Chapala (Figura 1). Por el alto potencial arqueológico de esta zona, el Centro INAH Michoacán, mediante un convenio de colaboración con la CFE, determinó realizar trabajos de salvamento en sitios arqueológicos ya conocidos. Habiendo sido reportados en distintos momentos, se tenía conocimiento de los sitios de El Otero, Campo de Aviación (Noguera 1944) y La Casita de Piedra (Schöndube 2009), en el municipio de Jiquilpan; Jacona la Vieja, en el municipio de Tangamandapio (Espejel Carbajal 2014); y El Opeño (Oliveros Morales 2004), Los Gatos (Espejel Carbajal 2014), Cerro Curutarán y Puerto de Lucas (Cárdenas García 2012), en el municipio de Jacona (Muñiz García et al. 2015). Figura 1 – Mapa general del área de trabajo del Proyecto de Salvamento Arqueológico Las Purépechas (PSAP; DAO D. A. Muñiz García con información del PSAP y datos de acceso libre, 2021). A pesar de los reportes anteriores, la zona de estudio no había sido trabajada formalmente desde los años cuarenta del siglo pasado (Noguera 1944), a diferencia de otras zonas de Michoacán que han sido objeto de amplios trabajos, como las cuencas de Zacapu (Arnauld, Carot y Fauvet-Berthelot 2014 [1993]) o de Pátzcuaro (Pollard 2004). La excepción más notable al respecto son los trabajos de Oliveros Morales, aunque estuvieron centrados en las tumbas del Preclásico (2004, 2011). Los primeros reportes de vestigios en la zona de trabajo del PSAP provinieron del obispo Francisco Plancarte y Navarrete (Espejel Carbajal 2014) y, posteriormente, Eduardo Noguera respondió a llamados de emergencia a mediados del siglo XX (Noguera 1944). A partir de aquel momento y a excepción de algunos trabajos incidentales (Cárdenas García 2012; Schöndube 2009), no llegó a haber en la Ciénega ninguna investigación arqueológica formal. Recientemente se publicó un trabajo con fines de difusión del patrimonio paleontológico y arqueológico de la zona, en el que se incluyen seis sitios de arte rupestre: Pajacuarán, El Paracho Viejo y Tecomatán, Chavinda, El Cometa, La Estancia de San Miguel y Las Candelas. La información consignada para estos sitios es producto de trabajos informales, reportes de pobladores y exploraciones no profesionales de distintos actores culturales (Ramírez Sánchez, Corona Bojorge y Sánchez Aliar 2015). Los estudios provenientes de salvamentos arqueológicos en Michoacán también han sido un antecedente indirecto tanto en su calidad de referencias metodológicas como por la información que proporcionan. Sobresalen los casos de las presas Francisco J. Múgica (Pulido Méndez, Cruz Robles y Cid Beziez 2010) y la Villita (Pulido Méndez 2006), así como las líneas de transmisión Lázaro Cárdenas Potencia-Ixtapa Potencia 2 y Central hidroeléctrica la Villita (Pulido Méndez, Guevara Chumacera y Rojas Gaytán 2004). El salvamento para la construcción de la carretera México-Guadalajara es en realidad el único que alcanza una pequeña porción del este de nuestra área de estudio, en donde se localizaron 44 de los 254 sitios registrados por dicho proyecto (Pulido Méndez, Araiza Gutiérrez y Grave Tirado 1996). En vista de los pocos antecedentes directos, era necesario dirigir la mirada a las regiones aledañas para tener referentes que nos permitieran contextualizar los posibles hallazgos, asumiendo que un paisaje se construye con base en sus relaciones inmediatas y lejanas no solo a lo largo del tiempo, sino también en función del espacio. Al este se encuentra el acceso al Bajío, cuyo sitio más cercano es el Cerro de los Chichimecas o Zaragoza (Fernández Villanueva 2013), y sobre el cual sabemos que comparte muchas características con otros lugares que tuvieron un desarrollo más intenso hacia el Epiclásico, como Plazuelas (Burguete Aramoni 2018), Cerro Barajas (Migeon y Pereira 2007) o Peralta (Cárdenas García 2011). Al sureste se encuentra la región del centro-norte de Michoacán, que ha sido ampliamente estudiada por el Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos (CEMCA) en distintos momentos, con abundantes resultados, siendo Loma Alta, en Zacapu, uno de los sitios más emblemáticos (Michelet 1992). En esta región existen sitios que abarcan prácticamente todos los periodos prehispánicos. El corazón del imperio purépecha se ubica al sur, en la cuenca lacustre de Pátzcuaro (Pollard 2004), y tuvo su desarrollo más sobresaliente en el Posclásico Tardío. Un poco más al este se encuentra la laguna de Cuitzeo, que tuvo varios desarrollos culturales durante el Clásico/Epiclásico, como el sitio de Tres Cerritos (Filini 2010). También más al sur se localiza el sitio más destacado del periodo clásico en Michoacán, el de Tingambato, trabajado por Piña Chan y Ohi y en donde actualmente se desarrollan una serie de trabajos arqueológicos (Punzo Díaz 2016; Suárez Castañon y Punzo Díaz 2017). Al suroeste se encuentra la llamada Tierra Caliente, con respecto a la cual los trabajos pioneros de Isabel Kelly siguen siendo las pocas referencias existentes (Oliveros Morales 2011), de modo que todavía existe un gran vacío en el conocimiento arqueológico de esa zona, en especial en lo que respecta al área colindante con Colima. Al oeste, la ciénega de Chapala está separada de la cuenca de Sayula por la Sierra de la Difunta. Sayula ha sido trabajada desde hace más de treinta años (Schöndube, Váldez y Emphoux 2005) y para ella se ha propuesto una amplia secuencia temporal y cultural. Son de especial interés los sitios que se encuentran al noreste de dicha cuenca, como La Peña, con presencia aztatlán en el Posclásico Temprano (Ramírez Urrea 2016). Al noroeste, ya muy cerca del área de trabajo y a la orilla de la laguna, están los sitios de Cojumatlán (Lister 1949; Williams 1993) y Tizapan (Meighan y Foote 1968), que parecen guardar fuertes similitudes con algunos sitios explorados por el PSAP. Finalmente, al norte de la laguna de Chapala se encuentra el Valle de Atemajac, donde hay sitios como el Ixtépete y el Grillo, que destacan por su ocupación durante el Epiclásico (Galván Villegas 1991).

Los métodos de trabajo en el PSAP

La información colectada fue producto de estudios bibliográficos, trabajo de campo y gabinete. Durante cada una de las fases del proyecto se implementaron distintas estrategias de trabajo articuladas en torno a diversos sistemas de información geográfica (SIG), como ESRI ArcMap 10.1, Qgis 2.14.0 y Google Earth. Los datos espaciales fueron recolectados en campo con dispositivos GPS de mano, levantamientos cartográficos propios y estación topográfica. Se usó información de código abierto (INEGI-UNAM 1984; CONABIO 2020), datos geográficos provenientes de informes, así como referencias directas de informantes locales (Muñiz García et al. 2015). El trazo de las líneas de transmisión al cual se ajustó originalmente el PSAP fue proporcionado por la CFE. Se realizaron análisis de imágenes satelitales usando criterios como la altitud, la posición en el terreno y la presencia de campos de cultivo intensivo para la identificación de áreas con potencial arqueológico bajo (un total de 46.5 km) y medio y alto (46.2 km). Se planteó la necesidad de corroborar en campo la presencia de vestigios, labor hecha gracias a un recorrido intensivo con límite artificial o arbitrario a lo largo del trazo de la línea de transmisión y de las obras alternas por realizar (Ruiz Zapatero y Burillo Mozota 1988: 48). Como resultado de este primer recorrido, se localizaron al menos cinco sitios arqueológicos con evidencia de ocupación permanente y varias concentraciones de materiales. Se determinó así el inmenso potencial arqueológico de la región y la necesidad de llevar a cabo un proyecto de salvamento arqueológico a corto plazo, así como investigaciones arqueológicas más profundas a mediano y largo plazo (Muñiz García y Ramos García 2014: 5). De manera previa a la segunda intervención en campo, se hizo un reconocimiento del área mediante cartas topográficas y geológicas, imágenes satelitales, documentos históricos y fotografías aéreas. Con la integración de esta información se generaron mapas de mano de los lugares que se tenía previsto recorrer y, llegado el caso, excavar, y se elaboraron también formatos de trabajo para ambas tareas. Al contar con contextos poco conocidos, los formatos permitieron alcanzar un cierto grado de uniformidad en el registro, lo que llevó a que la información recabada fuera compatible y comparable con otra que se ha estado generando en el estado. Todos los datos fueron recabados en un formato accesible que permite su descarga en SIG. Para los trabajos de campo del salvamento arqueológico se desarrollaron recorridos intensivos (Cerrato Casado 2010) en los cinco sitios previamente definidos, a los que se denominó LTPSJ_01/Las H, LTPSJ_02/Las Mojarras, LTPCM_01/Subestación, LTPJ_01/Chavinda y LTPJ_02/Frambuesas, respectivamente. El reconocimiento consistió en la localización física del vestigio reportado mediante coordenadas UTM. Se realizaron transectos paralelos con no más de 15 m de separación entre las zonas de prospección, que partían de un punto central determinado por la presencia de los vestigios más prominentes, mientras que el límite del sitio se definió por la inexistencia de vestigios en un radio de por lo menos 150 m. En el caso de la presencia de elementos arquitectónicos, se realizaba un levantamiento cartográfico detallado con cinta métrica y brújula de precisión, registrando los materiales muebles asociados, así como sus características en el paisaje. En lo que respecta a Chavinda y Frambuesas, se realizaron levantamientos con estación topográfica satelital con curvas a cada metro, tarea que estuvo a cargo del personal de la CFE con el apoyo del personal del PSAP. Además, en los sitios de Chavinda y de El Otero se usaron vuelos de dron. La gráfica rupestre se registró siguiendo una metodología que incluía un recorrido intensivo con transectos paralelos para la localización de dicha gráfica. Una vez identificada, se registraba mediante dibujos a mano alzada, fotografías detalladas y reproducciones con tinta indeleble sobre plástico transparente. Las imágenes se procesaron con el programa Corel Draw 8.0. En el caso de las fotografías digitales, se realizó un proceso previo mediante el programa ImageJ y el plug-in Dstrech para la identificación de motivos (se siguieron las sugerencias de Quesada Martínez 2010). Al trabajo de la gráfica rupestre se le otorgó un énfasis especial en el sitio de Chavinda debido a su asociación con elementos arquitectónicos (Sumano Ortega, Muñiz García y Punzo Díaz 2017). También se llevó a cabo un recorrido en el que se efectuó un muestreo sistemático estratificado a nivel regional (Cerrato Casado 2010). Se prospectó solo un área limitada, correspondiente a la subcuenca de Chavinda, mediante transectos paralelos equidistantes de 50 m y siguiendo un criterio previo (estrato) de cotas de nivel de entre 1600 y 1800 m s. n. m. Se logró la cobertura de prácticamente la totalidad de la subcuenca, en la zona cercana al sitio arqueológico de Chavinda. Ahí se recolectó material mediante un muestreo general de juicio para la búsqueda de indicadores histórico-culturales. De manera paralela, se realizaron recorridos extensivos en las áreas cercanas a los sitios de ocupación permanente, además de recorridos puntuales en sitios marcados explícitamente como posibles sitios arqueológicos, que fueron identificados ya sea por información previa o con el apoyo de informantes de las comunidades. Por otro lado, se realizaron dos prospecciones de superficie con métodos geofísicos en los sitios Las Mojarras y Subestación. En ambos casos, los trabajos fueron llevados a cabo por personal del Centro de Ciencias de la Tierra, de la División de Ciencias (Departamento de Ingeniería) del Centro Universitario de Tonalá (Universidad de Guadalajara), con apoyo del personal de la CFE y del PSAP. La primera prospección consistió en una tomografía de resistividad eléctrica en el sitio Las Mojarras. Se utilizó un equipo SuperSting R8, marca AGI. Las lecturas se hicieron en el dominio del tiempo, empleando una onda cuadrada de dos segundos. El procesamiento de los datos y su conversión a formato ASCII se llevó a cabo con el programa STINGDMPW. Posteriormente, el proceso de interpretación se desarrolló con el paquete RES2DINV. La segunda prueba se realizó en el sitio Subestación mediante radar de penetración terrestre, por medio de diecinueve perfiles en dirección de los surcos del arado, ya que la técnica es muy sensible a los accidentes topográficos. Para el levantamiento de perfiles de radar se utilizó el sistema RAMAC/GPR X3M de Mala Geoscience, con una antena blindada con frecuencia central de 250 MHz y con un dispositivo de disparo en base al avance de la antena sobre la línea. Como sistema de control y adquisición de datos se utilizó un computador tipo laptop (Universidad de Guadalajara 2015). El trabajo de campo también incluyó excavaciones, las cuales se efectuaron siguiendo dos métodos distintos debido a la naturaleza y a las condiciones diversas de los sitios. El primero consistió en la excavación de pozos de sondeo de 2 m por lado, los cuales se extendieron en caso necesario. El segundo correspondió a excavaciones extensivas, incluyendo calas de aproximación. En todos los casos la estrategia general fue la misma: se iniciaba con la limpieza del área de trabajo y la excavación del primer estrato por niveles métricos de 10 cm hasta llegar a un cambio de capa; tras ello, se modificaba la estrategia y se continuaba la excavación mediante niveles estratigráficos, es decir, se seguía una estratigrafía natural. Para todo ello se contó con cédulas de registro para cada capa y cuadro. La selección de las áreas de intervención se llevó a cabo en función de dos criterios: se dio prioridad a los lugares que serían afectados por el trazo de la línea de transmisión y, en un segundo momento, se seleccionaron aquellos lugares cercanos que tuvieran indicios de actividad humana. Para la extracción del sedimento y del material arqueológico se elaboró un archivo gráfico de fotografías y dibujos de cada cuadro/capa. La ubicación de todas las unidades de excavación se realizó tomando en cuenta datos referenciados con respecto a la línea de trasmisión (información y trazado realizado por el personal de la CFE). Para esta labor se utilizó un GPS topográfico, marca Trimble R6, a partir del cual se realizaba un tendido visual para generar retículas de proyectadas que se marcaban cada 10 o 20 m. Toda la información se integró al sistema de información geográfica. Los materiales muebles recuperados se analizaron en las instalaciones del Centro INAH Michoacán, aunque una muestra significativa de concha, hueso animal y hueso humano fue trabajada en el Laboratorio de Arqueozoología de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, bajo la dirección del doctor Gilberto Pérez Roldán, con el apoyo de la antropóloga física Mónica Silvy Morales Ríos y la arqueóloga Gabriela Arellano González (Arellano González y Pérez Roldan 2015). En cuanto al análisis de la cerámica y de la lítica, dado que no existía una tipología previa al respecto, se optó por hacer un registro de las características morfológicas visibles que ofrecían mayores posibilidades de ser usadas en trabajos futuros mediante comparaciones con materiales de regiones cercanas. Para la cerámica se usó un método de análisis mixto, basado en su forma-función y en su tipo de acuerdo a sus características macroscópicas. De este modo, el material se separó por tipo de acabado (alisado, pulido, engobe, etc.) y a cada tipo se le separó según su forma-función (preparación de alimentos, almacenaje, suntuario, etc.). La propuesta y la dirección de estos trabajos estuvieron a cargo de Mijaely Antonieta Castañón Suárez (Muñiz García et al. 2015, t. III: 16-21). En cuanto a la lítica, el análisis estuvo guiado por su división en tallada y pulida, y se realizó una clasificación tanto por tipo de materia prima como por funciones (puntas, navajillas, buril, perforador, lascas, núcleos, cuchillo, raedera y raspador). En este caso, la propuesta y la supervisión del análisis fueron llevadas a cabo por Carlos Gutiérrez (Muñiz García et al. 2015, t. III: 23-28). Se obtuvieron dos muestras para datación de carbón vegetal, que se mandaron a analizar mediante la técnica de C14 a la empresa Beta Analytic. Para la primera muestra se obtuvo un rango de 425-600 n. e. (2 σ)[2] y para la segunda de 1260-1295 n. e. (2 σ)[3] (Muñiz García et al. 2015, t. III: 29).

Resultados

El salvamento arqueológico tiene como una de sus características la obtención de resultados en diversas áreas. El PSAP no fue la excepción, por lo que, para una mejor comprensión de cada aspecto, se presentan los resultados alcanzados de acuerdo con las principales técnicas usadas durante el proyecto: recorrido, excavación y análisis de materiales.

Recorrido

El conocimiento previo permitió definir distintas estrategias de recorrido, que fueron elegidas teniendo siempre presente que las técnicas deben adaptarse a la realidad existente: “hay tantas técnicas de prospección como regiones hay” (Ruiz Zapatero y Burillo Mozota 1988). En total se tuvo conocimiento de veintidós sitios: cinco que fueron probablemente centros cívico-religiosos (Jacona la Vieja, Chavinda, El Otero, Cojumatlán y El Opeño), seis de gráfica rupestre (Las Candelas, Estación Moreno, Venustiano Carranza, Pajacuarán, El Paracho Viejo y Tecomatán El Cometa) y el resto posiblemente habitacionales (Las H, Las Mojarras, Frambuesas, Cerro Ojo de Agua, Churitzio, San Miguel, Guaracha, Los Gatos, Campo de Aviación de Jiquilpan, Casita de Piedra, Puerto de Lucas). De estos últimos, siete ya habían sido registrados previamente (Figura 2). Figura 2 – Ubicación de los sitios reportados y los sitios trabajados en el área del PSAP (elaborado por D. A. Muñiz García, con información del PSAP y datos de acceso libre, 2021). Entre los sitios de gráfica rupestre destaca el de Las Candelas, que cuenta con por lo menos ocho paneles de petrograbados, situados a la orilla de la laguna de Chapala, cerca del poblado de Cojumatlán. Predominan los motivos antropomorfos, seguidos de elementos geométricos y figuras zoomorfas de carácter naturalista. La técnica empleada para su realización fue el punteado continuo por percusión indirecta, posiblemente resultado del uso de un cincel y un percutor. Se tuvo conocimiento de este sitio gracias a la amable cooperación del maestro Ignacio Moreno Nava, mientras que otros sitios, como Cerro del Ojo de Agua, Churinzio y San Miguel, que son asentamientos de tipo habitacional, fueron registrados gracias a los recorridos extensivos. Por su parte, el sitio de Jacona la Vieja o Santiago Tangamandapio fue reportado por el obispo Plancarte en 1890, pero no había sido registrado oficialmente hasta ahora (Espejel Carbajal 2014). Se trata de un asentamiento con arquitectura monumental de tradición purépecha, cuya construcción más prominente consiste en tres estructuras circulares y una plataforma ligeramente más larga que ancha, con dos basamentos rectangulares y un patio en la parte superior. El conjunto arquitectónico se edificó sobre una terraza artificial, que delimita el área y pudo haber funcionado como una plaza. El edificio principal se compone de dos plataformas mixtilíneas o yácatas alineadas, que en conjunto miden 110 m de largo por 35 m de ancho y 15 m de alto; la orientación de los basamentos sigue un eje de 25° con respecto al norte. A 20 m de las yácatas, en dirección oeste, se localizan dos estructuras circulares con características arquitectónicas similares, con 10 m de diámetro y 2 m de alto. El sitio, que se ubica a unos 4 km del actual poblado de Santiago Tangamandapio, es, sin duda, una pieza clave para la reconstrucción de la historia prehispánica tardía de Michoacán, por lo que es lamentable que se encuentre altamente saqueado (Figura 3). Figura 3 – Sobreposición del plano arquitectónico hecho por Plancarte en 1890 (Espejel Carbajal 2004; sobre la imagen satelital del terreno [Google Earth], realizado por Carlos Gutiérrez, 2015). Recorridos puntuales nos permitieron reconocer otros sitios previamente reportados, como El Otero y la Casita de Piedra. En el primero se conserva una plataforma piramidal y la huella de un juego de pelota, aunque altamente deteriorados debido al saqueo y la actividad agrícola. El segundo se encuentra enterrado debajo de construcciones modernas. Al sitio Campo de Aviación de Jiquilpan, reportado por Noguera, no se tuvo acceso debido a que se encuentra dentro de instalaciones militares. Se realizaron recorridos intensivos en los cinco sitios con respecto a los cuales se tenía conocimiento de un asentamiento permanente prehispánico y que, además, se encontraban cerca del trazo de la línea de transmisión Las Purépechas. Los resultados fueron contrastantes, pues mientras que en los sitios Las H, Las Mojarras y Subestación no se localizaron vestigios arquitectónicos y quedaron registrados como áreas de dispersión de materiales (aun después de ser excavados), en Frambuesas y en Chavinda se encontraron vestigios inmuebles notorios, especialmente en este último sitio. Sin embargo, cabe hacer una observación relevante con respecto a Las H, Las Mojarras y Subestación, que parecen haber constituido un solo sitio disperso a lo largo de toda la loma. Estos tres lugares, que son los que podrían ser afectados por la obra de la CFE, serían, pues, sectores deteriorados y visibles de un sitio más grande. Es muy probable que allí haya vestigios sepultados sin indicadores en superficie (como sucede en el caso de Las Frambuesas) y que parte del material arquitectónico haya sido reutilizado para la construcción de terrazas agrícolas. De toda la información obtenida en el recorrido, se puede deducir que las laderas de alturas intermedias (entre 1500 y 1800 m s. n. m.) son las que con mayor probabilidad fueron utilizadas para actividades humanas permanentes. En lo que respecta a Frambuesas, se determinó un sitio habitacional con por lo menos una plataforma habitacional de 30 m de largo por 25 m de ancho y otra de 25 m por lado. La dispersión del material se extiende por casi 30 hectáreas hacia la zona baja de la colina y se observa una ausencia abrupta de materiales al inicio de la parte más empinada de la loma. Chavinda, por su parte, fue un caso excepcional, ya que se determinó una poligonal de 1.2 km de largo por 1 km de ancho, con nueve plataformas de más de 30 m, trece terrazas habitacionales, seis montículos, por lo menos diecinueve estructuras habitacionales y seis público-religiosas, más de treinta petrograbados y un número indeterminado de terrazas agrícolas, con un área principal constituida por tres plataformas piramidales y tres estructuras adicionales. El sitio se encuentra en una pendiente pronunciada, lo cual lo distingue del resto de los sitios localizados en la región, y el acondicionamiento de sus espacios horizontales requirió una gran inversión de trabajo. En Chavinda también se realizó el registro de gráfica rupestre en dos áreas principales. La primera se encontraba en un espacio contiguo a la zona habitacional y público-religiosa, con un total de veintitrés petrograbados, mientras que la segunda estaba en la parte alta del cerro, al oeste del sitio conocido como Cerro del Águila, en donde se trabajaron siete motivos. En ambas áreas parece que se sobreponen distintas dinámicas histórico-culturales (Sumano Ortega, Muñiz García y Punzo Díaz 2017). Como motivos principales de la composición, en el área cercana a las unidades domésticas predominan los elementos iconográficos relacionados con discursos hídricos y eólicos, tales como pozas, canales y espirales (tanto levógiras como dextrógiras), así como algunos elementos antropomorfos de trazos finos (aunque no son representaciones realistas, hay algunas vulvas y pozas interiores). En general, los motivos parecen estar asociados a las unidades habitacionales y se reparten en por lo menos cinco conjuntos. Resultan muy similares a los reportados por Faugère-Kalfon (1997) en el centro-norte de Michoacán y en el Bajío. En la segunda zona resalta el grabado conocido como “Piedra del Águila”, que parece haber sido utilizado para plasmar un relato mítico con una plástica y disposición más cercanas a la iconografía aztatlán (Mathiowetz 2020). Los otros diseños allí registrados son espirales, aunque tienden más a las formas cuadradas. Destacan también las figuras zoomorfas (aves), que están totalmente ausentes en el otro sitio. Su técnica de manufactura es peculiar, pues parecen haber sido realizadas bajo un solo trazo, es decir, una línea, y se aprecian mucho mejor a distancia que siguiendo el trazo puro del soporte (Figura 4). Figura 4 – Dibujo del petrograbado denominado “Piedra del Águila” (dibujado por D. A. Muñiz García y Kimberly Sumano Ortega, 2021). En cuanto a la prospección geofísica, con las dos técnicas empleadas (georradar de penetración terrestre y tomografía de resistividad eléctrica) se localizaron cinco anomalías susceptibles de corresponder a una actividad cultural debido a su forma y profundidad, pues guardan similitud con las tumbas tipo botella y de cámara reportadas en El Opeño (Oliveros Morales 2004). En todos los casos se llevó a cabo sistemáticamente una excavación, pero en ninguno de ellos se constató la existencia de vestigios culturales, de modo que lo que se observa con los mapas del radar y con la resistividad responde a cambios en la composición de los estratos de la tierra. Estos resultados no demeritan el aporte que la geofísica le ofrece a la arqueología, puesto que estos estudios permitieron intervenir con un nivel de eficacia y precisión poco común en la práctica arqueológica. Por ejemplo, en algunos textos arqueológicos se sugiere un muestreo de un 20 % del total del área por estudiar para alcanzar resultados estadísticamente aceptables (Drennan 2010). De no haber tenido un estudio geofísico en Las Mojarras y Subestación se hubiera tenido que abrir una gran cantidad de pozos de sondeo, lo que no habría permitido que los recursos humanos y materiales fueran utilizados para otras labores que, finalmente, sirvieron para robustecer la información generada. Así, los métodos de prospección geofísica han dado muestras de su utilidad para hacer eficiente el trabajo arqueológico.

Excavación

El salvamento arqueológico implica el cambio constante de estrategias para adecuarse a las circunstancias que se van presentando. En este contexto, se realizaron excavaciones intensivas (pozos de sondeo) y extensivas en los sitios en que fue necesario hacerlo, de acuerdo con la información generada durante el recorrido de superficie. En Las H, Las Mojarras y Subestación se excavaron un total de doce pozos. En Frambuesas, en donde se trabajó solo una unidad habitacional con arquitectura, se excavaron cuatro pozos y una cala en un total de 80 m2. En Chavinda se llevaron a cabo cinco pozos de sondeo, cuatro calas (dos de ellas se extendieron) y una excavación extensiva en un total de 148 m2. Gracias a esto, se conocieron fragmentos de cuatro unidades habitacionales, una parte de un conjunto cívico-religioso, así como varias concentraciones de materiales. Los sitios arqueológicos de Las H, Subestación y Las Mojarras comparten características estratigráficas generales. En Las H, la estratigrafía fue constante en todos los pozos, con una primera capa de humus, seguida de tres capas con una granulometría limo-arenosa, areno-limosa y limo-arcillosa, respectivamente. El material arqueológico recuperado solo estaba presente en las dos primeras capas. Correspondía a material cerámico doméstico monocromo, muy posiblemente de arrastre, que no pudo ser fechado, pero que evidencia la presencia de habitaciones en las inmediaciones del sitio. El sitio Subestación tiene una estratigrafía muy similar, aunque con una sedimentación más abundante. El material arqueológico recuperado fue muy escaso y se trata posiblemente también de arrastre. Finalmente, en Las Mojarras, la secuencia sedimentaria es similar: una capa delgada de humus, seguida de capas limo-arcillosas, arcillo-arenosas y areno-limosas. En todos los casos se descartó la presencia de habitaciones permanentes en las áreas de excavación, pero se confirmó la existencia de poblados prehispánicos en las cercanías. Por otro lado, las excavaciones en el sitio Frambuesas permitieron la identificación positiva de una unidad habitacional. Allí se observa una estratigrafía más compleja y profunda que en el grupo de sitios constituido por Las H, Las Mojarras y Subestación, con una secuencia sedimentaria compuesta por las siguientes capas: humus, limo-arcillosa, areno-limosa, areno-arcillosa y areno-limosa. El sitio Chavinda se encuentra ubicado en una pendiente más pronunciada que las del resto de los sitios, aunque su extensión hace que ocupe áreas con diferentes grados de inclinación, lo que da como resultado secuencias estratigráficas variadas. En la siguiente tabla (Tabla 1) se sintetizan los elementos principales de las excavaciones allí efectuadas, entre las que cabe destacar la de la cala 3, en donde se recuperaron varias ofrendas de concha y de entierros, entre otras. Tabla 1 – Características estratigráficas y elementos principales de las excavaciones en Chavinda.
Unidad Capa A Capa B Capa C Capa D Tipo Elementos internos
Limo-arenosa Areno-limosa Areno-arcillosa Arcilla
Pozo 1 x x Terraza agrícola
Pozo 2 x x x x Terraza agrícola
Pozo 3 x x x Terraza agrícola Dos fragmentos de figurillas.
Cala 1 x x Unidad habitacional Uso de piedras para acondicionamiento y rellenos constructivos.
Pozo 5 x x Terraza agrícola
Pozo 4 x x x Unidad habitacional Entierro de un individuo desarticulado con ofrenda compuesta de una olla monocroma. Relleno constructivo.
Cala 2 x Limo-arcillosa Unidad habitacional Entierro asociado a gran cantidad de fragmentos de olla. Rellenos constructivos de tierra limo-arcillosa; acondicionamiento mediante escalonamiento.
Extensiva 1 x x x Areno-limosa Unidad habitacional Relleno constructivo, fragmentos de hueso animal con alteración térmica.
Plataforma principal. Cala 3 Areno-arcillosa x x x Área pública: montículo principal, plaza 1 y montículo este En total se registraron cuatro pisos con sus respectivos acondicionamientos. La capa A corresponde a un contexto de abandono. Enseguida hay un apisonado, debajo del cual está la capa B, en donde se localizaron la mayoría de las ofrendas de conchas y entierros. En la plaza 1 se obtuvo una fecha correspondiente al Posclásico Temprano.

Materiales

Los 22 125 tiestos analizados permitieron establecer ciertos perfiles. Chavinda y Frambuesas presentan similitudes en cuanto a sus tipos cerámicos. Se constata la dominancia de tipos domésticos alisados y con engobes rojo, naranja, café y negro, mientras que los tipos no domésticos, como los pulidos y bruñidos, son escasos, especialmente en Frambuesas. Sin embargo, existe una diferencia significativa en la cantidad de cerámica recuperada por sitio, pues más del 70 % de los materiales proviene de Chavinda, frente al 20 % procedente de Frambuesas. Durante las excavaciones en Chavinda se localizaron unas cuantas cerámicas diagnósticas. La primera fue un fragmento estucado con pintura amarilla. Sus características se asemejan al denominado tipo Cherán, que fue definido por Holien (1977; Jiménez Betts 2018: 70) y reportado por diversos arqueólogos: Filini, en la Cuenca de Cuitzeo (Filini 2014); Fernández Villanueva (2013), en Zaragoza; Castañón Suárez y Punzo Díaz (2017), en Tingambato, y Michelet (1993), en Zacapu, entre otros (Figura 5). El tiesto era parte del relleno constructivo del montículo principal, en donde estaba asociado a fragmentos de carbón vegetal fechados en el rango 425-600 n. e. (2 σ). No podemos saber con certeza la intensidad de la relación entre la ciénega de Chapala y otras regiones del Occidente, pero, a partir de los restos materiales, cabe suponer la existencia de vínculos entre Chavinda y otros asentamientos, principalmente del sur y del oeste, que tienen una actividad destacada durante el Clásico/Epiclásico. Además, a las analogías de los materiales cerámicos, se suman otros elementos, como las técnicas constructivas, que parecen corresponder a esa misma época. Figura 5 – Izquierda: cerámica tipo Cherán (fotografía D. A. Muñiz García). Derecha: cajete trípode tipo Tizapán policromo (fotografía J. L. Punzo Díaz). Ambos objetos fueron recuperados en las excavaciones de Chavinda. Otra cerámica diagnóstica encontrada en Chavinda es un cajete trípode con decoración blanco sobre rojo. Sus características lo asemejan al tipo Tizapán policromo definido por Meighan y Foote (1968) y trabajado ampliamente por Susana Ramírez Urrea (2016), en especial en el sitio de La Peña. Se localizó en una de las ofrendas de la plaza 1, debajo de un apisonado que estaba cubierto por la capa B y que hemos identificado como el segundo de cuatro apisonados en la plataforma principal (Figura 5). El cajete formaba parte de una ofrenda que contenía restos humanos, concha marina y fragmentos de carbón vegetal, el cual se fechó en el rango 1260-1295 n. e. (2 σ). Otros elementos, como la iconografía en el arte rupestre, nos muestran que Chavinda se mantuvo ocupado durante el Posclásico Temprano y pudo ser parte de las esferas de interacción de la cultura aztatlán (Jiménez Betts 2018: 161-168). El resto de la cerámica proveniente de la excavación no se ha asociado con tipos conocidos, pero es necesario continuar su análisis para establecer más analogías. En cuanto a la lítica tallada, se analizaron 900 objetos. Se observaron diferencias por sitio, tanto en lo que respecta a la materia prima como al tipo de artefacto. Se notaron patrones de consumo distintos en los sitios principales de Frambuesas y Chavinda y, en lo que respecta al resto de los lugares trabajados, los materiales fueron escasos. La lítica más usada en Frambuesas fue la obsidiana negra, seguida de la gris y la roja, y solo se encontró un objeto de basalto. Por el contrario, en Chavinda se usó preferentemente la obsidiana gris, seguida del basalto y, en menor medida, la obsidiana negra y roja (Figura 6). Figura 6 – Gráfica comparativa entre Chavinda y Frambuesas de artefactos líticos tallados; se muestran los patrones de consumo por artefacto y por materia prima (elaborado por D. A. Muñiz García, 2021). En cuanto al tipo de artefactos, Chavinda y Frambuesas presentan algunas similitudes. Las lascas y navajillas están hechas preferentemente de obsidiana gris, mientras que los perforadores, los cuchillos y los raspadores son principalmente de obsidiana negra y, en segundo lugar, de basalto. En el caso de la obsidiana roja, su uso es poco frecuente y se concentra en perforadores y núcleos. En Chavinda se observa una utilización muy restringida de la obsidiana negra, mientras que la obsidiana gris y el basalto se usan casi por igual. Las puntas de proyectil están hechas solo de obsidiana y, en cambio, en las navajillas el basalto es el material más empleado y, en las raederas, es el único. En Frambuesas, a excepción de las navajillas y las lascas, los artefactos son fabricados preferentemente con obsidiana negra, siendo el artefacto más común el perforador, seguido de las puntas. Para este sitio también cabe destacar una presencia más significativa de obsidiana roja. En el sitio de Chavinda se observa un mayor consumo de navajillas y lascas, mientras que en el de Frambuesas se constata una preferencia por perforadores, puntas y, en menor medida, navajillas (Figura 6). En Chavinda también se localizó un hacha votiva de piedra verde y una punta de color blanco, posiblemente de calcedonia. Cabe resaltar el hallazgo excepcional de un besote de obsidiana en la superficie de la plaza principal de Chavinda, objeto que es usado como símbolo de poder entre la nobleza purépecha, tal y como se muestra en la lámina XXIV de la Relación de Michoacán (Alcalá 2008) (Figura 7). Figura 7 – Besote de obsidiana recuperado en Chavinda (fotografía de D. A. Muñiz García, 2016). En cuanto a la concha y el hueso, todo el material recuperado y analizado proviene de Chavinda. En lo que respecta a las conchas, se contabilizaron 286 piezas, incluyendo dos collares con 111 piezas, asociados a un par de entierros. La mayoría de los especímenes de concha se encontraron en la misma capa estratigráfica, a excepción de aquellos asociados a los entierros. Se identificaron cuatro tipos de artefactos: pendientes, incrustaciones, botones y cuentas. Cada uno de ellos presenta diferencias en cuanto a las técnicas de manufactura y a la cantidad de tiempo y esfuerzo que esta supuso. Cabe destacar la existencia de diez tipos distintos de concha, siendo dos de ellas (Caecum y Cypra) originarias del golfo de México, mientras que el resto proviene del Pacífico (Arellano González y Pérez Roldan 2015). Este dato no es de poca importancia, ya que Chavinda se encuentra a por lo menos 300 km en línea recta de la playa más cercana del Pacífico y a más de 600 km del golfo de México. En la siguiente gráfica se muestra la cantidad de conchas recuperadas por tipo, siendo la Oliva la principal (41 %), seguida de la Yacta (29 %) y del Strombus (23 %) (Figura 8). Figura 8 – Izquierda: material malacológico recuperado en Chavinda (fotografía Natan Sainos). Derecha: gráfica de los totales de conchas recuperados en Chavinda. Por otro lado, se recuperaron veintinueve fragmentos de huesos animales. Las especies identificadas fueron: Didelphis virginiana (tlacuache), Neotoma sp. (rata de maguey), Crotalus sp. (víbora de cascabel), Canis familiaris (perro), Kinosternon (tortuga), Odocoileus virginianus (venado cola blanca), Sylvilagus floridanus (conejo de la pradera), Artiodactyla sp. (venado) y Anatidae (pato o ganso). Se constató una presencia preponderante de venados (nueve fragmentos), seguida de la de otros animales: pato (siete fragmentos), conejo (seis fragmentos) y tlacuache (tres fragmentos). En cuanto al resto de los fragmentos, solo se localizó uno por especie. Prácticamente todos los huesos de animales corresponden a especies susceptibles de ser consumidas por el humano. No se encontró ningún espécimen completo o articulado, antes bien, la colección corresponde a fragmentos dispersos, mezclados con los rellenos de las estructuras (Arellano González y Pérez Roldan 2015). La mayor parte de los huesos humanos no han sido todavía sometidos a análisis, sin embargo, cabe señalar que, de una muestra de veinte fragmentos analizados, dos de ellos presentan huellas de exposición térmica (hervido), con piezas dentales fracturadas por el calor y con huellas de corte en regiones musculares (masetero pterigoideo). Este dato abre muchos derroteros de investigación (Arellano González y Pérez Roldan 2015).

Discusión

Patrón de asentamiento

Las investigaciones recientes han proporcionado una serie de datos que permiten reflexionar acerca de las dinámicas culturales prehispánicas en la ciénega de Chapala. Algunas de las más relevantes tienen que ver con la evidencia en superficie. En un inicio, de acuerdo con lo que se advierte en las regiones cercanas, esperábamos observar ciertos patrones en la forma y distribución de los sitios, sin embargo, el patrón de asentamiento en la región de la Ciénega no es homogéneo, posiblemente por la diversidad temporal de los sitios. Pese a ello, puede afirmarse que estos comparten la utilización de lugares con una cierta altitud (entre los 1500 y los 1800 m s. n. m.), con preferencia por las lomas poco pronunciadas que dan a la zona de inundación. No obstante, en sitios como Chavinda, los asentamientos se localizan en lomas más abruptas, aunque por encima de los 1800 m s. n. m. solo se encuentra la zona de gráfica rupestre Piedra del Águila. Los paisajes en toda la región están marcados por terrazas agrícolas de todos los tamaños, las cuales siguen siendo usadas hoy en día. Muchas de ellas fueron construidas en la época prehispánica o en ellas se reutilizaron materiales de edificaciones más antiguas. Comienza a perfilarse, entonces, un tipo de paisaje en el que el entorno natural era alterado con terrazas que permitían la acumulación de sedimentos por situarse cerca de la zona de inundación producida por las crecidas de la laguna, facilitando así el acceso tanto a los recursos lacustres como a la producción agrícola. Desafortunadamente, los conocimientos con que contamos hasta el momento no han permitido asociar de manera concluyente todos los sitios arqueológicos a una filiación cultural o cronológica. Sin embargo, se han realizado avances significativos. Se ha identificado claramente una ocupación de El Opeño hacia el Preclásico Temprano. La cantidad y calidad de las tumbas y los materiales reportados permiten suponer que se trata del sitio más complejo de ese periodo (Oliveros Morales 2004). La descripción de la tradición funeraria de El Campo de Aviación de Jiquilpan hecha por Noguera (1944) parece corresponder a la misma tradición que la de El Opeño. Por su parte, el reporte de Schöndube (2009) de Casita de Piedra, en Jiquilpan, destaca el parecido que guarda una tumba de ese lugar con las de Tabachines, en Jalisco, que también pertenecen al Preclásico. Por otro lado, el sitio de Frambuesas podría pertenecer a este mismo horizonte temporal, pues sus características arquitectónicas y el patrón de uso de materiales líticos y cerámicos no guardan ninguna semejanza con lo observado en sitios como Chavinda, cuyos artefactos líticos han sido fechados a partir del Clásico, tal y como se muestra en la Figura 6. Además, en el sitio de Frambuesas, tampoco se localizó ningún otro indicio que pudiera relacionarlo con una ocupación purépecha. Por ello, y en espera de fechamientos absolutos que permitan comprobar o refutar nuestra suposición, consideramos que debió de haber sido ocupado hacia el Preclásico. El fechamiento del carbón vegetal asociado al tiesto tipo Cherán de Chavinda no arroja la certeza de una ocupación hacia el Clásico/Epiclásico. Sin embargo, figurillas antropomorfas registradas por el PSAP en colecciones privadas provenientes del mismo sitio ponen al descubierto una fuerte similitud con las figurillas del subtipo A3 identificadas en el sitio de Sayula, de las cuales las del Complejo Usmajac han sido fechadas entre el 300 a. n. e. y 300 n. e. (Ramírez Urrea 2005: 22). También se observa una gran similitud con algunas figurillas reportadas por Lister (1949) en Cojumatlán (Figura 9). Ahora bien, lo que sí parece más claro es que la trayectoria de Chavinda inicia en el Clásico Temprano y continua hasta el Posclásico Tardío, siendo el Posclásico Temprano el periodo de mayor actividad. En este contexto, los materiales y características de sitios como Cojumatlán, Tizapán, El Otero, Las H, Las Mojarras, Guaracha, San Miguel, Venustiano Carranza, Estación Moreno, Puerto de Lucas (Cárdenas García 2004: 19) y Churitzio nos hacen suponer que todos ellos fueron contemporáneos a Chavinda durante el Clásico Medio, el Epiclásico y el Posclásico Temprano. Esta suposición se fundamenta en las diversas similitudes que se observan entre los sitios: la semejanza de los materiales cerámicos de Cojumatlán, Tizapán y El Otero (véase la Figura 5); las similitudes relativas a la ubicación en el paisaje y a los sistemas constructivos entre Las H, Las Mojarras, Guaracha, San Miguel y Churitzio; y el parecido en el estilo de la gráfica rupestre entre Venustiano Carranza, Estación Moreno y Puerto de Lucas. Figura 9 – Figurillas antropomorfas provenientes de colecciones privadas en Chavinda (fotografía Gabriel Maldonado). La presencia del besote de obsidiana y ciertas características de la gráfica rupestre nos permiten pensar que Chavinda estuvo ocupada durante el periodo de hegemonía purépecha en el Posclásico Tardío, aunque posiblemente ya sin la preponderancia que antes llegó a tener, pues este papel parece haberle correspondido a Jacona la Vieja. Futuros trabajos arqueológicos e históricos podrán ayudar a dilucidar esta cuestión (Figura 10). Figura 10 – Tres tradiciones de gráfica rupestre. Izquierda: panel en Las Candelas con antropomorfos hechos por medio de picoteado (fotografía Carlos Gutierréz). Centro: petrograbados en Chavinda hechos por abrasión 23 (arriba) y 14 (abajo), similares a los identificados para la tradición Lerma y Malpaís (Faugère-Kalfon, 2005). Derecha: petrograbados realizados por picoteado y abrasión 12 (arriba) del área principal de Chavinda y 1 del Cerro del Águila (abajo), similares a los trazos característicos purépechas (dibujó Kimberly Sumano Ortega y D. A. Muñiz García). El arte rupestre, por su parte, parece corresponder por lo menos a tres tradiciones distintas. Los más de doscientos motivos de Las Candelas (Ramírez Sánchez, Corona Bojorge y Sánchez Aliar 2015) tienen trazos figurativos hechos con picoteado, siendo sus principales figuras las antropomorfas y zoomorfas. Es posible que su manufactura sea arcaica. Los grabados de lugares como Puerto de Lucas y la mayoría de los que se encuentran en el área principal de Chavinda guardan fuertes semejanzas con la tradición Lerma y Malpaís señalada por Brigitte Faugère-Kalfon (1997) en Zacapu y Zaragoza, tanto por las técnicas de manufactura como por los motivos geométricos, naturalistas y abstractos. En Chavinda, estos grabados parecen estar asociados a las unidades habitacionales más grandes, lo cual podría vincularse a una dinámica social de linajes y parentesco (Sumano Ortega, Muñiz García y Punzo Díaz 2017). Otra tradición, con elementos figurativos antropomorfos, parece corresponder a la presencia purépecha, ya que algunos grabados enfatizan rostros geométricos, motivos que son muy similares a los reportados en Tzintzuntzan por Alejandro Olmos Curiel (2010). Otro grabado (el petrograbado 1 de Cerro del Águila) se asemeja al “Janamu con el diseño del Flautista” de la capilla de hospital, del convento de San Francisco, también en Tzintzuntzan, analizado por Verónica Hernández Díaz (2006; Figura 10). Aunque queda mucho por hacer, al combinar la información proveniente de superficie (como los patrones de asentamiento y la gráfica rupestre) con fechamientos absolutos y con la información que nos brindan los materiales muebles, podemos esbozar un panorama cronológico-cultural de la región. En el Preclásico, los asentamientos se daban en las zonas más bajas de las lomas, probablemente para aprovechar los recursos lacustres, siendo El Opeño el lugar de mayores proporciones durante esta etapa. En el periodo que va del Clásico al Posclásico Temprano se prefirieron las zonas medias de las laderas y el uso de terrazas agrícolas. Cuatro de los cinco sitios más grandes de la región parecen corresponder al Posclásico Temprano: Cojumatlán, Tizapán, El Otero y Chavinda. Siguiendo a Jiménez Betts (2018), puede afirmarse que es probable que estos sitios sean parte del fenómeno aztatlán y, en este sentido, el avance de las investigaciones permitirá dilucidar si se trata de una adopción de elementos estilísticos (véase por ejemplo el petrograbado de la Figura 4 “Cerro del Águila”), de una influencia cultural, de una imposición política o de algún otro proceso. Lo que sí resulta evidente es la intensificación de la materialidad de las sociedades durante ese periodo (Figura 11). Figura 11 – Mapa de sitios arqueológicos en la Ciénega de Chapala (realizó por D. A. Muñiz García, 2021). Otro cambio importante tiene lugar en el Posclásico Tardío, cuando los purépechas parecen imponer nuevos patrones materiales desde Jacona la Vieja. El sitio se encuentra alejado de la orilla inundable de la laguna, en una posición que ya no prioriza el dominio visual de una subcuenca, sino que constituye un punto estratégico con respecto a toda la Ciénega. La evidencia encontrada en Chavinda apunta a un descenso de la intensidad de la actividad constructiva, y pensamos que para los otros centros regionales (Cojumatlán y El Otero) debió ser similar. En cuanto a los poblados más pequeños, desconocemos lo ocurrido, pero es probable que no hayan sufrido muchos cambios (Figura 11).

Los contextos excavados

Las excavaciones aportaron otros elementos para la discusión. En el sitio de Frambuesas uno de los hallazgos más significativos fue un firme arquitectónico enterrado, con una huella en superficie muy discreta. Esto nos indicó el gran potencial de hallazgos que había en toda el área de trabajo, en la medida en que la agrotecnología de los frutos rojos (uso principal de toda el área cercana al sitio) no es tan invasiva para el subsuelo, ya que penetra pocos centímetros en la tierra y ayuda a la conservación del patrimonio soterrado, aunque, al mismo tiempo, arrasa todo vestigio en superficie. En Chavinda se logró apreciar que los sistemas constructivos requirieron una gran inversión de trabajo. Se identificó un relleno constructivo que modificó la ladera del cerro con la finalidad de acondicionar una gran plataforma de por lo menos 200 m de largo por 60 m de ancho, para construir las seis edificaciones público-religiosas; dicho acondicionamiento logró disminuir la pendiente de la montaña. En otras palabras, para la plataforma no visible, se requirió una inversión de trabajo significativamente mayor que aquella hecha para la arquitectura visible (el montículo más grande es de 18 m de largo por 16 m de ancho, con 3 m de altura). Diversos autores han mostrado que este tipo de inversión en edificaciones no visibles tienen implicaciones profundas en la organización socioeconómica. Así lo señalan Tsukamoto e Inomata (2014) para el caso de Ceibal, y Cyphers Guillén y Murtha (2014) para el de La Venta. En este contexto, se abren varias interrogantes: ¿por qué invertir tanto trabajo en esta ubicación, existiendo espacios con mejores condiciones a poca distancia?, ¿qué tipo de organización social cobijó un entorno edificado que no parecía reflejar visiblemente el aporte de quienes contribuían a la economía? Futuras investigaciones nos podrán ayudar a resolver estas cuestiones (Figura 12). Figura 12 – Plano general de elementos arqueológicos en Chavinda (DAO D. A. Muñiz García). La edificación de áreas habitacionales en espacios muy inclinados requirió el acondicionamiento de terrazas. Tanto las terrazas como las plataformas registradas están hechas con mampostería y se detectó la presencia constante de espacios entre ellas. Hoy en día se usan para la agricultura y es muy probable que tuvieran esa misma utilidad en periodos prehispánicos. Por su forma, su tamaño y su proximidad a las unidades habitacionales, pensamos que pudieron ser usadas para huertos[4]. Los sistemas constructivos de las unidades habitacionales pueden ser observados en lugares como la plataforma escalonada. Allí se colocaron hiladas de piedras medianas sin cementante, lo que visualmente produce una forma cuya identificación es difícil, pues resulta muy similar a la generada por la técnica agrícola actual, que reutiliza las hiladas de piedra para “continuar” las líneas para la siembra. Así, hoy en día esta ladera parece un continuo simétrico de terrazas agrícolas, lo que “oculta” el verdadero sitio. De este modo, se presenta una continuidad en la manera en que se ha ido dando forma al paisaje visible, es decir, las laderas de los cerros terraceados cercanas al lecho lacustre (Figura 13). Figura 13 – Plataforma escalonada de Chavinda; nótese el sistema constructivo y, al fondo, la superficie rocosa con motivos rupestres (fotografía de Gabriel Maldonado, 2015). En Chavinda existen elementos que ponen al descubierto una cierta complejidad social. Es el caso de las construcciones que parecen corresponder a una zona habitacional de elite. En la plataforma escalonada encontramos un conjunto de arte rupestre, por lo menos dos entierros y ollas cerámicas enteras. Además, la inversión de trabajo en su construcción y su ubicación nos ha llevado a pensar que esta es una de las varias habitaciones de elite que circundaban el conjunto principal en un nivel más bajo en términos métricos. Más cerca de la zona de inundación, las grandes plataformas habitacionales (plataformas 1-8), podrían corresponder a las habitaciones de quienes no formaban parte de la elite. Finalmente, en la parte alta, se encuentra la plataforma principal, que corresponde al espacio público-religioso (Figura 13). En la plaza principal, la presencia de huellas de poste repartidas uniformemente en el extremo oeste (es decir, junto a la pirámide) y de trozos de bajareque en sus cercanías nos deja suponer que esa parte de la plaza debió de estar techada, con una construcción hecha de morillos de madera y tierra batida. Si bien las estructuras en el interior de las plazas mesoamericanas no son poco comunes, resulta extraño que las estructuras limítrofes de la plaza sean edificaciones permanentes y la central sea de material perecedero. Además, la colocación de una estructura de bajareque con techumbre justo frente al montículo principal le quitaría visibilidad a este último, despojándolo de uno de sus atributos principales (Figura 14). Figura 14 – Izquierda: huellas de poste en el extremo oeste de la plaza principal de Chavinda (fotografía Alfredo Salas, 2016). Derecha: posible acceso a la parte alta de la plataforma principal (fotografía Carlos Gutiérrez, 2016). En el extremo norte de la plataforma principal se localizó lo que parece ser el acceso a la parte superior del conjunto principal. Está formado de muros bajos en forma de escuadra que dejaban libre un apisonado, el cual parece haber bordeado el paramento que forma la plataforma principal. La presencia de esta edificación sugiere una restricción con respecto a la accesibilidad del conjunto principal. Si, además de esto, tenemos en cuenta el gran muro que soporta la plataforma principal, nos encontramos aquí con un conjunto de estrategias que, por un lado, restringen el acceso y la visión y, por otro, transmiten una imagen de fortaleza y solidez (Figura 15). Según algunos autores (Criado-Boado 1993; Gianotti García 2005; Parcero Oubiña 2002), el juego entre lo que se deja ver y lo que se restringe es constitutivo de la manera en que se construye el paisaje, con respecto al cual habría cuatro estrategias de “visibilización”: la inhibición, la ocultación, la exhibición y la monumentalización. La ocultación de ciertos elementos y la exhibición de otros forman parte de una dinámica en la que se impide la visión de lo sagrado, creándose un halo de misticismo, sin que se pueda ver la relación que establecen las elites con las fuerzas sobrenaturales, lo que legitima su posición como intermediarias. La ocultación también puede tener implicaciones defensivas. Ambas intenciones no se excluyen entre sí. Lo que se exhibe es lo monumental, la materialización de la fortaleza del sistema de poder, en este caso, el enorme muro que sostiene la plataforma principal. Mañana Borrazás, Blanco Rotea y Ayán Vila (2002) plantean que la percepción del espacio dentro y entre las estructuras refleja las relaciones sociales, definiendo espacios privados y públicos según el grado de su “exposición a la vista”. Dicho de otro modo, la disposición de un determinado espacio condicionará su grado de privacidad. En la plataforma principal de Chavinda se construye un paisaje mediante edificaciones que controlan el acceso, restringen la visibilidad y exhiben la fortaleza. Esto, en su conjunto, es la materialización de la organización social, pero todavía faltan muchas evidencias para conocer con mayor certeza el tipo de organización de la que específicamente se trata. Siguiendo con la plataforma principal, está claro que la parte oeste del conjunto fue destruida por la construcción de la carretera, aunque cabe la posibilidad de que todavía existan vestigios debajo de la vía. De los restos conservados, cabe destacar el montículo principal, que tiene cuatro niveles superpuestos, con unas escalinatas hechas de piedras careadas a manera de sillares de piedra que recuerdan los edificios de Zaragoza. En la cala que se realizó en la plaza central se localizó la mayoría de las ofrendas recuperadas, así como las de mayor complejidad. Se encontró un total de seis conjuntos de ofrendas, de entre los cuales tres estaban en el centro de la plaza, a menos de un metro de distancia entre sí. Fue de estos conjuntos de donde recuperamos el hacha votiva de piedra verde y un cuchillo de obsidiana. En el extremo este había dos ofrendas más, con la particularidad de contener huesos de animal y humano; en ambos casos se trataba de especímenes óseos expuestos al fuego y hervidos. En todos los conjuntos se constató la presencia de concha marina. Las seis ofrendas de la plaza y otras dos del montículo principal se ubicaban en el mismo nivel estratigráfico, el correspondiente al Posclásico Temprano. En el perfil estratigráfico del montículo este se logró identificar una secuencia completa que reveló cuatro apisonados sucesivos, sin evidencias de algún proceso de abandono intermedio. En el resto de las excavaciones realizadas en Chavinda tampoco encontramos elementos que permitan suponer una reocupación del sitio, por lo que creemos que hubo una continuidad en su uso desde el Clásico hasta el Posclásico Tardío. En cuanto a las conchas encontradas en las ofrendas, se identificaron varias especies y diferentes tipos de trabajo y orígenes. Esto pone al descubierto contactos a larga distancia, pero también una posible dinámica regional. La descripción que se tiene del sitio La Peña, en la cercana cuenca de Sayula (Ramírez Urrea 2016), revela las similitudes que existen con el sitio de Chavinda. Ambos experimentaron su mayor actividad en el Posclásico Temprano, al igual que los sitios de Cojumatlán y El Otero. Todos estos sitios pudieron haber formado parte de un sistema de intercambio de bienes especializados y de prestigio por medio del cual el noroccidente se conectaba con otras regiones del centro y sur. En todos ellos se observan características similares, con la presencia de “ideas”, “estilos” o convencionalismos compartidos con la llamada tradición aztatlán, formando esta parte de los elementos simbólicos que podrían haber legitimado a las elites locales. La dinámica de intercambio podría haber partido de esferas de interacción regional, en donde los centros de tamaño medio se conectaban con sus vecinos más próximos o afines para un sistema de intercambio escalonado. Esa intermediación habría permitido que las elites locales se posicionaran en su entorno doméstico, lo cual quedó plasmado materialmente con la diferenciación de diversos ámbitos, como los patrones de asentamiento, los sistemas constructivos, los bienes suntuarios y los patrones de consumo, entre otros. La ubicación en el paisaje sugiere una intención de diferenciarse de los asentamientos anteriores, no necesariamente de manera defensiva, aunque sí es notoria la dificultad de acceso a los sitios de este periodo. La presencia de material alóctono podría responder a los elementos simbólicos que materializaban la jerarquización social, la intermediación ritual y los símbolos de poder. El sitio de Chavinda contiene elementos de muchas esferas distintas y, pese a que no se trata de cantidades exorbitantes, su existencia, que además corresponde a distintos momentos, permite plantear la idea de la legitimación simbólica de las elites. El trabajo realizado con los huesos de animales y humanos revela una vida ritual y cotidiana compleja. Por ejemplo, la presencia de animales aptos para el consumo humano, como el venado y el conejo, puede estar relacionada con el consumo diario, pero también con el consumo en un entorno ritual para su posterior depósito en ofrendas. Con respecto a esto último, cabe destacar la presencia de huesos de tlacuache o víbora, que son dos animales recurrentes en los mitos mesoamericanos (López Austin 1996). Los pocos huesos humanos analizados guardaban una valiosa información, ya que algunos de ellos presentaban huellas de haber sido descarnados y hervidos.

Conclusiones

El PSAP ha significado la reactivación de la arqueología en la región de la ciénega de Chapala. Con sus labores se han identificado varios sitios y caracterizado sus condiciones histórico-culturales, además de haberse propuesto una primera tipología de los materiales muebles, las secuencias estratigráficas, los posibles patrones de asentamiento y los sistemas constructivos. Gracias al apoyo de las instituciones involucradas, el PSAP evitó las afectaciones directas en dos sitios por donde pasará la línea de transmisión Las Purépechas: Chavinda y Frambuesas. En el caso de Chavinda, mediante el estudio de la distribución espacial de sus vestigios, se logró profundizar un poco más en sus posibles dinámicas sociales, lo que puso en evidencia un grado de complejidad social y de interacción desconocido hasta ahora. Los materiales arqueológicos ahí recuperados muestran una diferenciación por regiones internas, así como la posibilidad de intercambios a corta y larga distancia. Todos estos elementos nos permiten empezar a entender la manera en que estos antiguos habitantes usaron sus edificaciones y elementos simbólicos para adaptarse al entorno natural y construir un paisaje. El presente trabajo es principalmente descriptivo, con el objetivo de poner a disposición de los especialistas información que les permita entender esta región, olvidada por muchos años y que parece ser un puente de conexión con distintas regiones cercanas y lejanas.

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Notas

[1] El INAH es una dependencia del Gobierno federal que tiene, entre otras funciones, proteger, investigar y divulgar el patrimonio arqueológico en México. La CFE es el órgano descentralizado del Gobierno mexicano a cargo de la infraestructura eléctrica del país.

[2] Beta-420027: PSAP MUESTRA 1. Edad radiocarbónica: 1530 ± 30 BP. Resultado calibrado con dos sigmas (95 % de probabilidad): Cal AD 425 a 600 (Cal 1525 a 1350 BP). Se trata de un fragmento de carbón vegetal ubicado en un estrato de relleno arquitectónico del montículo principal, debajo de sillares de basalto y asociado con una cerámica tipo Cherán.

[3] Beta-420028: PSAP MUESTRA 2. Edad radiocarbónica: 720 ± 30 BP. Resultado calibrado con dos sigmas (95 % de probabilidad): Cal AD 1260 a 1295 (Cal 690 a 655 BP). La muestra es un fragmento de carbón vegetal asociado a una ofrenda de conchas en el centro de la plaza principal, a unos 40 cm de profundidad.

[4] El tema de jardines y huertos urbanos en Mesoamérica ha sido trabajado, entre otros investigadores, por Mónica Smith (2014) y Bárbara Stark (2014).

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